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Progresistas contra el progreso

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Por Javier Gallego

Hagamos un poco de simplificación excesiva e identifiquemos la postura progresista con la izquierda. “Esto hay que hacerlo por el avance de la ciencia, no se puede parar el progreso”. En la actualidad esta frase sería difícil escucharla en la voz de una persona progresista. ¿Qué le ha pasado a la ciencia o a la progresía que no se entienden? La imagen pública de la izquierda parece anticientífica, y, lo que es peor, partidaria de cualquier otra doctrina esotérica. Y no deja de ser curioso que los movimientos progresistas, desde la Ilustración, utilizasen la Razón y la Ciencia para luchar contra el monopolio de la fe por la Iglesia. La Razón fue el arma de la burguesía para socavar el Antiguo Régimen y parece que, como símbolo de clase, también ha despertado la animadversión de una parte del espectro político aunque sea realmente ridículo identificar bajo el término “izquierda” al anticapitalismo. Juan de Mairena decía que los griegos habían pasado de creer en los dioses para creer en la razón. Y parece que la Ciencia ha ocupado el lugar de Dios en la dinámica y también se oponen.

Hay muchas razones que se pueden aducir en este divorcio traumático. Por un lado están los propios ataques desde la escuela de la sospecha, Marx, Freud y, sobre todo, Nietzsche. Y a partir de ahí, Heidegger y la Dialéctica del Iluminismo, de Adorno y Horkheimer. No es casual que se vincule ese dominio de la naturaleza a través de la ciencia y la razón con el dominio del hombre por el hombre. En ese sentido, la liberación supone una lucha contra el conocimiento científico.

En una segunda oleada, los estructuralistas y los post-estructuralistas volvieron a insistir que la ciencia es una actividad humana, y, como tal, sujeta a las mismas pasiones. Para corroborarlo, se da a conocer que miles de informes científicos estaban comprados por grandes corporaciones industriales para beneficiar a sus productos y desprestigiar a la competencia. Y no acabó entonces, cada día siguen saliendo a la luz esos fraudes, amén de los desastres provocados por la tecnología que tanto juego dieron al cine de los años 50. De una manera mucho más seria, los teóricos de la sociología del conocimiento socavaron la ilusión de un comportamiento inmaculado de la ciencia y la razón.

Lo que no explica todo esto es la comodidad con la que los progresistas/izquierda abanderan conocimientos no científicos, tradiciones culturales, mitos y remedios caseros. ¿Por qué es progresista creer que la Razón es una actividad humana sujeta a cierto relativismo más que pensar que la Razón nos lleva a la felicidad, como querían los ilustrados? Esto no quiere decir que los conservadores estén libres de culpa. Desde la derecha se desconfía del cambio climático, por ejemplo, o, lo que es más sorprendente, de la evolución para defender el creacionismo –lo que ha estado fuera de las tradicionales posiciones de la derecha fuera de Estados Unidos, al menos en España–.

Demasiado a menudo los discursos científicos están insertos en una ideología neo-con muy radical. Físicos defendiendo la energía nuclear, por ejemplo, como energía limpia. La ciencia, vendida como ausente de valores, parece tender, casi por definición, hacia el conservadurismo. En cierta forma se asocia en el imaginario el realismo del que hace gala la derecha con la realpolitik y con la consideración de la ciencia como un bloque monolítico que defiende el conocimiento verdadero. Las cosas son así, querer verlas de otro modo es propio de utopías adolescentes.

La actividad científica, por más pura que intente mantenerse, siempre decidirá apuntar sus focos a problemas que se deciden más allá de los convenios meramente científicos. La dotación de los laboratorios, los fondos de investigación exigen rápidos progresos en unas áreas mientras se desentienden de otras. Lo que es peor es que han sembrado la sospecha de que son patrañas al servicio de las grandes corporaciones industriales…

Por otro lado, un señor con bata blanca ejerce la posición del sacerdote que posee el conocimiento en exclusiva desde la Ciencia. No nos debe extrañar que exista una Christian Science o una iglesia de la Cienciología. No se comportan tan distintos. El imaginario social de la ciencia está dibujado por un grupo de señores con una caricatura de asperger, con un vocabulario incomprensible, incapaces de tener emociones, fuera totalmente del ámbito de la vida cotidiana, antisociales y que imponen sus ideas como si fuera Dios mismo quien las ordena.

También puede suceder que, como decía Chesterton, cuando el hombre deja de creer en Dios, no es que no crea en nada, sino que se cree cualquier cosa.

05/10/2016.

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