Red Iberoamericana de Investigación en Imaginarios y Representaciones (RIIR)

Todos enfermos

javiergallego

Por Javier Gallego

La antigua noción de pecado es un poderoso referente en relación a la enfermedad. Ambos conceptos se han ido superponiendo en las culturas tradicionales: una era el síntoma de un pecado y, a su vez, su castigo. Los pecados de los padres podían transmitirse en herencia sobre la enfermedad de los hijos. Más tarde, la generalización del concepto de patología médica supuso un cambio radical en el imaginario de ciertas dolencias, en especial, las enfermedades mentales. Ya no eran símbolos de falta moral, sino realidades físicas sobre las que no cabía el sentimiento de culpa. Un alcohólico prefiere ser considerado un paciente porque se libera de la culpa –y parte de la responsabilidad– de su estado. No es un depravado, no es vicio, es un enfermo. Ha pasado de la acción a la posición pasiva.

Parece que vuelve a resonar el imaginario del pecado tras la catalogación y etiquetaje de enfermedad. En otras ocasiones me he referido a la obesidad como una patología en la que el paciente es básicamente culpable o ignorante. O no sabe llevar una vida sana y comer con sensatez, o bien es incapaz de tener la voluntad de mantener a raya los alimentos malsanos. Otras muchas más patologías se asemejan en su funcionamiento al imaginario de la obesidad: las adicciones en general, así como las derivadas de la edad y el envejecimiento.

La sensación de que algo no va bien en el cuerpo se convierte en enfermedad, nos advertía el sabueso de Foucault, cuando adquiere una etiqueta oficial que te catalogue. Ya no se hace, se es. Nombrar es controlar. Ahora bien, podemos comprobar que hay dos maneras de conseguir el etiquetaje. En primer lugar, llegar a ser enfermo implica una trayectoria que acabe en el sistema de salud, es decir, somos catalogados cuando se nos diagnostica por un miembro autorizado de la tribu. Este es un caballo de batalla foucaultiano por antonomasia, el cuestionamiento de la medicina oficial como instrumento de poder. Las enfermedades mentales tuvieron su lucha gracias a Laing y los antipsiquiatras, Goffman y demás movimientos en contra de las instituciones de reclusión, Alguien voló sobre el nido del cuco… Pero no sólo en situaciones tan discutibles como las mentales, no hay más que comprobar cómo, los peritos de las compañías de seguros, sancionan o no como enfermedad, como tratamiento y su traducción en indemnizaciones. El etiquetaje se transforma en capital. Otros colectivos muestran su lucha por el reconocimiento de enfermedades llamadas “raras” o de patologías como la fibromialgia o el trastorno de déficit de atención. Desde diferentes frentes se insiste en su “realidad” o se apartan por su carácter de psicosomático.

Para rematar el círculo, el concepto de medicina preventiva nos convierte a todos en sospechosos de caer en las garras del cáncer, la hipertensión, o la adicción a las drogas. Si no estamos realmente enfermos en la actualidad, estamos realmente enfermos en potencia.

Pero hay una segunda trayectoria alternativa: llegar a ser enfermo como contagio emocional, considerarse enfermo sin haber llegado al sistema de salud, sin el etiquetaje oficial. Se trata de un estigma más líquido, pero tremendamente efectivo: dietas, tensión, circulación, dolor de cabeza, depresión, menstruación, menopausia, hiperactividad… Normalmente estos pacientes consiguen algún tipo de tratamiento, bien de los llamados naturales, bien de los dispensados sin receta o incluso convenciendo a los médicos de familia para que los cataloguen. Llegan a la consulta ya con el diagnóstico preparado de antemano. Internet juega un papel de actante de primera fila en este juego perverso. Otros son los programas de televisión donde conviven tertulias y secciones con expertos en los más diversos asuntos; artículos en revistas no especializadas que mezclan consejos culinarios con advertencias de salud sobre ciertos productos y avanzan técnicas psicológicas contra las personas tóxicas o recomiendan alimentos anti-cáncer… Tratan a la población como previsibles enfermos y actúan como sanitarios en primera instancia, reconocen síntomas, diagnostican y recetan.

Luego llegarán las bromas sobre las medicinas alternativas, la homeopatía o la acupuntura, todo ello disfrazado de un lenguaje científico para otorgar autoridad prestada que no se diferencia en su funcionamiento de la de un sacerdote que escucha los pecados y administra penitencia y perdón. Ante el examen incesante de nuestros cuerpos y nuestras neuronas, todos acabamos en la esfera de lo patológico, de lo falto o del exceso. Marcados de manera indeleble por el pecado original de ser humanos, todos somos enfermos por definición. Pero, esta vez, sin la promesa de la vida eterna.

07/11/2016

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