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La ciudad “uróbora”

Paula Vera

Por Paula Vera

Recorrer el barrio de Pichincha en Rosario ya no es lo mismo. No viene siendo lo mismo desde hace unos años cuando el proceso de reconversión en marcha fue modificando la fisonomía, las fachadas, los usos y la gente del barrio.

La fábrica de resortes de calle Alvear es un claro ejemplo de esto. También famosa por la colección de bicicletas antiguas, sus vidrieras ostentaban estas reliquias oficiando, al mismo tiempo, de museo a la calle. Estas bicicletas fueron las primeras llegadas a la ciudad gracias al francés René Despecher, quien había venido para trabajar en el tendido ferroviario de 1890. Se radicó en la ciudad, enseñó a andar en bicicleta y organizó las primeras carreras, además de fundar la fábrica de resortes. Un símbolo muy representativo de una etapa de la ciudad coloreada por la inmigración y, también, de un modelo de producción vinculado a lo mecánico y artesanal que resistía, hasta hace poco, el paulatino avance escenográfico que está transformando al clásico barrio en una copia borrosa de los enclaves de diseño que caracterizan a las “ciudades exitosas”. Finalmente, las insistentes ofertas realizadas por los promotores inmobiliarios torcieron el brazo y el local-museo se fue del barrio.

Este relato, que podría ser parte sólo de un anecdotario familiar, nos lleva a reflexionar sobre la progresiva mercantilización y fetichización de las ciudades contemporáneas que excede ampliamente a Rosario, territorio de esta historia.

En los últimos años se viene desplegando una tendencia voraz de lo que podríamos denominar autofagia urbana. Proceso en el que se intersecan diversas representaciones, sentidos, deseos y ensoñaciones de alcance global y fuerte encarnadura local. La preeminencia de un imaginario urbano en el que se fusionan significaciones como la creatividad, la innovación, el diseño y la cultura, con aquellas surgidas del campo empresarial como la competitividad, la eficiencia y el éxito; induce a ciertas ciudades a desear volverse consumibles.

¿Cómo se despliega este fenómeno en la vida cotidiana de la ciudad? En primer lugar, de manera sutil y afincando sus movimientos en los puntos de acuerdo social, en esa trama significativa que, si bien dinámica y heterogénea, guarda también trazos firmes donde se asegura algo de la identidad colectiva, por ejemplo, en ciertos rasgos que se definen como objetivos, verdaderos e incuestionables y que hacen de una ciudad esa ciudad y no otra. En segundo lugar, la progresiva fetichización de la ciudad y la vida urbana avanza apropiándose de esos sentidos socialmente aceptados; emplea los objetos, monumentos y artefactos que lo materializan, al tiempo que fija los puntos de interés localizados en lugares concretos que refuerzan su potencia simbólica.

Es en esta instancia en donde la ciudad empieza a adquirir alguno de los rasgos que caracterizan al ser mitológico que se come la cola: uróboros. La representación de lo cíclico, del eterno retorno, del fin y el comienzo constante. Y es precisamente en ese ciclo de transformación permanente donde surge la incertidumbre sobre la ciudad que está re-naciendo en estas épocas, ¿qué es lo que devora de sí misma? ¿Cómo se resignifica lo que queda?

Vemos con preocupación el fortalecimiento de esta ciudad uróbora que, presa de la estilización estándar a la que inducen ciertos modelos urbanos, se come a sí misma. Y en ese proceso de adaptación va, lentamente, perdiendo íconos de su identidad. Pero al mismo tiempo surge el interrogante de hasta dónde soporta una sociedad la comercialización de sus símbolos y, no sólo eso, sino el deterioro de los sentidos, imágenes y representaciones identitarias en pos de ceder su lugar a las recetas exitosas.

Resulta preocupante la extendida alienación social que existe frente a estos fenómenos de mercantilización de las ciudades, donde se afecta y corroe directamente a los vínculos sociales, se refuerzan estigmas y se profundiza la inequidad y la exclusión a través de la actuación focalizada y fragmentaria sobre la ciudad. ¿Hasta dónde es posible tensar los acuerdos? ¿Cuándo emerge el conflicto, la disputa y la lucha por lo propio de la ciudad? ¿Cuál es nuestra tarea, como científicos sociales, en este contexto? Responder a estos interrogantes es un desafío que no puede abordarse, de ninguna manera, individualmente. Es el momento de elaborar estrategias que nos permitan confluir y construir nuevas formas de actuación y activación social que contribuya a desnaturalizar, desmitificar y correr el velo de éxito de ciertas políticas urbanas que encubre drásticos efectos sobre la vida en las ciudades.

3 de julio 2016

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