Red Iberoamericana de Investigación en Imaginarios y Representaciones (RIIR)

Ciencias y Presencias

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Por Jose Carlos Fernández Ramos

Hace pocas fechas, en una de esas sobremesas soporíferas en las que el inicio de la digestión deja al resto del cuerpo como adormecido, captó mi atención un documental, que emitía un conocido canal norteamericano, en el que unos angustiados padres narraban sus pesquisas para conocer el paradero de su único hijo, el cual había sido oficialmente dado por “desaparecido” en el transcurso de una excursión en solitario -con la única compañía de un guía local- por la selva de Costa Rica. Para ello los afligidos progenitores del muchacho contrataron a dos detectives privados, antiguos agentes del FBI, y con las cámaras del canal televisivo como testigos, se dirigieron al lugar donde había sido visto por última vez su hijo. Inmediatamente vino a mi mente la película Missing de Costa-Gavras, basada en la novela homónima de Thomas Hauser, con Jack Lemon y Sissi Spacek como protagonistas principales. Pero en este caso no se trataba del secuestro, asesinato y desaparición de un joven norteamericano en el transcurso de un golpe militar, como el que acabó con la vida de Salvador Allende y de miles de chilenos, sino de una desaparición sin connotaciones políticas de ningún tipo, salvo por el hecho de que la víctima era un gringo (rico) en un país extranjero (pobre). Investigadores, cámaras y padres acudieron al pueblo, situado en la costa atlántica, del que partía la ruta que el muchacho había tomado y allí les informaron de un rumor que corría de boca en boca entre los lugareños: “el guía local del que se valió su hijo lo había asesinado para robarle el dinero, haciendo desaparecer su cuerpo en la espesura de la selva”. Los detectives, al igual que la policía local, inmediatamente sospecharon del guía, lo buscaron y hallaron en su casa. Cuando hablaron con él, el guía se mostró muy solícito y dispuesto a colaborar con ellos, pues conocía el rumor que lo acusaba y quería limpiar su buen nombre de cualquier sospecha. También les contó que había acompañado al joven por la selva durante tres días y cuando llegaron al lugar donde concluía la ruta, un pueblo de la costa del Pacífico, cobró sus servicios, se separaron y no volvió a saber del chico. Los investigadores solicitaron al guía que les mostrara la ruta y los lugares por donde discurría el camino que habían seguido, confiando en que su experiencia policial les ayudaría a detectar cualquier indicio y podrían así atraparlo y entregarlo a la justicia costarricense. Juntos iniciaron la caminata y se internaron en la selva. El guía les mostró los sitios que visitaron, los lugares donde acamparon de noche, incluso les contó dónde tomó fotografías o cómo se las apañaban para comer o dormir. A mitad de la ruta, el guía los llevó a visitar a una conocida familia de mineros que vivían, en penosas condiciones, a la rivera de un arroyo donde buscaban oro. Ante la presión continuada de los detectives, el guía se derrumbó finalmente y les hizo una confesión: la familia de mineros, un padre y sus tres hijos, los habían asaltado, retuvieron al chico y a él le dijeron que ‘si aprecias tu vida corre y no cuentes nada’. El guía estaba convencido de que los mineros lo habían matado para robarle el dinero y luego lo habían asesinado y hecho desaparecer su cuerpo arrojándolo al río en cuya desembocadura los tiburones habrían dado buena cuenta de él. Aunque el relato mostraba ciertas  inconsistencias que no vienen al caso, los detectives dirigieron sus sospechas hacia la familia de mineros, prestando cierto crédito a la sinceridad del guía, aunque sin dejar de sospechar de él, ya que según les confesó había permanecido preso siete años por matar a otro en una reyerta, lo cual demostraba que aquél hombre era capaz de matar. Durante varios meses los detectives y los padres anduvieron interrogando a todo el que encontraban y finalmente convinieron en enfrentar al acusador con los mineros con la esperanza de que alguno se delatara y quedara al descubierto la verdad. El episodio acabó en un cruce de acusaciones mutuas entre los mineros y el guía. Tanto los unos como el otro cargaban con antecedentes violentos y pequeños delitos de robo y consumo de drogas. La justicia costarricense, sin el cuerpo del delito, se encontraba con las manos atadas y en esas condiciones la policía no podía actuar, a pesar de los indicios y los rumores. Así las cosas todos, padres, detectives y cámaras, se marcharon sin lograr que se hiciera justicia.

A los pocos meses todo el asunto dio un vuelco inesperado, apareció el cuerpo del muchacho escondido entre unos matorrales en el fondo de una peligrosa quebrada. Sus pertenencias estaban junto él, sin que faltara nada, ni siquiera el dinero que portaba. Esto dejó estupefactos a todos. Entonces, ¿qué razones empujaron al guía a ayudarlos?, ¿a qué venían las acusaciones mutuas entre mineros y guía?, ¿qué sentido tenían las historias  que contaban ambas partes?, y ¿por qué habían surgido y circulado las habladurías que se rumoreaban?

Todo esto me hizo reflexionar y preguntarme por las razones de todo ello y llegué a las siguientes conclusiones que comparto con los lectores en las líneas que siguen, imaginando lo sucedido.

Cuando el grupo de norteamericanos llegó a la aldea donde vivía el guía, éste vio de inmediato la oportunidad de sacar partido al asunto, a pesar de exponerse a que lo acusaran. Lo primordial fue que los padres e investigadores ofrecieron pagar al guía por su tiempo y eso en las condiciones vitales del lugar era algo que no se podía dejar pasar así como así, por tanto se inventó todo con el fin de alargar lo más posible el asunto, y de esa manera seguir cobrando por sus servicios. Cuanto más tiempo transcurriera más dinero lograría, de ahí la enrevesada historia que alargó las pesquisas por meses. Además, colaborando conocería el estado de la investigación y podría tomar sus medidas para protegerse. En segundo lugar, pasear por todo el país acompañado por gringos y cámaras daba al guía la posibilidad de fanfarronear ante sus paisanos y presumir de ser el mejor en su oficio. Y por último, pero no menos importante, su prestigio como guía turístico quedaba a salvo, ya que si llegara a saberse que en su compañía un turista americano se había despeñado y perecido, nadie más querría contratarlo en el futuro. Los vecinos del poblado habían visto salir al guía en compañía del muchacho y regresar solo, lo cual, dados sus antecedentes criminales, inflamó la imaginación popular, disparando los rumores. Los detectives, ex agentes, se dejaron llevar por su olfato policial y vieron un crimen y un culpable donde sólo hubo, como mucho, negligencia profesional y miedo a volver a prisión. De hecho la fiscalía de Costa Rica dio carpetazo al asunto si formular acusaciones contra nadie.

El lector se preguntará con razón ¿qué tiene todo esto que ver con las ciencias sociales? Trataré de dar una respuesta a ese interrogante, para tranquilizar su inquietud.

Lo ocurrido con esos angustiados padres y los detectives que contrataron, puede que se asemeje más de lo que pensamos con lo que a menudo sucede a los investigadores sociales cuando realizamos nuestros trabajos de campo. ¿Cuántas veces, la simple presencia de antropólogos, etnólogos o sociólogos, producirá esos indeseados efectos en los informantes? ¿Cuántas historias se habrán reflejado en las investigaciones de los científicos sociales, respondiendo a los mismos patrones que la historia del joven americano desaparecido? ¿No se produce siempre una suerte de fascinación/intimidación de los informantes ante el investigador? El ‘personaje deslumbrante’ que éste encarna a ojos de los informadores, ¿no provocará, casi inexorablemente, ese tipo de reacciones inicuas, que terminan por desvirtuar los resultados obtenidos? Y la presencia de micrófonos, grabadoras o cámaras, ¿no inducen por sí mismas respuestas premeditadamente ‘interesantes’ que hagan su concurso indispensable, máxime si hay dinero o regalos de por medio? ¿No ocurrirá, como sucede en la física de partículas, que la sola presencia del observador determina totalmente el objeto observado?

Este tipo de cuestiones me inquietaron durante todo el visionado del documental haciendo que me olvidara de la reparadora y recomendable siestecita de después de comer y suscitando estas reflexiones que espero no los haya aburrido.

Escrito el 12 de enero de 2017

20/01/2017

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