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El carnaval de la atomización de Europa

Jorge Martínez

Por Jorge Martínez-Lucena

Dicen los asesores de pareja que los problemas en la relación suelen hacer evidente la solidez o liquidez de los fundamentos del vínculo. Por eso se puede salir de las pruebas del destino o gratamente reforzado o definitivamente dividido. Es lo del cuento de Los tres cerditos: si la casa está hecha de paja o de madera no resistirá la potencia pulmonar del lobo.

Europa lleva unos años sometida a las maquinaciones de la que ha demostrado ser su peor antagonista: la crisis económica y el consiguiente empobrecimiento de una clase media que hasta el momento vivía mecida en su bienestar y olvidada de la exclusión, el combustible del sistema.

Si alguien ha vivido durante un tiempo en las zonas de Inglaterra que han votado decididamente a favor del LEAVE (todas excepto Londres, Escocia, Irlanda del Norte y Gibraltar), sabe que allí la brecha social entre una reducida clase media alta y una dilatada clase media baja es notablemente superior a la de España. Aunque no se trata de un problema estrictamente económico, sino también social, educativo y cultural. La masa de trabajadores precarios acumula otras heridas además de la pobreza. También tienen menos educación, viven cada vez más en familias desestructuradas y sobrellevan la jornada delante de la televisión con una lata de cerveza en la mano. Por eso John Carlin ha dicho, tras el BREXIT, que Inglaterra es un país de hooligans.

Cuando se desplomó Lehman Brothers y el tsunami financiero rompió contra la city londinense, la situación social británica se degradó todavía más y empezó a prender en la gente el discurso populista y nacionalista del UKIP a través de políticos mediáticos como Nigel Farage que, pese a mentir en los datos, como él mismo acaba de reconocer, sabe prometer el pan a través del circo. Solo ha tenido que aventar en el alma de la prole el cuento sartreano de que el infierno está en los otros, y aliñarlo con ciertas evocaciones patrióticas y nostálgicas del Imperio Británico. El resultado se resume en una frase muy british: “el continente está aislado”.

Es verdad que los británicos siempre han tenido un pie medio fuera de la UE y que si existe un país proclive a manifestar su diferencia respecto a cualquier unidad que no sea la suya propia, son ellos. Pero también es verdad que, vista la situación, esta ruptura podría convertirse en una grieta que crezca en otros países. En este sentido, la UE no habría resistido el envite del Miura económico y los británicos no serían más que la avanzadilla de una expedición que va hacia la división de Europa -que tanto temían Monet, Schumann, de Gasperi y Adenauer-, mostrando sus delicados mimbres, estrictamente económicos, a pesar de lo que se soñó en un principio.

El olvido neoliberal de los menos favorecidos en el continente que inventó los derechos humanos habría hecho resurgir los populismos de izquierdas y de derechas contra el statu quo. Las urnas y la democracia televisiva protestan con el BREXIT contra la ausencia de pilotaje político hacia el bien común, contra el ninguneo de muchos, contra la falta de solidaridad fruto de una cultura y unos criterios de juicio que parecen estrictamente basados en el “enséñame la pasta” de Jerry Maguire y en la adicción a los realities.

Reino Unido, siguiendo esta línea interpretativa, sería el paciente cero de una enfermedad llamada individualismo recalcitrante que llevamos incubando hace demasiado tiempo y que ha empezado a manifestarse políticamente en toda su virulencia. Así, la misma insolidaridad que tiene Europa y sus troikas con los refugiados, con los desahuciados, con los excluidos en general, aparece ahora transmutada en su propio seno, entre los estados de la UE, que parecen no tener otro relato de unidad entre ellos que la conveniencia económica.

Ya no funciona el “contigo a pan y cebolla”. Irlanda del Norte y Escocia acaban de solicitar referéndum para abandonar el barco. Las bolsas se han hundido. Se anuncia peligro de vuelta a la recesión. Los populismos en Dinamarca, Holanda y Austria se frotan las manos. Habrá que ir viendo, pero muy probablemente el carnaval de la atomización de Europa solo acaba de empezar.

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