Red Iberoamericana de Investigación en Imaginarios y Representaciones (RIIR)

Sociosofía (I)

Bergua

Por José Angel Bergua

La victoria de Donald Trump volvió a poner en evidencia a los analistas, los medios de comunicación, la propia clase política y, en definitiva, al sistema que esas y otras élites gestionan e informan. Sin embargo, su falta de solvencia ante la proliferación de objetos políticos apenas o nada identificados, ya llevaba un tiempo entre nosotros. Hace seis años, justo después de que los cables de la diplomacia norteamericana filtrados por wikileaks revelaran que para sus analistas no había problema alguno en el norte de África, estalló la primavera árabe. Un año después, las élites quedaron de nuevo retratadas con la irrupción del 15M en España, al no entender los originales modos que allí se exhibieron y sorprenderse por la denuncia entonces formulada de que la democracia no lo es. En la segunda mitad del 2016 ocurrió algo similar con el Brexit y las elecciones presidenciales norteamericanas. Que en ambos casos los estudios demoscópicos fueran incapaces de prever algo tan simple como la elección entre dos opciones, debe llevar a cuestionar definitivamente la capacidad de las ciencias sociales para medir y explicar el complejo mundo del siglo XXI. Esa ceguera es similar a la que padecen las élites políticas y los medios de comunicación, patológicamente aferrados a una realidad que ya no existe. En general, todos ellos ignoran que no saben.

Hace unos días trasladé estas impresiones a un colega de la Universidad de Huangshan. Como es habitual en él, me respondió de un modo enigmático. Dijo que hubo una época, anterior al gobierno del Emperador Amarillo, en la que el mundo de los políticos y el de las gentes no estaban separados. Unos y otros tenían grandes diferencias de color y forma, pero convivían en armonía. Aunque estaban en distintos lados del espejo se podía ir y venir a través de él sin mayor dificultad. El problema es que una noche, después de que un amplio espectro de políticos ebrios de poder intentara imponer ciertas formas y colores a las gentes, éstas reaccionaron violentamente invadiendo la sociedad y se produjo el caos. Como el gentío era tan poderoso sólo se le pudo derrotar y obligar a volver al otro lado del espejo gracias a las artes mágicas del Emperador Amarillo. Para ello urdió un hechizo, hoy mantenido a base de encuestas y televisión, por el que esos seres caóticos se acostumbraron a copiar mecánicamente los pensamientos, actos y apariencias de las élites. Sin embargo, la leyenda también dice que el embrujo no iba a ser eterno y que las gentes, en algún momento, empezarían a ser imprevisibles. Poco a poco los políticos dejarían de reconocerse en el espejo, después las apacibles imágenes adquirirían vida propia y finalmente invadirían este lado del mundo.

Aunque el Profesor Li, no quiso aclararme cuándo y cómo iba a producirse el cambio, le trasladé mi impresión de que las élites que reconocen su ignorancia llevan tiempo insistiendo, si bien de un modo confuso, pues sus esquemas mentales apenas permiten añadir unas gotas más de sentido al que destilan sus parientes, que la gran transformación ya se ha iniciado. Aquí me puse solemne y manejando ciertas jergas del siglo XX añadí que las gentes han empezado a moverse entre la paranoia fascista y la esquizofrenia revolucionaria, desbordando en ambos casos el realismo neurótico que nuestras élites vienen administrando para que las imágenes del espejo continúen siendo lo que han de ser. No me respondió. Frunció el ceño, apagó Skype y desapareció.

25/01/2017

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