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Sobre política, cábala y cuentos chinos

Bergua

Por José Angel Bergua

El 1 de Julio de 2002 el periodista Ron Suskind escribió en el New York Times un duro artículo sobre Karren Hughes, en aquel tiempo directora de Comunicaciones del Presidente Bush Jr. Días después, un asesor del Gobierno se encontró con el periodista y más que hablarle le ilustró: “Nosotros, cuando actuamos creamos la realidad, mientras que ustedes se dedican analizarla. Así se reparten los roles. Nosotros somos actores y ustedes analizan lo que hacemos”. En definitiva, el asesor enseñó al periodista que cualquier orden instituido se construye a partir de las decisiones de los políticos y que después aparecen los analistas con sus comentarios o críticas. Poco importa que los dichos y escritos tengan que ver con las opiniones de los diarios o las reflexiones científicas. Lo relevante es que la acción de los políticos va siempre por delante de los relatos analíticos. De ahí la máxima de  Von Foerster, “si quieres conocer actúa”, que valdría tanto para las acciones políticas institucionales como para las subversivas. Y por eso dijo Débord, desde este segundo punto de vista y en pleno Mayo del 68, que “la comprensión de este mundo no puede basarse más que en la contestación”.

 Sin embargo, todavía es muy común la opinión de que la información y el conocimiento son tan cruciales que deben ir por delante de la acción y que quienes trabajan tales asuntos (desde los científicos sociales a los periodistas pasando por los intelectuales) son más importantes. Por eso decía Gramsci que la verdad es revolucionaria y los anarquistas españoles de antaño opinaban algo parecido acerca de la educación. El problema es que, como nunca se tendrá toda la información ni todo el conocimiento, al político que los espere puede ocurrirle que de tanto esperar se le pasen las oportunidades. Por otro lado, es bien conocido que son rarísimos los casos de que gente teóricamente tan ilustrada como los científicos hayan funcionado bien como políticos. Pocas excepciones hay además de Marx. Por cierto, también son escasos los políticos que hayan escrito análisis y reflexiones con recorrido y de calidad. En España el mejor ejemplo es quien condujo la Transición a la Democracia tras la muerte de Franco, una auténtico trabajo de orfebrería según algunos. Se vanagloriaba de no haber leído más libros que dedos tienes en tus manos.  En definitiva, lo propio del político es actuar y para ello no se requiere mucha información ni conocimiento. Tan sólo decisión. Luego ya vendrán los analistas. Esto vale para construir y deconstruir, desde la izquierda y desde la derecha, tanto la sociedad que tenemos como las alternativas.

El problema es que, si bien el actuar exige aceptar que el saber viene después, estamos tan acostumbrados a erigir sesudos modelos y prolijos protocolos encargados de establecer objetivos para dar forma a la realidad, que volvemos a poner el carro delante de los bueyes y tendemos  a olvidar el actuar pegado al terreno que, entre otros, cultivan desde el artesano al mago pasando por las propias gentes en su vida ordinaria. En la China clásica, el sabio, antes de erigir un modelo que sirviera de norma para su acción, concentraba su atención en el curso de las cosas para descubrir su coherencia y aprovechar su evolución. En lugar de imponer un plan al mundo, su hacer se basaba en el che o potencial de la situación. Además, el “hacer” no sólo se refería al “ser”, sino principalmente al ”no ser”. Ese “no ser” es el fondo indiferenciado de las cosas y la acción que le corresponde es el “no hacer”, tan absolutamente extraña para prácticamente todas nuestras élites, como en su momento lo fue el cero para la matemática que nos legaron los griegos. Sin embargo hay excepciones. El modo como Rajoy, el Presidente del Gobierno de España, ha capeado el temporal político del 2016 es una de ellas. La sobreactuación del PSOE es el contraejemplo perfecto. En cuanto a Podemos, el próximo año tendrá la oportunidad de, sin hacer nada y aprovechando el che, asistir en primera fila a la implosión del Régimen que sucedió a Franco.

Pero lo más interesante es que la sabiduría, además de despreciar el saber teórico para actuar, tampoco confía mucho en el valor que las propias teorías puedan tener en el propio plano de la reflexión. De ahí que el sabio chino se caracterice por no tener ideas y por eso un discípulo del cabalista Magguid De Meseritz decía que no acudía a él para aprender la Torá sino para ver cómo se ataba los cordones de los zapatos. Me reconozco en esta actitud. Del único sabio que he conocido, lo que más me interesó fue cómo encendía su pipa.

20/12/2016

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