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Pánico a la horizontalidad

Bergua

Por José Angel Bergua

Decía Freud que en la masa los sujetos renuncian a su singularidad derivando el deseo hacia un punto fijo exógeno que puede ser un líder, bandera, ideal, etc. Puso frente todo ello el “pánico”. En este otro escenario, el deseo no se proyecta hacia ningún elemento exterior sino entre los iguales. Que tal deseo sea de amor o de odio es lo de menos. Lo de más es que circule horizontal o jerárquicamente. Dicho de otro modo, que sea espontáneo o esté inducido (desde arriba).

Hobbes ya había advertido que para detener el peligroso miedo horizontal, propio del mundo natural, sólo cabía el temor que el Estado fuera capaz de inspirar desde arriba. De este modo destruyó la posibilidad de las relaciones horizontales e hizo del Estado algo inevitable. Sin embargo, Hobbes no fue, en realidad, tan tajante, según nos cuenta Foucault, pues en ausencia de Estado hay un teatro de miedos y recelos mutuos que no necesariamente ha de desembocar en guerra. Los etólogos nos informan que entre los animales, con el mismo mecanismo, las frecuentes peleas no provocan apenas víctimas y la antropología asegura que un teatro similar funciona entre las bandas urbanas. El problema no es pues que esta paz horizontal genere más o menos víctimas que la impuesta por el Estado con sus policías. Más bien importa que cualquier orden se construya por arriba o desde abajo.

Los defensores de un Estado más amable, calificado como “del bienestar”, tampoco han puesto las cosas fáciles a la horizontalidad. Sugieren que desde arriba debe prodigarse amor o protección y que por abajo ha de circular eso que luego se ha llamado “solidaridad”. El problema es que el término proviene del derecho romano y originalmente designa una férrea obligación (in solidum) impuesta desde arriba para hacer propia la deuda de un igual. Después, ciertas ideologías se apropiaron del término para hacer que el término significara el compromiso de los pares para con un ideal. Finalmente, en nuestros días, ya se ha convertido en la obligación generalizada de sostener cualquier decisión de cualquier Estado.

En definitiva, tanto en los escenarios donde circula el odio como aquellos en los que prevalece el amor, el Estado se ha impuesto desvirtuando la estabilidad que uno y otro deseo son capaces de generar por abajo. Así que el pánico da la impresión de ser impensable. De hecho, aunque Freud reconoció que el amor proyectado por un punto fijo exógeno pudiera crear cierto orden, no negó que la horizontalidad, sin mediaciones exteriores, también fuerza capaz de hacerlo. Sin embargo, no supo decir mucho más acerca de la lógica que haría funcionar esa situación. Básicamente, porque con la desaparición de los puntos fijos exógenos que garantizan cierto orden, sean de afecto u odio, al experto se le evaporan las referencias a partir de las cuales decir algo con sentido. Quizás la impotencia ante ese escenario que rechaza la reflexión y acción de cualquier clase de élite llevara a Freud a utilizar la palabra “pánico”, ya desde el mundo antiguo con tantas connotaciones negativas. Recuérdese que Pan, un dios semisalvaje compañero habitual de Dionisos, vivía fuera de la ciudad aterrorizando a los incautos que turbaban sus profundas siestas

No mucho más tarde de que Freud cerrara sus especulaciones sobre masas y pánicos, Canetti demostró que, aunque quienes exhiben mando y saber vean mermadas en el pánico sus facultades, los que participan en tales situaciones saben desenvolverse. No resulta nada arriesgado añadir a esto que en escenarios estables, donde la gente es convertida en masa, sucede justo al revés: si las élites lo entienden todo perfectamente y saben actuar, los participantes de abajo están absolutamente desorientados. Que el pánico esté mediado por el odio, dando lugar a violencias teatralizadas, como advertía Hobbes, o que esté activado por el amor creando sinergias horizontales más amables, es lo de menos. Lo de más es que en ningún caso hay puntos fijos exógenos decisivos.

En los últimos tiempos, ante el descrédito y crisis tanto de los Estados como de sus élites, la horizontalidad ha irrumpido con insolencia. El 15M español lo declaró con mucha contundencia: “No los votes pues no nos representan”, “lo llaman democracia y no lo es”. Aunque ningún experto sabe hacia dónde nos dirigimos, cada vez parece más claro que el camino consiste en que continuemos siendo tan impredecibles como lo fue el 15M. No hace falta esforzarse mucho. Pertenece a la naturaleza del pánico bastarse y sobrarse frente a cualquier referente exógeno, haciendo que cada sujeto, al menos de vez en cuando, incluso en contra de su voluntad, se sorprenda por lo que piensa y hace.

14/11/2016

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