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Sobre verdades, mentiras, posverdades y otros delirantes eufemismos.

Jose Carlos Fernández Ramos

En un breve aunque excepcionalmente denso y delicioso librito, titulado Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, cuenta Nietzsche que en un recóndito e insignificante rincón de una galaxia, de entre las cerca de dos billones que deambulan por el cosmos, vivía un ser fatuo y extravagante que engreída y orgullosamente presumía de saber y poder señalar que cosa sería ‘la verdad’, y remata: “fue el momento más altanero y falaz de la «Historial Universal», pero, al fin, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer.” El filósofo sostiene que no hay nada en el conocimiento humano a lo que propiamente podamos designar como la Verdad (así, con mayúscula), toda verdad concebible sería relativa y subsidiaria de nuestra capacidad como humanos, y del entorno social e histórico donde vivimos. Menos todavía tras su anunciada muerte de dios, cuando se desvanece cualquier garantía de verdad última a la que acogernos y poder cobijarnos de la intemperie perspectivista. Nuestra endeble posición como sujetos de conocimiento sólo nos permite conjeturar algo que será provisionalmente verosímil, pero sabiendo con certeza que antes o después esa verosimilitud acabará siendo desmentida.

No vamos, por tanto, a caer en tamaña falta de decoro y moderación, señalando qué es o no es verdadero. No obstante, a raíz de la elección del nuevo presidente de los USA, por si fuera poco lo denunciado por Nietzsche, ha emergido y tomado carta de naturaleza con la repetición acrítica de los medios, una nueva palabra, la ‘posverdad’, concepto que intentaremos limpiar de la ganga propagandística para extraer su mena y llegar a vislumbrar el meollo de la cuestión, en estas breves líneas.

En principio señalaremos la ausencia de inocencia que muestra la propia elección de este infame término. En los años 80 del pasado siglo los ‘pos’ irrumpieron y se pusieron de moda en el lenguaje académico y mediático: la posmodernidad, la poshistoria y una caterva inacabable de conceptos de los más variados ámbitos recurrieron a esa partícula, y hoy está concienzudamente incrustada en el lenguaje habitual de la tecnociencia, la filosofía, la antropología o la sociología dotándolo de gran legitimidad académica, de ahí su interesada adopción.

El término ‘posverdad’ fue acuñado en 1992 por el dramaturgo serbioamericano Steve Tesich en The Nation, para referirse a la estrategia de comunicación de la administración Bush tras la primera guerra del Golfo y el escándalo Irán-Contra. En 2004, Ralph Keyes uso el mismo concepto como título del ensayo The Post-Truth Era: Dishonesty and Deception in Contemporary Life. Reapareció en 2010 de la mano del bloguero David Roberts, en el artículo Post-Truth Politics escrito para la revista digital Grist, y últimamente el neologismo ha sido actualizado por la prensa estadounidense para referirse a las declaraciones del portavoz de la Casa Blanca Sean Spicer respecto a la cantidad de público que acudió a la toma de posesión de su jefe, a la que calificó como “la más masiva de la historia”. La cuestión sería, ¿por qué llamar posverdad a lo que se sabía que no era más que un palmario e innegable embuste, como demostraron las imágenes aéreas que exhibieron todos los medios audiovisuales y escritos del mundo donde se comparaba ésta con la toma de posesión de su antecesor? El periodista se justificaba diciendo que las auténticas ‘mentiras’ serían aquellas afirmaciones que todo el mundo podría ver que lo son y estar de acuerdo en su falsedad, como por ejemplo, afirmar que “llueve hacia arriba”; ‘posverdad’, en cambio, sería aquel tipo de mentiras enunciadas desde una posición de poder o autoridad moral, que cuentan con un público complaciente, dispuesto a admitirlas y ensalzarlas como verdaderas, por más evidencias que las impugnen. Por lo tanto, se trata de una mentira pura y simple que cualquier espíritu medianamente crítico sería capaz de desenmascarar, pero que, al ser pronunciada desde la posición de poder del portavoz de la Casa Blanca, reverbera en todos los medios y se difunde urbi et orbe, ‘a la ciudad y al mundo’, perdiendo su estatuto mentiroso y erigiéndose como verdad alternativa. Pero la difusión mundial no basta para convertir la mentira en verdad, se necesita además una audiencia de incautos partidarios que la admitan como incontestable dogma de fe, lo cual conlleva una apelación a los sentimientos y a las emociones y un rechazo simultáneo de lo fáctico. Sin un grupo social dispuesto a tragar esas auténticas ruedas de molino jamás alcanzaría el estatus de posverdad. La posverdad no requiere ser probada, sólo precisa ser creída y cuantas más personas crean en ella más verdadera será. La Alemania de Hitler lo sabía bien y Goebbels se aprovechó de ese conocimiento para transmutar en verdadero dogma de fe el siniestro discurso del nazismo.

Como nos enseñó Ortega, las creencias no se tienen, sino que se vive en ellas; el creyente no acumula una serie dogmas que configuran un credo, sino que vive en ellos, son el entorno vital sobre el que se acomodan sus pensamientos y actos, son el medioambiente natural al que adecuar adaptativamente, pensamientos, palabras y acciones.

Las consecuencias de este modo de pensar, decir y proceder resultan devastadoras para los discursos de quienes buscan un mínimo atisbo de objetividad en el análisis social o científico de la realidad. La supuesta posverdad hunde la navaja de Ockham en el corazón mismo del principio de parsimonia —en el sentido latino original de la palabra, entendida como equilibrio y sosiego en el juicio— y admitirla equivale a negar y destruir cualquier posibilidad de discurso imparcial y desapasionado sobre el mundo¸ de modo que todo lo que provenga del oráculo carismático del Poder tiene el marchamo de la Verdad y cualquier discurso alternativo o crítico carente de esa fuente de legitimidad podrá, en principio, ser cuestionado y puesto en solfa por él y sus fervientes adeptos.

15.03.2017

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