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La batalla por la memoria

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Por Mario Armando Vázquez Soriano

“La batalla por la memoria”, como la denomina María Angélica Illanes, también se lleva a cabo por la definición del espacio donde se representarán los conceptos, las imágenes y los símbolos que pugnan por ser hegemónicos. Conflicto que resulta fundamental si tomamos en cuenta que: “en torno de la configuración y delimitación de este lugar crítico de la memoria se juega, para los distintos combatientes, la oportunidad de ganar para la sociedad en su conjunto la ‘razón’ de su historia. Batalla significativa, considerando que nuestra historicidad es el único saber acerca de nosotros mismos”.[1]

En América Latina esta batalla por la memoria, los imaginarios y las representaciones adquiere especial relevancia ahora que se vive una época donde se ponen en práctica políticas de desmemoria. Es paradójico que siendo sociedades que recientemente hemos vivido autoritarismos y dictaduras, los gobiernos se empeñen en instalar el olvido como salvaguarda de la gobernabilidad democrática. Ciertamente no es agradable estar recordando constantemente las atrocidades del pasado, pero como afirma Pablo Yankelevich: “tenemos que hacerlo porque persisten las condiciones, actitudes y comportamientos que hicieron posible lo que pasó”.[2]

Cuando se vive en un régimen autoritario el discurso del poder está más o menos articulado en torno a imágenes y valores nacionalistas; y se identifica a la simbología nacional con el gobierno a cargo. Pero cuando se transita hacia la democracia se plantea el problema simbólico de la memoria y, en consecuencia, se promueve una flexibilización de los relatos históricos oficiales mediante la reivindicación de actores que resultaban incómodos en el pasado, se desarticula el aparato de legitimación doctrinal del poder y se modifica el discurso gubernamental.

Sin embargo, la memoria, los imaginarios y las representaciones sociales también están vinculados con el tema de la justicia transicional. La relación entre memoria y justicia ha sido distinta en cada proceso de transición, pues en algunos países los actores políticos promueven la fórmula de “amnistía sin amnesia” y en otros se ha preferido la instalación de comisiones de verdad y justicia.[3] Pero en general el proceso no ha conducido a una “justicia de la transición” porque los abusadores aún conservan parcelas de poder y capacidad de reacción. De ahí que existan motivos para que muchos prefieran el olvido a un enfrentamiento.[4]

El dilema de preservar la memoria personal y colectiva y, al mismo tiempo, alcanzar la reconciliación nacional también está relacionado con los imaginarios y las representaciones sociales, particularmente con los que se han instalado en monumentos y sitios históricos. Como depositarios de la memoria histórica y los imaginarios sociales sobre la nación, estos lugares son la forma física primordial de los mitos y las imágenes que promueven la construcción nacional. Un ejemplo de esto es la recreación de imaginario alternos en los sitios históricos de la ciudad de Santiago de Querétaro (México).

 El relato que la historia patria cuenta acerca de cómo se conformó la nación mexicana tiene claramente definidas tres etapas: la Independencia, la Reforma y la Revolución. Aunque la libertad de la nación mexicana se justificó con base en el pasado prehispánico, la elaboración de un mito de origen, era necesario para consolidar esta idea. Con el triunfo de los liberales sobre los conservadores en el siglo XIX se estableció que México se había restaurado como nación gracias al levantamiento del cura Miguel Hidalgo y Costilla el 16 de septiembre de 1810; y que la restauración de la república en 1867 era la segunda independencia nacional. Este mito se sustenta físicamente en los sitios históricos que fueron los escenarios de las conspiraciones de los héroes insurgentes y del inicio de su lucha armada; así como de la consolidación del Estado mexicano como un régimen republicano luego de rechazar la intervención francesa y derrotar al Segundo Imperio Mexicano. Algunos de los sitios emblemáticos que dan sustento a este mito se encuentran en Santiago de Querétaro.

A lo largo de su historia Santiago de Querétaro se caracteriza por su situación de frontera, no sólo territorial, sino también histórica, política y simbólica. A principios del siglo XIX en esta ciudad se organizaron las juntas conspiradoras que en 1810 promovieron el levantamiento armado del cura Miguel Hidalgo. Otro notable acontecimiento ocurrió en 1847 cuando las tropas estadounidenses ocuparon la ciudad de México y el gobierno emigró a esta ciudad, que entonces fue erigida en capital del país. Un año después aquí se firmó el tratado que pondría fin a la guerra con Estados Unidos.

Asimismo, Santiago de Querétaro fue capital imperial en 1867 cuando Maximiliano de Habsburgo se instaló en ella para pelear su última batalla. La ciudad fue sitiada por el ejército republicano y el desenlace llegó con el fusilamiento del emperador, poniendo fin con esto a los sueños monárquicos promovidos por la intervención francesa de Napoleón III. Ya en el siglo XX nuevamente la ciudad fue convertida en capital provisional de la república mexicana entre 1916 y 1917 cuando se convirtió en sede de los debates del congreso constituyente y de la promulgación de la constitución política que rige actualmente en México. Sin olvidar que también fue el lugar escogido en 1929 para fundar al Partido Revolucionario Institucional (PRI), que ha gobernado a México durante más de siete décadas.

El estado mexicano se ha ocupado primordialmente de resguardar y conservar aquellos sitios históricos de la ciudad que se relacionan directamente con el inicio de la independencia en 1810 y el triunfo de la república sobre el imperio en 1867. Sin embargo, existen imaginarios y memorias alternas que subvierten la hegemonía del relato nacionalista. Hacia finales del siglo pasado las autoridades locales se dieron a la tarea de construir un imaginario alterno que, en primera instancia, parece que contradice al imaginario nacional, pues los sitios que el gobierno regional avaló son los que enaltecen la época virreinal, un periodo histórico satanizado por el imaginario liberal y posrevolucionario. A lo que se suma que en 1996 el cabildo de la ciudad y el congreso local aprobaron la recuperación histórica y cultural del nombre virreinal de la ciudad: Santiago de Querétaro. Incluso este deseo de construir un imaginario alterno al oficial se percibe en el empeño que se puso en conseguir que el centro histórico de esta ciudad, conformado mayormente por edificaciones del siglo XVIII, fuera declarado patrimonio cultural de la humanidad.

La alta visibilidad del legado virreinal de Santiago de Querétaro (mediante guías y recorridos turísticos, postales, representaciones teatrales de leyendas, obras de teatro, etcétera), propone imágenes que pudieran contradecir al imaginario nacional construido por los gobiernos liberales y posrevolucionarios. Esto es significativo si se considera que el mito de libertad que fue elaborado parcialmente con base en diversos sitios históricos de la ciudad es una parte fundamental del imaginario de la nación mexicana. Sin embargo, como bien señala Tomás Pérez Vejo, los imaginarios no son un discurso articulado, sino una sucesión de imágenes que pueden no ser coherentes e incluso contradictorias como parece ocurrir en este caso. De este modo, reconciliando la historia y el patrimonio local y nacional, es como en siglo XXI los queretanos viven los espacios urbanos de la muy noble y leal ciudad de Santiago de Querétaro.

[1] Illanes O., M. A. (2006). “Memoria de los aparecidos. Allende con Mar(…). Pinochet con (…)arx. Chile, 2003-1973”. En Francisco Zapata (comp.). Frágiles suturas. Chile a treinta años del gobierno de Salvador Allende (p. 451). México: El Colegio de México.

[2] Yankelevich, P. (2006). “El deber de recordar”. En Francisco Zapata (comp.). Frágiles suturas. Chile a treinta años del gobierno de Salvador Allende (pp. 489-490). México: El Colegio de México.

[3] Rojas, R. (2005). “Ideología, cultura y memoria. Dilemas simbólicos de la transición”. En Rafael Rojas (coord.). Cuba hoy y mañana. Actores e instituciones de una política en transición (pp. 85-87). México: Centro de Investigación y Docencia Económica – Planeta.

[4] Como lo señalan Meyer, L. (15 de junio de 2006). “Crimen sin castigo”. Periódico Reforma y Olaiz González, J. (25 de junio de 2006). “Superación del pasado”. Revista Enfoque (640). Suplemento del Periódico Reforma, s. p.

22-09-2016

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