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Blaisse Pascal Visto por Eric Rohmer

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Por Luís Beltrán Saavedra Mata

La película Mi noche con Maud (1969) de Eric Rohmer (1924-2010) tiene un conjunto de aspectos que conviene valorar aunque sea someramente y sin intenciones de ejercer de crítico de cine, sino desde la perspectiva como espectador que es afectado el movimiento de las imágenes, fotografías, música  y sobre todo los diálogos transidos de actitudes que “traducen” los problemas filosóficos tratados por Blaisse Pasacal (16623-1662).

En primer lugar, la experiencia vivida en la observación de esta obra cinematográfica nos mueve a  reflexionar acerca de la sorprendente actualidad de las direcciones de la filosofía que emergen de lo que se podría denominar el “sistema pascaliano”.  Esto es, la introducción de la duda en las opciones existenciales que se nos ofrecen en la cotidianidad bien en la Edad Media y la Modernidad, así como la ambigüedad como condición antropológica; ello al parecer desde el horizonte cristiano y la teología propia de la comunidad jansenista, corriente heterodoxa que adhirió Pascal y tomó como posición tética, de la que a su vez se derivan las dimensiones éticas y estéticas que también se entrecruzan al hombre contemporáneo de manera evanescente, en tanto que oportunidades a modo de apuestas. Frente a las cuales conviene tener el suficiente discernimiento para asumirlas. Ello aunque las posibilidades de alcanzar los objetivos estratégicos trazados como planes de vida sean mínimos, ya que la condición humana, per se, es problemática, no hay seguridades sino probabilidades.

En segundo orden,  lo anterior tiene lugar en parte porque el hombre  en Pascal se nos presenta como un ser precario, herido por el pecado original y cuyas fuerzas les son incipientes para  alcanzar el alto destino al que es llamado (la autorrealización  dirían los psicólogos en la actualidad, siguiendo a Abrahán  Maslow o a través de la santidad, que es  la alegría superior  de la visión beatífica, como dice el sacerdote en la homilía de la Misa de Gallos o Navidad al que asisten los dos protagonistas antagónicos de Mi noche con Maud); a menos que sea auxiliado por la acción de la Gracia divina, de donde se tiene que es la filiación divina lo que le confiere dignidad al ser humano, una de cuyas expresiones  más altas lo constituye el pensamiento.  Cuestión que en un diálogo de la película Maud alude al recordar a su interlocutor aquello de que el hombre es un bambú que piensa sumergido en dos infinitos: su mudo interior inquieto y desbordado en intuiciones o conocimiento a priori (la sabiduría del corazón) y el mundo exterior (racional y ordenado por mediaciones como las matemáticas).

Ambos, subjetividad y mundo exterior se muestran como posibilidades de conocimiento y realización concreta, pero a través de ciertas mediaciones y condicionantes harto conflictivas pero que, al fin y al cabo,  son realidades inevitables que conviene enfrentar.  No  hay vida sin conflicto y los acuerdos consensuados,  tanto de manera particular en las relaciones de pareja o familia, así como también la cuestión del pacto social a través de leyes o constituciones surgen históricamente  como la tabla de salvación para que la sangre no llegue al río, diálogo y consenso vienen a ser entonces una expresión de la modernidad, como  es recogido de hecho por los desarrollos que ha adquirido ya la filosofía política que en la película que se analiza apenas se sugiere, todo gira en torno al conflicto interior, a modo de dilemas éticos y metafísicos, donde entran en juego ciertos universales, a saber, el libre albedrío o libertad de elegir aún bajo la influencia de los condicionamientos socioculturales de la época, el tiempo y el espacio, porque los hombres terminan pareciéndose más a su tiempo que a sus padres, sin embargo, siempre tendrá que elegir y apostar en una u otra dirección.

Por otra parte, sorprende la apuesta, precisamente, del director Eric Rohmer por realizar una aproximación visual y síntesis discusiva a través de los diálogos en un contexto contemporáneo de la filosofía de un autor como Blaisse Pascal  que para quienes no somos iniciados en esta tradición de pensamiento nos parece remoto, como también sus proposiciones; tal vez es lo que nos quiso decir uno de los protagonistas, el profesor católico practicante, cuando afirma que las propuestas de Pascal como claves de razón práctica le parecían vacías. Aunque al final del día termina siendo más pascaliano que todos. Los alcances, entonces del pensamiento de Pascal llegan hasta los días que corren y con la hermenéutica adecuada, con las expurgaciones debidas y sin cometer anacronismos puede uno servirse de tales posturas como sana doctrina para comprender la naturaleza del hombre en sentido universal.

Igualmente, nos pareció un homenaje sentido el hecho que Rohmer haya ambientado la película en la misma ciudad donde naciera Pascal, donde seguramente según se inserta en otro de los diálogos tomara los mismo vinos y consumiera la misma comida de los comensales en la cena de Navidad o Año Nuevo que disfrutan a la luz de las velas y contemplando la nieve ocasional; esa especie de geografía de la sensibilidad es mostrada en la película bajo el encanto del blanco y negro, además de ofrecer una caracterizaciones muy naturales, pues los artistas no sobre actúan ni pierden la compostura ante los conflictos interiores que padecen. Sino que la convivencialidad discurre con imágenes llenas de belleza, evitando los excesos; que es una cuestión tópica en la filosofía de Pascal: desconfiar en la razón, no  admitir más que la razón, ya que el corazón tiene razones que la razón no comprende, dicho sea así citando de memoria.

También las referencias orales a las ideas contenidas en obras del filósofo de marras así como mostrar los textos que se alojan en cuidadas bibliotecas particulares o familiares  nos pareció una invitación a leerlas directamente, en seminarios de lectura lenta para profundizar en las orientaciones de esta corriente tan necesaria de conocer a fines de asentar sobre bases sólidas nuestra respectiva posición antrópica.

24/11/2016

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