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Lo que realmente celebramos en Navidad

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Por Javier Gallego

Esta es una estación peculiar: las fiestas, las celebraciones, los adornos en las calles, las luces… todo pensado para aturdir. En estos tiempos inciertos que vivimos nos absorbe una vorágine de compras, de revisión de vestuario y complementos, de quebraderos de cabeza pensando en el regalo más oportuno con el presupuesto más ajustado, de excesos en la comida y la bebida. El nuevo año, además, ofrece el momento más apropiado para reflexionar, hacer balance y situar la mente sobre los hombros.

Es tiempo también para que los moralistas denuncien insistentemente el apocalipsis de las compras que olvida, según ellos, cuál es el verdadero espíritu de estas fiestas. Los moralistas religiosos, con más ahínco aún, recalcan que estamos olvidando que es el nacimiento del niño-dios lo que deberíamos celebrar. Y, mientras, nos perdemos entre tantas obligaciones sociales y tanto consumismo. Quizás haya que abandonar la vieja certeza de que España es un país católico. La mayoría de los españoles se confiesa más en las encuestas que en los confesionarios. Las voces de los obispos o del Santo Padre apenas si tienen eco en la ciudadanía más allá de una religiosidad cercana al folklore: la misa del gallo o montar el belén, literal o figuradamente.

Sin embargo, cuando se habla de una separación entre la religión y el Estado hay tendencia, al menos en ciertos círculos conservadores, a contraponer el catolicismo tradicional español con el islam. Abandonar el primero es abdicar en el segundo. El catolicismo es la religión auténtica, la propiamente española, mientras que la otra es una creencia impropia de nuestra tierra y una cesión a los fundamentalistas. Quitar los símbolos católicos como el belén, o variar los trajes de los Reyes Magos en la cabalgata es hacerle un favor a los musulmanes fanáticos que intentan reconquistar Al-Ándalus. Y todo porque los radicales odian la Navidad.

Es curioso que no piensen en los que profesan otras religiones, como judíos o Testigos de Jehová, y más todavía en los ateos. No son conscientes de que, si las instituciones se identifican con una creencia concreta, las demás opciones pueden sentirse excluidas. Lo público debería ser lo común a todos.

Es de admirar la sociedad norteamericana que ha conseguido dotar de un espíritu y unos valores por encima de las religiones concretas. Santa es compatible con cualquier credo. Se profesa una especie de religión laica que ha sabido conjugar las religiones y el laicismo, con sus eslóganes y sus figuras, sus declaraciones de intenciones, su corte de películas para transmitir los ritos y los contenidos, con sus problemas y sus contradicciones. No porque la mayoría de norteamericanos no sean religiosos o se haya producido un desencantamiento del mundo, sino precisamente, por lo contrario, porque son profundamente creyentes y practicantes, pero no de la misma religión. Es posible tener tradiciones y costumbres que superen las creencias concretas de los individuos.

Cuando los conservadores protestan contra las moderneces que traicionan la tradición alegan que el origen de la fiesta, nolens volens, es cristiano. Aunque la población no comulgue con las obligaciones de la Santa Madre Iglesia. De todas formas, no estaría mal recordar que, en realidad, el origen de estas celebraciones no se encuentra en el nacimiento de Cristo, que, probablemente, según los testimonios de los evangelios debió de producirse en un momento del año menos frío. Ni siquiera las saturnales romanas u otros ritos paganos. Es, simplemente, el solsticio de invierno.

Es verdad que esta celebración, como todas las costumbres, puede ser actualizada. Consigamos una creencia sincrética mezclando los hilos de las distintas tradiciones y el advenimiento de la modernidad. Celebremos entonces el estar juntos, las compras, las comilonas, los amigos y la familia, celebremos que tenemos estrés de última hora con los regalos, celebremos las borracheras y los vestidos de las presentadoras que retransmiten las campanadas.

09/01/2017

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