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Crónicas urbanas: Valparaíso y sus perros

Por Roberto Goycoolea Prado

No será muy ortodoxo, pero callejando por Valparaíso he atisbado que las ciudades se pueden caracterizar considerando el papel que los perros tienen en ella.

 

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Hay ciudades, como las noreuropeas, a las que paulatinamente se van sumando las españolas, donde rara vez se ven perros sin un amo vigilando que no se escapen ni molesten. Son perros de pedigrí. Empadronados, vacunados, limpios; cuyos protectores cuidan de que no ensucien lo urbano, utilizando discretas e higiénicas bolsas de plástico (oscuras) para retirar sus deposiciones. En estas ciudades no quieren a los perros sin hogar o indocumentados –nada de perros inmigrantes, cabría agregar– por lo que encargan su “retiro” a funcionarios de rigurosos uniformes y aparatosos equipos sanitarios, para luego darlos en adopción o sacrificarlos según el azar decida.

 

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En el otro extremo estarían aquellas ciudades con bajo Índice de Desarrollo Humano, como con razón se distingue hoy a los tugurios. Lugares donde rara vez se ven perros callejando, ni sueltos ni con dueños. Quien haya reparado en este fenómeno sin duda se habrá preguntado si los perros habrán emigrado, como suelen hacerlo o quieren sus habitantes, o habrán terminado por contribuir sin demandarlo a mejorar la escasa ingesta de proteínas local.

Entre ambos extremos está Valparaíso. Los perros son consustanciales a la ciudad. Es más, como es bien sabido, el puerto no se entiende sin sus perros. No sólo porque están por todas partes sino, sobre todo, por la particular relación que mantienen con el espacio urbano y la ciudadanía. Los perros deambulan libremente por plazas, calles y escaleras, entre autoridades y vecinos que los aceptan y turistas a los que no les queda más remedio que aceptar extrañados a la perrería. A los chuchos no se los retira de las calles de Valpo, ni complementan vituallas exiguas. Se los tolera y, de cuando en cuando, algún vecino los alimenta con viandas sobrantes, protege con pequeños refugios o alegra con una caricia.

 

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En respuesta a esta cívica tolerancia, los perros porteños no molestan a los peatones. Ambos comparten espacio gracias a un protocolo ancestral donde los humanos hacen toda clase de piruetas para no molestar a los irracionales a cambio de que éstos no les amenacen.

Los perros han entendido perfectamente el trato. Con una indolencia envidiable viven, cabría decirlo, en una realidad paralela. Están ahí, indiferentes; buscando según se tercie la solana o la umbría. Pertenecen a la ciudad. Sin ellos, el espacio y el imaginario del puerto serían otra cosa. No sé si mejor o peor, pero para mí inimaginable.

30 de julio de 2016

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