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Refugiados y ecuaciones políticas

Bergua

Por José Angel Bergua

Los refugiados políticos que están llegando a la UE han desencadenado dos respuestas diferentes. Mientras los Estados se resisten a aceptarlos, muchas gentes, ayuntamientos, parroquias, clubs de fútbol, etc. ya les están ofreciendo ayuda y alojamiento. Si el Estado ha reaccionado así es, entre otras cosas, porque está atado a la ecuación política nacimiento-nación-derecho. Y como los movimientos de sujetos a nivel mundial son cada vez mayores y en estas circunstancias resulta complicado hacer funcionar la ecuación, los Estados Nacionales, han desengrasado viejos hábitos jurídicos. Recuérdese que con los nuevos organismos estatales creados por los tratados de paz que pusieron fin a la Primera Guerra Mundial, un 30% de las poblaciones “nacionales” se convirtieron, de un día para otro, en minorías que, al quedar fuera de los Estados Nacionales, debieron ser tuteladas por distintos tratados internacionales. Más tarde, las leyes alemanas y la Guerra Civil española crearon más cantidad de población problemática. La solución que poco a poco fue extendiéndose por Europa fue la desnacionalización. Francia abrió el camino en 1915, Bélgica hizo lo propio en 1922, en 1933 le tocó el turno a Austria y en 1935 Alemania siguió el mismo camino. Los distintos colectivos que padecieron estas decisiones, al ser privados de su condición nacional, se convirtieron en vida sin cualidad política ninguna. Por lo tanto, más que de política habría que hablar de biopolítica.

En la actualidad está sucediendo lo mismo con los refugiados, una clase de población desposeída de derechos políticos cuyo único destino son los campos de refugiados, ya que no pueden volver a sus lugares de origen ni circular libremente. Si bien en Europa no hay muy poca gente instalada en ellos (el 14% hace unos años), la cifra alcanza el 83,7% en África y el 95,9% en Asia. El problema es que, incluso confinados en campos, algunos refugiados (por ejemplo los del norte de Sudán) llegan a ser tan molestos y difíciles de atender que la propia ONU, con el respaldo de las ONG, les ha quitado la etiqueta de “refugiados” y, en consecuencia, ya no son objeto de protección. Estamos ante residuos políticos con los que no se sabe hacer nada

En la Alemania nazi, el tratamiento de sus residuos siguió una lógica algo más elaborada. Se definió un “derecho de sangre” que permitió distinguir claramente a los amigos de los enemigos y orientó hacia unos y otros, respectivamente, el poder de hacer morir y el de hacer vivir utilizando los medios que las ciencias y técnicas pusieron a su disposición. También resultó de suma utilidad la burocracia, ese estilo de organización tan impersonal y eficaz que igual es capaz de gestionar la asistencia social como de administrar la “Solución Final”. En efecto, el asesinato sistemático de seis millones de personas en unos pocos años, fue un asunto gestionado impersonal, racional y eficazmente por ese logro de nuestra civilización que es la Burocracia. Y no fueron psicópatas quienes realizaron ese trabajo, sino eficientes y disciplinados funcionarios habituados a la impersonalización y obediencia jerárquica de cuyas conciencias no podía brotar conmoción moral ninguna. Hoy pasarían cualquier test psiquiátrico o psicológico. Pero el campo de concentración es paradigmático de la modernidad desde otro punto de vista. Los especialistas no tienen claro si fue un invento español de 1896 que se aplicó por primera vez en Cuba para reprimir la sublevación de la colonia o si fueron los ingleses quienes lo inventaron, ya a principios del siglo XX, contra los boers. En cualquier caso, es sabido que fue en la Alemania nazi donde su existencia adquirió mayor notoriedad. Según los relatos de los supervivientes había un tipo de individuo (“musulmán” lo denominaban los judíos) que encarnaba la lógica biopolítica que allí reinaba. Se caracterizaba por haber perdido toda su humanidad (el habla, el juicio, etc.). En su deambular autista el “musulmán” aún estaba vivo pero su vida había sido privada de todo rasgo humano. Era, un no-humano viviente.

Tal es el extremo al que lleva la lógica a la que el Estado contemporáneo está atado. Ante los refugiados que están entrando en Europa sus fundamentos están (re)apareciendo al desnudo, como la propia biopolítica, acompañada de la correspondiente corte de opinadores y expertos para vestirla bien.

03/10/2016

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