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Crónicas urbanas 2: ¿Espacio público?

Por Roberto Goycoolea Prado

Ahí donde vaya, desde la más trepidante metrópolis al pueblo más recóndito, la presencia de los teléfonos móviles obliga a cuestionar lo que hasta ahora se entendía por espacio público.

 

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Dibujos: RGP, Madrid, 2014.

Foto: RGP, Plaza de Estella, Navarra, 2016.

 

 

La escena es tan habitual que basta con enunciarla. Sea cual sea el lugar público o semipúblico al que se vaya –calle, plaza, bar, restaurante, universidad…– un porcentaje significativo de quienes ahí están estará absorto en sus pantallas digitales. Da igual si están solos, emparejados o agrupados; si son jóvenes, niños o mayores. Basta que haya conexión a Internet. Es un fenómeno reciente pero importante: supone un cambio radical en la manera de vivir la ciudad y, con ello, en  el modo de entenderla y configurarla. Me explico.

En Ciudadanía y espacio público (1998) Jordi Borjas valoraba el espacio público por la intensidad y calidad de las relaciones sociales que facilita, por su capacidad de mezclar grupos y comportamientos, de estimular la identificación simbólica, la expresión y la integración cultural.” Desde Aristóteles, lo público es el ámbito donde el individuo, al comunicarse, verse y mezclarse, deja su mundo privado para ser ciudadano, para convivir en una gens compartida.

 

Hoy, sin embargo, el estar juntos, el compartir tiempo y espacio, no asegura la comunicación; no al menos en el sentido tradicional. Gracias o debido (según se mire) a la hirpecomunicación que Internet permite, aunque las calles y plazas estén llenas, no significa que sean espacios de relación. Albergan individuos, ciertamente, pero éstos no se miran, hablan ni tocan, habitando cada un espacio mental propio. Es una situación inédita. Exceptuando a ensoñadores y distraídos, por primera vez en la historia las nuevas tecnologías nos permiten estar físicamente en un lugar pero mentalmente en otro. La relación clásica entre lo pensado (la res cogitans cartesiana) y lo habitado (la res extensa) desaparece. Más bien, tiende a desaparecer porque el cuerpo continúa necesitando estar ahí, en lo físico, para respirar, comer, protegerse, desfogarse. Pero el espacio construido no es el lugar común, no es el espacio donde se configuran identidades e imaginarios colectivos. La pandilla de niños ya no juega en grupo a lo que en cada plaza se jugara, sino individualmente en sus teléfonos móvil.

Las preguntas que surgen son de calado: ¿Qué es hoy una plaza? ¿Cabe seguir llamándola espacio público, en el sentido que Borja da al término? ¿Es el hiperespacio individual sustituto de lo público, por compartido que sea? ¿Qué supone una ciudad convertida en la suma de individuos que comparten el espacio físico porque el cuerpo lo pide pero cuyo mundo es un espacio particular? Cuestiones que recuerdan aquello de “Mi reino no es de este mundo”, el de la plaza. Pero, sobre todo, son preguntas que llaman a repensar la manera de entender y, por tanto, de configurar y gestionar, lo hasta ahora considerado espacio público o, incluso, ciudad y sociedad.

05 de agosto de 2016

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