Red Iberoamericana de Investigación en Imaginarios y Representaciones (RIIR)

Populismo.

José Angel Bergua

El desembarco del “populismo” en la controversia política tiene la apariencia de un síntoma. Por un lado, a diferencia de lo que ocurre con otras etiquetas, algunas con terribles connotaciones para sus críticos, pero aceptadas como propias por muchas gentes, caso del “fascismo” y del “comunismo”, cuando se trata del “populismo” suele ser habitual que los destinatarios no se identifiquen con ella. Este desencuentro delata que el término tan sólo sirve para descalificar a un enemigo, por lo que únicamente significa el conflicto del que es expresión. Ocurre algo parecido con el “terrorismo”, etiqueta que nunca han aceptado los aludidos y que las Naciones Unidas han sido incapaces de definir. En fin, los populistas, como los terroristas, son siempre los otros.

Es cierto que, aprovechando el desasosiego que esta clase de términos genera, gentes descontentas con el orden en el que están anómalamente inscritas los han usado de un modo más que propagandístico para, a la vez, afirmarse, provocar y desestabilizar. Como cuando el artivista Del LaGrace Volcano, desde su ambigua posición sexual, se define como “terrorista” del género. Algo similar ocurre con los afroamericanos que se designan con el término que se acuñó para estigmatizarles (niger), con los homosexuales que utilizan del mismo modo los términos queer, “marica” o “bollera” o, más recientemente, con quienes tienen funcionalidades corporales distintas y se interpelan con el término peyorativo que se inventó para ellos (cripple, “tullido”, “cegato”, etc.) En el caso del “populismo”, tengo la impresión de que quienes exhiben como propio el concepto, al menos desde Laclau, lo hacen con unas ganas de fastidiar parecidas.

Sin embargo, la enfermedad no reside ahí. Aunque en el Diccionario de Autoridades de 1729 el término “pueblo” designaba simplemente lo opuesto a la “ciudad”, un tiempo después pasó a significar el lugar en el que había de residir la soberanía política. Lo revelador es que el deslizamiento semántico se produjo mientras las ciudades comenzaban a crecer y desarrollarse explotando económica y demográficamente a los pueblos. Téngase en cuenta que la antigua Babilonia no pasó de 100.000 habitantes, que Londres alcanzó el millón en 1820, que ya hay urbes con más de 40 y que desde el 2007 la mayoría de la población mundial es urbana. Aragón (España) es experta en esto: su capital (Zaragoza) tiene más de la mitad de la población de la Comunidad, Teruel es la provincia de España que más población ha perdido en el siglo XX y Huesca la que más pueblos ha visto desaparecer. Pero es que, además de engullir población, una ciudad de 1 millón de habitantes necesita devorar 1.800 toneladas de alimentos al año y beber 567.000 de agua al tiempo que debe excretar otras muchas de mierda. Por el contrario, los pueblos parecen haberse especializado en recibir esa y otras porquerías a cambio de las gentes y alimentos que entregan a las ciudades. En definitiva, el problema es que el término político “pueblo” se ha construido sobre la degradación de los pueblos reales. Este progreso es uno de los pilares fundacionales de la Modernidad.

Más tarde, ciertas élites urbanas, hastiadas con el rumbo de la nueva sociedad, se fijaron en lo que quedó de los pueblos, recuperaron lo que les pareció y certificaron su defunción al inventar la “cultura popular”, que de estar viva pasó a ser embalsamada en archivos, catálogos, tesis doctorales y museos. Después, otras élites usaron ese material para elaborar el concepto de “nación” e introducir así algo de alma en el Estado moderno. De este modo, añadieron a los viejos cadáveres de los pueblos los de sus “populares” culturas. Hace unos años, cuando Sarkozy propuso debatir sobre el significado de lo francés, se colocó en una posición tan patológica como la de Norman Bates, el personaje de Psicosis, que mantuvo “vivo” el cuerpo de su madre e incluso lo encarnó. Los que hoy acusan de populistas a quienes no pronuncian el término y si lo hacen es de un modo entre reactivo y vengativo, se enferman de un modo parecido. Podrían llegar a reconocerlo, pues hoy el trono político que en otro tiempo ocupó el “pueblo” es para la “ciudadanía”, término que como etimológicamente designa al habitante de la ciudad, confiesa ya, con absoluta transparencia y fría sinceridad, la serie de asesinatos sobre la que se asienta la democracia que tenemos. Sin embargo, no quieren saberlo. Ese es el problema. Suerte que fuera de las instituciones hay mucha vida. Dentro huele ya muy mal. Ha muerto.

15.03.2017

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