Red Iberoamericana de Investigación en Imaginarios y Representaciones (RIIR)

Hijas de Eva

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Por María Eugenia Rosboch

Inés pasó toda su infancia y adolescencia en un internado. Sin familia al salir buscó un hombre con el que engendró un hijo, dos, … hasta que se enteró que él tenía un hijo, dos, tres… de la misma edad que los suyos, con otra mujer. Quiso dejarlo pero cada vez que lo intentaba le arrebataba el cuerpo engendrando otro hijo y otro… Angustia, llanto, culpa, decide que su cuerpo es suyo no de otro, aborta y se separa.

En la imaginería occidental basada en enraizados sentidos religiosos, el valor por la vida implica relegar a la mujer a un rol de reproductora, su cuerpo es social, está destina a engendrar sin importar de donde viene, qué hace y qué posibilidades de hacer tiene hacia delante. Si rompe el mandato es inmediatamente juzgada y condenada ponderando un fruto que aún no se forma sobre el cuerpo presente y, por tanto, sacrificable, de ella.

Frente a ese hecho el hombre se desvanece, no tiene culpa ni cargo. Es la mujer la que aborta, como si fuera la Virgen María, madre que concibió y dio a luz sin la intervención de un hombre… Pero tras el umbral de las creencias sabemos que todos tenemos un progenitor y, en consecuencia, las acciones son de responsabilidad mutua. Se condena a la mujer y se libera al hombre de toda culpa o acción como si no existiera o solo fuera una víctima de “la tentación”. Abortar no es un método anticonceptivo, es una decisión crucial que le da un giro a la vida y esa decisión es siempre de a dos, ya sea por ausencia o presencia del hombre.

Pero qué hizo Eva para que el hombre tenga la necesidad de dominarla… Descubrió lo prohibido, se acercó al árbol del conocimiento y comió de sus frutos. El saber la iluminó y extasiada lo compartió con su pareja. El gran pecado que cometió fue el de la sublevación. Ambos fueron arrojados del Edén a poblar con libre albedrío los fértiles campos de la tierra. Ella le ofreció el conocimiento… ella es portadora del conocimiento… la luz se torna en sobras, el temor crese en el interior del corazón, el hombre da un paso hacia delante. El miedo se apodera de su cuerpo, tiene que dominar esa fuente de temor y la mejor manera de hacerlo es disciplinando ese otro, ese cuerpo que no es el suyo, que no le pertenece y lleva el germen de la rebelión. Lo toma, lo adiestra, lo reduce a solo una de sus funciones.

El machismo nace del miedo y solo eso puede engendrar. Hoy hay marchas y contramarchas que hacen que poco a poco, tras siglos de lucha, la mujer logre espacios de reconocimientos que antes no tenía, pero el temor sigue presente en nuestras almas y acciona en nuestro hacer de forma naturalizada marcando senderos que se reproducen generación tras generación.

El conocimiento es revelador. La repetición nos conduce a lugares seguros pero siempre por los mismos surcos que, de tanto andar, se tornan tan profundos que impide vernos entre nosotros por caminar uno detrás del otro. Es difícil romper con miedos atávicos, pero si queremos sociedades justas es necesario hacerlo. Decidamos vivir en libertad, caminemos juntos, no nos temamos, solo amémonos.

17/09/2016

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