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De entre los muertos

Bergua

Por José Angel Bergua

Si algo caracteriza a la Modernidad es su obsesión por poner la muerte lo más lejos posible de la vida. Sin embargo, este intento de blanquear la existencia nunca ha funcionado del todo bien. Lo demuestra una película de Almodóvar, Volver. Algunos de sus personajes hablan de muertos que, por haber dejado sin resolver algo en vida, se le aparecen a los vivos para recordárselo. También se dice que una vez solucionado el problema, los muertos vuelven para siempre a su mundo. En Hollywood las visitas son menos amistosas pues las distintas clases de cadáveres cruzan la frontera para aterrorizar, secuestrar o matar a los vivos. Además, no hay manera de que, después de hecho el trabajo, quieran volver a su oscuridad.

En la zona borrosa que separa la vida de la muerte, no sólo están los “no-del-todo-muertos” que visitan a los vivos. También hay distintas clases de “no-del-todo-vivos” que, como los muertos de Volver, quisieran aclarar su condición. Y es que, en nuestro burocratizado mundo, lo que distingue a los vivos de los muertos son distintas clases de sellos, pólizas y firmas. Esto lo saben muy bien los refugiados

En los campos de concentración alemanes había un personaje con una inexistencia algo superior. Los prisioneros lo llamaban “musulmán”. Se caracterizaba por estar privado no sólo de cualquier condición jurídica sino de sus mismos atributos humanos (el habla, el juicio, etc.). Con su deambular autista el  “musulmán” muestra que está aún vivo pero que su vida ha sido privada de todo rasgo humano. Es, por lo tanto, un “no-del todo-vivo”, un “no-humano” viviente.

El trato que da Estados Unidos a los prisioneros que capturó en Afganistán y transportó a Guantánamo es muy parecido. Los tiene insensibilizados, con todos los sentidos bloqueados. Además, dicen las autoridades que como no son miembros de un ejército regular, sino simplemente “terroristas”, no se les puede dar el tratamiento que exige la Convención de Ginebra. De nuevo nos encontramos con un Estado que elimina los atributos jurídicos y humanos de los sujetos. Lo que queda después de eso, tanto en Guantánamo como en los campos de concentración y en los de refugiados es una vida sin humanidad, algo “no-del-todo-vivo”.

En 1999 un sorprendente filme, Matrix, planteaba una situación similar pero en un escenario futurista. Las máquinas se habían hecho con el poder pero necesitaban a los humanos, más exactamente su vida, como fuente de energía. Encerrados en cápsulas producían ininterrumpidamente la energía que requerían sus amos. Al mismo tiempo, el cerebro de estos “musulmanes” era llenado de imágenes entre las cuales se creía vivir. Ese escenario no es tan futurista. En la sociedad de consumo o del espectáculo sucede, según los situacionistas, prácticamente lo mismo. Recodemos a Guy Debord: “el espectáculo, en general, como inversión concreta de la vida, es el movimiento autónomo de lo no vivo”. Es lo que pasa con la publicidad. A base de palabras e imágenes crea mundos que parecen más vivos que los reales. Además, la publicidad seducirá al consumidor con la idea de que al adquirir tal o cual mercancía obtendrá el derecho a penetrar en esos mundos. Así que no es el consumidor quien consume el producto sino, al revés (más que al revés), es la imagen del producto la que consume y asimila al consumidor.

Los “sin papeles”, “musulmanes”, prisioneros de Guantánamo, esclavos de Matrix y habitantes de la sociedad del espectáculo, tienen en común el hecho de que sus vidas, en distintos grados y de diferente manera, han sido deshumanizadas. Para llegar a este extremo ha sido necesario que la muerte fuera ocultada a la vida y que se perdiera el contraste entre una y otra. Sólo así los “no-del-todo-vivos” han podido pasar por vivos. Los relatos sobre muertos que aterrorizan a los vivos han cumplido su papel en este orden. Gracias a que contribuyen a exagerar el temor a la muerte, se ha podido administrar mejor esa “vida” que se da por auténtica.

En Volver se dice que los muertos de de la meseta castellana sólo quieren morirse del todo. También se da a entender que se llevan bien con los vivos. Esta mejor relación que tienen en la ficción quizás tenga que ver con la existencia, en la realidad, de una separación menos violenta entre la vida y la muerte. Por eso mismo, el mundo rural castellano en el que se inspira Almodóvar quizás sepa distinguir más claramente ambos sabores y sea más difícil darle el cambiazo.

24 de junio de 2016

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