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The Fats Are The New Blacks

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Por Javier Gallego

No es la primera vez que reflexiono sobre la obsesión que la sociedad actual tiene con el sobrepeso. Acabo de escuchar en una serie una promesa entre dos amigos de casarse si en veinte años no encuentran pareja. Sólo ponen como condición que ninguno de los dos engorde. Lo que es más preocupante, en las redes sociales circula la noticia de que, en el Reino Unido, la sanidad pública no se va a hacer cargo de las operaciones a fumadores y obesos.

Los gordos estamos llamados a ser los nuevos marginados. Y, en parte, un nuevo chivo expiatorio. Los que tenemos sobrepeso somos culpables de desidia, de poca voluntad y nos tenemos merecido las enfermedades coronarias y demás que nos puedan afectar. El resto de la población no tiene por qué sufragar estos gastos de la Seguridad Social. Me gustaría saber en cuánto se cifraría el ahorro que adelgazar supondría a los presupuestos

Esto pudiera convertirse en una pendiente resbaladiza. No se sufragan los gastos de los rescates en alta montaña, ni los ahogamientos en el mar, ni las conductas de riesgo para la salud sexual, y de ahí, ¿quién nos dice que no se propondría evitar los gastos de los deportistas, o de los conductores que sufren accidentes? Nadie les manda practicar deporte, que acarrea el riesgo de lesiones, no se obliga a tomar el automóvil, una de las principales causas de muerte.

Los obesos, como chivos expiatorios, deben ser despojados de humanidad, son el Otro, al que no comprendemos, que actúa de manera absurda y peligrosa. ¿Quién puede entender que engorden y engorden y no hagan nada por evitarlo? ¿No saben comer sano y equilibrado? En cierto modo tenemos un problema de clasismo.

La cuestión de comer sano no es sólo una cuestión de conocimiento, es, sobre todo una cuestión de capacidad adquisitiva. Si pudiéramos estar atentos a todas las recomendaciones que se nos hacen en materia dietética, además de saturados de información, a menudo, incoherente y contradictoria, deberíamos reservar una cantidad de renta considerable a los productos sanos. Por ejemplo, la pastelería industrial, más asequible, está fabricada con grasas saturadas, o con productos químicos que adulteran las cualidades y que, a la larga, favorecen la diabetes o son cancerígenas. Los productos ecológicos podrán tener mejor sabor o mantener sus propiedades a salvo de pesticidas y hormonas, pero lo que es seguro es que tienen un mayor precio.

La buena calidad en los productos no siempre ha tenido que ver con el lujo. Uno podía comer sano patatas, arroz o carne aunque tuviera menos glamour que el caviar o el champagne Moet Chandon. Los sabores serían menos sofisticados, pero no perjudicaban a la salud. Al contrario, la tradicional gota afectaba más a los individuos que podían permitirse comer carne hasta hartarse.

No se trata tanto de falta de criterio a la hora de hacer la cesta de la compra, sino que se trata de una estrategia comercial generalizada. En lugar de fabricar barato y en grandes cantidades, el target es ahora el consumidor acomodado que puede pagar la calidad y distinción de productos ecológicos, que puede permitirse unas vacaciones en un entorno saludable, unos tratamientos inasequibles al bolsillo normal, un gimnasio de élite que ofrezca la solución adecuada al equilibrio energético del sujeto… Completar la lista de la compra sin salirse de un presupuesto supone, en lo que respecta a la comida, un riesgo para la salud. En especial los productos potencialmente cancerígenos y, sobre todo, los que ayudan a la obesidad. Azúcares, grasas, hidratos de carbono son los elementos que pueden provocar el sobrepeso y son, además, los que se asocian con el sabor. Azúcar y sal son enemigos a liquidar, grasas y embutidos deben desaparecer de los pucheros. Pero, como se suele decir en estos casos, cuando no añades chorizo o grasa, esas lentejas no son lentejas.

La obesidad es también un signo de distinción al igual que la eterna juventud. Profesionales de prestigio no se pueden permitir el lujo de engordar y deben mantenerse en estricto control de grasas. El ideal ascético asociado al capitalismo se ceba en mantener la línea. Esbeltos, sin apetitos, sólo centrados en los beneficios. Está permitido el gasto suntuario en un restaurante, siempre que sea abochornantemente prohibitivo y apenas haya comida en el plato de diseño. De esta forma podemos conjugar sin riesgo para la salud, el gasto obsceno que sólo unos pocos pueden permitirse con la delgadez signo del autocontrol.

La fuerza de voluntad, el buen criterio para invertir en la propia imagen y en la propia salud son símbolos de status, cada vez más fuera del alcance de la mayoría de la población, presa de productos envasados y de saldos de cadenas de supermercados. No es necesario atender a la calidad del bolso o los zapatos, sólo con el contorno abdominal se marca la clase.

16 de septiembre de 2016

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