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Imaginarios sociopolíticos en el cine de Luis Estrada.

Mario Armando Vázquez Soriano

El escenario político de México actual es particularmente complejo. No sólo por la confrontación que el presidente de Estados Unidos Donald Trump tiene con el país, sino también por la débil legitimidad del gobierno del presidente mexicano Enrique Peña Nieto, quien solamente cuenta con la aprobación del 12% de la población. Si a esto le sumamos el enojo colectivo por la desaparición forzada de los estudiantes de Ayotzinapa, la matanza de Tlatlaya y los enfrentamientos entre profesores y padres de familia con policías federales en Nochixtlán, por no mencionar el aumento a la gasolina que se percibe como injustificado, el malestar que aqueja a buena parte de la ciudadanía va en aumento.

A pesar de estos acontecimientos algunos observadores extranjeros no entienden por qué la gente no se rebela masivamente ante estos hechos. Tal vez la explicación de esto se encuentre en el tipo particular de relación Gobierno-sociedad que se ha modelado durante los 75 años que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) ha gobernado México. Relación que es recreada eficazmente por el director Luis Estrada en sus películas: La ley de Herodes, Un mundo maravilloso, El infierno y La dictadura perfecta.

El PRI es una institución política que se fundó en 1929 con el propósito de dar estabilidad al país desarrollando diversos mecanismos que permitieron regular el conflicto social y político después de la revolución mexicana. El partido consiguió distribuir el poder político y económico entre diversos grupos políticos y sociales, integrando además a prácticamente todos los sectores de la población mediante prácticas corporativas y clientelares. Construir la democracia nunca fue uno de los objetivos para los que se fundó el partido. Por el contrario, desde su creación sus dirigentes impusieron un valor fundamental: la disciplina partidaria, entendida ésta como la lealtad a los principios y a las normas que se definían en su interior. Asimismo, se estableció un principio fundamental: para competir en la política se requería estar dentro del partido. Fuera de él cualquier intento para alcanzar una tajada de poder sería inútil.

El PRI reorganizó la vida política nacional llevándola por la vía de las instituciones establecidas por los gobiernos posrevolucionarios y promoviendo la idea de un ciudadano modelo: “los buenos mexicanos” que son descritos en la película Río Escondido de Emilio Fernández. Ese ciudadano patriota que se esfuerza por mejorar a su país, pero sin cuestionar la nueva forma de hacer política de los gobiernos priistas. Para construir este buen ciudadano los gobiernos del PRI utilizaron principalmente tres mecanismos de control político: la cooptación, la negociación y la cesión de prebendas. Este control político impidió que estallaran conflictos sociales o políticos graves; y cuándo estos podían presentarse se neutralizaban mediante estos mecanismos. Aunque en varios momentos hubo represiones violentas de los movimientos obreros y sociales, así como el encarcelamiento y asesinato de opositores políticos, cabe reconocer que el régimen priista no fue primordialmente sanguinario.

Además, el régimen posrevolucionario se dio a la tarea de promover una ideología oficial: el nacionalismo revolucionario. El nacionalismo revolucionario se dio a la tarea de rescatar y promover las manifestaciones culturales de lo popular y lo mexicano como centro fundacional para la construcción del país; y con ello en el imaginario colectivo el PRI y el presidente de la república se convirtieron en sinónimo de la Revolución, lo mexicano y México. Asimismo, al proclamarse como los herederos de la revolución mexicana tanto el partido como los gobiernos posrevolucionarios adquirieron amplia legitimidad social.

El alto desarrollo económico obtenido durante los años 50 y 60 -los años del llamado “milagro mexicano”-, también incrementó el apoyo social al régimen. Aunque en realidad el gobierno no cumplió del todo las promesas de la revolución era evidente la modernización que vivía el país gracias a la urbanización y la industrialización. El aumento general en el nivel de vida hizo que la sociedad creyera en la idea promovida por el gobierno de que la participación ciudadana en la vida política era fuente de divisiones internas, de conflicto e inestabilidad. De tal modo que el clientelismo y el corporativismo se establecieron como política de Estado con los gobiernos del PRI y le permitieron controlar a la ciudadanía en tal forma que, como lo explica acertadamente Denise Dresser, los mexicanos aceptaron tácitamente la existencia de un régimen con poca transparencia y rendición de cuentas, donde el voto era un ritual más que un acto de empoderamiento ciudadano, donde los fondos públicos se perciben como un botín personal, donde el petróleo se volvió propiedad de los políticos y donde, en fin, la impunidad se volvió una costumbre.

En resumidas cuentas, dice Dresser, el PRI hizo de la corrupción una forma de vida. Como lo retrata Luis Estrada en La ley de Herodes (México, 1999) en esta escena (https://www.youtube.com/watch?v=nWpjNBKab8o) donde el Secretario de Gobierno del estado – el Lic. López- , le entrega a Juan Vargas -presidente municipal de San Pedro de los Saguaros-, un compendio con las leyes federales y estatales para que use la ley a su conveniencia. Cuando un temeroso Vargas le dice que en el pueblo la gente es muy brava, el Lic. López le entrega una pistola y le dice: “Ahora sí, con el librito y la pistola a ejercer la autoridad”. La corrupción se volvió el sello del PRI, como lo ejemplifica la frase atribuida al presidente Adolfo López Mateos (1958 -1964): “La Revolución mexicana fue la Revolución perfecta, pues al rico lo hizo pobre, al pobre lo hizo pendejo, al pendejo lo hizo político, y al político lo hizo rico”.

Sin embargo, el mal manejo de la economía a partir de los años 70 provocó que los gobiernos priistas fueran perdiendo el apoyo mayoritario de la población. La explicación del origen de la pobreza que afecta cada vez más a un número creciente de ciudadanos mexicanos se ha ido modificando en los últimos años, como lo retrata la escena (https://www.youtube.com/watch?v=91QF-MTyiiA) de la película Un mundo maravilloso (México, 2006), en donde un secretario de estado conversa con su esposa y le cuenta que un estudio oficial mostró que ante la pregunta de: “¿Por qué usted es pobre?”, el 40% respondió que era la voluntad de Dios, el 30% dijo que así es la vida, un 20% lo adjudicó a la mala suerte y solamente un 10% responsabilizó al sistema político. Como su esposa no le cree, el funcionario llama a la trabajadora doméstica para preguntarle por qué cree que ella y su familia son pobres. Para su asombro, ésta le responde que hace unos años creía que era la voluntad de Dios, luego pensó que era mala suerte. “Pero ahora estoy segura de que es culpa de este gobierno y de todos los otros hijos de la chingada que estuvieron antes que usted”.

Al iniciar el siglo XXI la crisis que vive el país se incrementó cuando la ciudadanía se percató de cómo el narcotráfico se había infiltrado en el Estado. Una de las escenas (https://www.youtube.com/watch?v=NhWOaawx4mw) al final de la película El infierno (México, 2010) retrata con bastante realismo el enojo de los mexicanos agobiados por las decenas de miles de muertos que ha dejado la fallida “guerra contra el narcotráfico” y que no encontraban motivos reales para celebrar el bicentenario de la independencia. En esta escena de la película el protagonista, Benjamín “El Benny” García, un migrante deportado desde Estados Unidos que obligado por las circunstancias decide convertirse en narcotraficante, acribilla con su AK-47 a los funcionarios civiles, políticos y religiosos del pueblo durante la ceremonia del Grito la noche del 15 de septiembre de 2010, justamente cuando se conmemoraba el bicentenario del movimiento que dio inicio a la independencia de México. La escena de la matanza termina emblemáticamente con una toma del cadáver del capo del cartel de los Reyes -quien se había convertido en el presidente municipal-, que va dejando un río de sangre sobre el escudo nacional que adorna el atril donde se realizó la ceremonia.

Desincentivando la participación ciudadana y el conocimiento de sus derechos fundamentales, el sistema político controlado por el PRI moldeó a un tipo de ciudadano adecuado a su conveniencia: ignorante y mayormente indiferente. Tal como lo señaló Carlos Castillo Peraza cuando afirmó que en México “todos llevamos un pequeño priista adentro”. Sobre este tema los periodistas María Scherer Ibarra y Nacho Lozano puntualizan en un reciente libro que: “Nuestro pequeño priista se revela cuando nos empeñamos en convencer a otros de que tenemos la razón y nos exhibe cuando somos autoritarios. Se hizo presente cuando dimos alguna mordida y cuando hicimos trampas”.  A su vez el antropólogo y sociólogo Roger Bartra señala en el mismo libro que: “Existe una cultura política priista que se ha cocinado durante decenios y que ha impregnado las prácticas políticas de la sociedad mexicana y de muchos estratos de la población. En este sentido estamos ante un fenómeno que no es psicológico, sino cultural. Hay efectivamente una cultura priista que uno puede observar […] en el predominio de la corrupción, la hipocresía y ese cantinflismo de los políticos a hablar mucho y que no se les entienda”.

Las películas realizadas por Luis Estrada se encargan de recrear y poner en escena ese priista que los mexicanos llevamos dentro y que deberemos superar para construir una sociedad más democrática en el siglo XXI.

*Consultas bibliográficas

Dresser, D. (2011), El país de uno. Reflexiones para entender y cambiar a México. México: Aguilar.

Garrido, L. J. (2005), El partido de la revolución institucionalizada. La formación del nuevo Estado en México (1928-1945). México: Siglo XXI.

Paz, O. (2001), Sueño en libertad. Escritos políticos. México: Seix Barral.

Reyna, J. L. (2009), El Partido Revolucionario Institucional. Col. Para entender. México: Nostra Ediciones.

Romero, J. J. (2010), Las instituciones políticas. Col. Para entender México en su bicentenario. México: Nostra Ediciones.

15.03.2017

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