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El Museo del Prado como metáfora

Por Jose Carlos Fernández Ramos

Caminando entre la multitud, tratando de observar desde ángulos imposibles las pinturas, grabados y dibujos, mezclados con los grupos de turistas que rodeaban las obras haciendo impensable y casi heroico cualquier acercamiento, visité junto a mi pareja la gran exposición de Hieronymus Bosch, más conocido como El Bosco. Después de fajarnos con la multitud, de luchar por un centímetro cuadrado frente a los cuadros del pintor flamenco, decidimos alejarnos de la masa expectante y dirigimos nuestros pasos hacia la exposición permanente, en cuyas salas, afortunadamente semivacías salvo los abarrotados salones donde se ubican los iconos sagrados de Velázquez, El Greco o Goya, recordamos no sin nostalgia aquéllos días inolvidables en que solíamos pasear por el Museo charlando bajito para no perturbar el silencio solemne de las estancias y sentarnos frente al tríptico del Jardín de las Delicias durante horas, sin que ningún osado visitante se arriesgara a romper nuestra perspectiva del cuadro, y si lo hacían, cruzaban veloces, con cara compungida, como solicitando nuestra clemencia por haber interrumpido momentáneamente nuestra arrobada contemplación. Y es que el Prado, como la mayoría de las grandes pinacotecas, se ha convertido hoy en metáfora de la globalización, de la cultura de masas que consume arte con la misma despreocupada indolencia que el público adepto a los grandes espectáculos deportivos o musicales, pero sin el fervor, a veces la histeria, que desatan los astros de fútbol o las estrellas del rock.

Estas magnas exposiciones que unifican y hacen indiferentes e intercambiables los centros culturales y museísticos de las grandes capitales europeas, han reducido el arte a mero espectáculo masivo cuya efectividad cultural se encoge en la misma proporción en que crece su público. Lo mismo en Madrid que en Roma, París o Ámsterdam, el turista común después de madrugar, si no ha sido suficientemente avezado como para programar su visita por Internet (otro símbolo de la globalización) o a través de la misma agencia que se ocupó indistintamente de su transporte, hotel o comidas, se coloca resignado al final de la cola, situada a la puerta del Museo, para lograr acceder, eso sí, no sin antes chamuscarse un rato bajo el punzante sol del julio madrileño. En el interior, grupos de extranjeros (principalmente, aunque también de nacionales) mansamente pastoreados por su cicerone al que observan con mayor interés y atención que a las propias obras de arte que comenta, o visitantes individuales armados con audífonos pegados a la oreja como si anduvieran cerrando un importante negocio que no puede demorarse ni un minuto, se arremolinan ante los cuadros, se hacen fuertes en el sitio que ocupan y lo defienden, con uñas y dientes si es necesario, como si la vida les fuera en ello, haciendo imposible e inútil cualquier intento de invasión de su espacio. Mientras, amenizando la visita, se escucha de fondo un corifeo indistinto de voces que luchan por prevaler entre la Babel de idiomas exóticos que se entrecruzan componiendo una cacofónica melodía.

El consumidor de esta cultura masificada, ya no es el antiguo y elitista amante del arte en busca del arrebato estético experimentado ante las obras maestras de los grandes genios renacentistas o barrocos, sino el expectante turista medio que afluye en tropel a los museos para cumplir un deber ritual, pues sería imperdonable haber pasado por Madrid sin visitar la magna exposición, aunque en su tierra de origen jamás haya pisado un museo o una exposición. No decimos que el público sea masa, sino que es sometido, en este tipo de eventos, a un proceso de masificación que lo cosifica. Masificado el público, la exposición se torna insignificante, no más que un pretexto para el comentario jactancioso, ni más importante o significativo que el haber visto la última superproducción hollywoodense o haber leído el último best seller de moda. Estamos pues ante otro de los indeseables y perversos efectos de la globalización, su siniestro símbolo, su desoladora metáfora.

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