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Puntos ciegos y democracia

Bergua

Por José Angel Bergua

En la parte posterior de la retina de donde sale el nervio óptico no hay células sensibles a la luz, así que en ese lugar no queda reflejado parte de lo que debiéramos ver. Sin embargo, el sistema de la visión, en lugar de mostrarnos un vacío, prefiere inventarnos un espacio continuo. El resultado no es sólo que no veamos. Más bien sucede que no vemos que no vemos. En el ámbito de lo social también hay puntos ciegos. Uno de ellos afecta directamente a la democracia.

La instauración del sufragio universal en Francia tras el estallido revolucionario de 1848 restringió el deseo de participación al simple acto de votar. Además, su carácter secreto eliminó el apasionamiento. Lo mismo ocurrió con la sustitución de los papeles en los que el elector llevaba escrito el nombre del candidato por listas ya elaboradas, invento australiano de 1858 que llegó a Bélgica 20 años después. Más tarde, en 1913, Francia añadió el sobre.

No debería extrañar que, por lo anterior y otros motivos (corrupción, incumplimiento de promesas, oligarquización, etc.), el sistema democrático despierte tan escaso interés. En Europa, durante las dos últimas décadas del siglo XX la afiliación disminuyó entre un 22% en Bélgica y un 64% en Francia. Por otro lado, la abstención media en los procesos electorales europeos de los últimos 50 años ha aumentado un 41,8%. Además, salvo en Bélgica e Italia, los jóvenes y quienes votan por primera vez, se abstienen mucho y cada vez más. Aunque la educación y el nivel de ingresos hacen disminuir la abstención en el norte del continente no lo logran en el sur.

Pero el problema no es sólo que las gentes no estén allá donde están convocadas. Peor es que los políticos, científicos y formadores de opinión critiquen su apatía y la facilidad con que son manipuladas o aseguren que ellas solas se extravían en la sociedad del consumo. En definitiva, estas élites por las que habla el sistema, o bien no ven que no ven y por lo tanto tienen una ignorancia negativa, o hacen como que no ven y en consecuencia son cínicas. Sea lo que fuere, no sólo contribuyen a construir un punto ciego, sino también a que no se vea.

Si la crisis de la democracia tiene que ver con la ausencia del demos, no debe extrañar que para recuperarlo hayan aparecido otros actores. Por ejemplo los movimientos sociales. Se caracterizan por el descubrimiento de conflictos nuevos o desatendidos por los partidos políticos. Además, traen consigo una reinterpretación de la política a través de la democracia participativa y una reformulación de la economía a través de las monedas locales, el buen vivir, lo procomún, el movimiento slow, etc. También activan nuevas formas de protesta, entre otras la acción directa y la desobediencia civil. Finalmente, en lugar de dar lugar a pesadas organizaciones se han hecho a sí mismas a base de asambleas desde las secciones locales y estableciendo vínculos con otras de su misma o diferente especie a través de las militancias múltiples de sus activistas.

De todas formas, aunque los movimientos sociales parecen haber logrado contactar mejor con la gente y hacer así realidad el sueño moderno que impulsara la democracia, lo cierto es que el éxito ha sido relativo. En efecto, los breves e intensos periodos de actividad que protagonizan son sucedidos por largos periodos de latencia o desaparición en los que el gentío deja de volcar ahí su deseo, lo cual desorienta a los más comprometidos activistas. Pero es que la propia experiencia de democracia participativa enseña que esa gente a la que está destinada el invento se involucra muy poco. En el caso de los presupuestos participativos de Porto Alegre, apenas el 5%.

Podría pensarse que, al final, la democracia de los partidos políticos y la de los movimientos sociales son iguales porque, en los dos casos, las gentes terminan siendo impredecibles. Sin embargo, hay una diferencia. Mientras las élites de la alta política, por ignorancia o cinismo, contribuyen a que no sepamos que no sabemos, los activistas de los movimientos sociales saben que no saben y ayudan a que se vea el punto ciego. Ambas producen ignorancias, cierto. Sin embargo una no se sabe y la otra sí. Sólo desde la segunda es posible dar la talla ante las tan solicitadas pero siempre esquivas e inescrutables gentes. Tal fue el mandato de la Modernidad. Hasta ahora no hemos hecho más que fallarlo. ¿Quizás porque la política no es la esfera adecuada? Seguramente.

30 de agosto de 2016

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