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Menos periodista, más vagabundo

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Por Rubén Dittus

Hace algunos años, el sociólogo polaco Zygmunt Bauman definió la globalización como el escenario ideal para los turistas. Si bien comparten un mismo territorio, los vagabundos no tienen cabida. El turista es quien mejor personifica la libertad del sujeto posmoderno: global, consumista y eterno viajero. El turista es móvil, se desplaza sin atarse a ningún lugar y según sus propios deseos. El vagabundo, en cambio, se mueve, pero empujado por los locales, deambula sin destino y no es nunca bienvenido. Esta metafórica forma de ver el mundo occidental, me llevó a preguntar en una clase universitaria si el periodista es más turista que más vagabundo. Las respuestas dieron para todo. Más turista para algunos, los que veían la figura del profesional globalmente móvil, que sólo se ata a su épica tarea de informar. Más vagabundos para otros, los que ven en este oficio la expresión del turista que no quiere serlo. Deseosos de dar a conocer lo que otros ocultan, el periodista se mueve en el terreno de lo desconocido. La requerida fiscalización dibuja en el rostro de quienes lo ejercen, un oficio que vagabundea por doquier, sin domicilio conocido y con el único afán de mostrar lo indeseable.

Pero hay un escollo. A la actividad pública no le agradan los vagabundos. Como van de un lugar a otro sin una finalidad ni un destino determinado no votan ni pagan impuestos. No tienen nombres ni afiliación política.

Recientes acontecimientos político-judiciales en Chile confirmarían la tesis. En un hecho inédito para la democracia, la Presidenta de la República Michelle Bachelet, presentó una querella por injurias y calumnias en contra de cuatro periodistas de la revista Qué Pasa por la filtración y transcripción de escuchas telefónicas que la involucran en un acto de corrupción, y que tiene como principal protagonista a la esposa de su hijo. Desde aquel anuncio, se ha dicho de todo. Los defensores de la libertad de expresión han cuestionado la acción de la mandataria. Los defensores de la ética periodística y los estándares editoriales han destrozado el actuar de la revista. La publicación se defiende al recordar que las autoridades no están exentas  “del escrutinio y fiscalización de los ciudadanos”. Podríamos agregar un largo etcétera de argumentos que van en una u otra dirección.

Si los periodistas fuésemos turistas, tarde o temprano recordaríamos a quienes hacen de nuestros viajes algo confortable. La línea aérea, la agencia de turismo o el hotel que nos recibe, brindándonos lo mejor de la hospitalidad del lugar de destino. Nuevos catálogos de compra  y promociones por doquier son parte del material que día a día el turista consulta. La zona de confort es lo que busca, por más selva, playa o aventura estén dispuestos a soportar. Al ser vagabundos, en cambio, los periodistas no tenemos nada que agradecer. Libres de presiones y responsabilidades, el vagabundo grita, exclama y duerme cuando quiere y donde le plazca. Alejado del honor y la reputación, el vagabundo reacciona ante lo que le perturba. Conocedor de la ciudad mejor que nadie, transita donde sus pies lo llevan y busca guarida donde el viento y la lluvia no le alcancen. Y lo más importante: nunca es bienvenido.

Con la querella, Bachelet les habló a vagabundos como si éstos fueran turistas. Por esa razón, pareciera que el periodista es cada vez menos turista y más vagabundo.

11 de junio de 2016

 

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