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La verdad, ¿qué es la verdad?

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Por Javier Gallego

El desnudo es la imagen iconográfica de la Verdad, como si cualquier ropaje que pudiera ostentar fuera, en realidad, un disfraz que ocultara o resaltara impropiamente. La Verdad es única, no puede adornarse y es frágil pues no lleva defensa. La epistemología y la sociología del conocimiento han reflexionado tanto sobre tema que sería prácticamente imposible aportar algo que fuera de interés, o simplemente novedoso. El post-estructuralismo y la filosofía posmoderna supusieron una tormenta en el imaginario social de la verdad, pero no han sido los únicos responsables del cataclismo. La imagen deteriorada de la teoría de la relatividad contribuyó no poco. “Todo es relativo” se convirtió rápidamente en un mantra para discusiones en las que sobran opiniones y faltan argumentos. La propaganda política resumida por Goebbels en que una mentira mil veces repetida se convierte en una verdad terminó de cerrar la puerta a la búsqueda de la certeza. Aunque es innegable el sustrato nietzscheano sobre el antropomorfismo de la verdad y la mentira, la consecuencia es un descarado cinismo desolador para la política.

El llamado relativismo cultural ponía en duda los relatos dominantes de un colonialismo militar, económico y cultural. Puso un cordón sanitario a las certezas asumidas desde el europocentrismo. Ni las creencias ancestrales de los pueblos eran tan caprichosas, ni la ciencia era tan diferente a la religión. Pero lo que debió ser una sana precaución de sospecha acabó por legitimar cualquier creencia o ideología. Como certeramente señaló G. K. Chesterton, “Cuando se deja de creer en Dios, enseguida se cree en cualquier cosa”. Y parece que estamos en ese punto sin referencias, ni morales ni científicas para poder distinguir lo bueno de lo malo, lo cierto de lo falaz. Si queríamos reivindicar que todas las creencias tienen algún valor y no hay ninguna que sea la verdad absoluta, hemos terminado por aceptar que todas son igualmente válidas.

No debemos, sin embargo, dejar de distinguir la falsedad de la mentira. Podemos recurrir a San Agustín cuando marcaba la diferencia en la intención de engañar, la voluntas fallendi, aunque, indudablemente la propaganda política nos deje en una especie de tierra de nadie en la que no podemos estar seguros de que exista o no ese deseo de mentir.

En el imaginario social contemporáneo –no más que en los antiguos– la Historia aparece como un campo de batalla para la identidad del grupo y aun del individuo. Con la legitimidad de los llamados Estudios Culturales justificados con el relativismo cultural y con la fuerza que permite el acceso a los centros de poder, da la sensación de que se está reconstruyendo la historia de los pueblos de acuerdo a una imagen mítica a gusto de los nacionalistas. Orígenes, desarrollo, héroes dan coherencia a un relato en el que, habitualmente, se parte de una especie de edad de oro, se pasa por un cautiverio en Babilonia y se promete una redención próxima. No olvidemos que esta estructura de relato no es patrimonio de nuevos nacionalismos, es compartida por todo poder que intenta justificarse. Conflictos parecidos los tenemos en otras parcelas de controversia, desde el feminismo, los derechos de los colectivos LGTB o la ecología.

A resultas de esta lucha, la Verdad, con mayúsculas, es reivindicada desde los púlpitos contra los derechos reproductivos o la eutanasia; desde los atriles universitarios contra la sociología del conocimiento; desde las tribunas de los medios contra el nacionalismo separatista… Ahora es posible alcanzar una verdad, que no es dogma sesgado por la ideología, dicen, sino realidad sin disfraces. Las opiniones son múltiples, pero los hechos son los hechos. No hay que leer tanto a Foucault, Derrida o Barthes las cosas son como son y no hay que buscar cinco pies al gato. El sentido común es el sentido común y el relativismo cultural lo ha sacado de madre. Nos dicen que no puede haber unas matemáticas occidentales y otras exóticas, que dos y dos son cuatro, aquí y en Pekín.

Pero el caso es que, como bien demuestra el profesor Emmánuel Lizcano, existen varias matemáticas. Reducir las referencias intelectuales no aporta mayor claridad, sólo añade mayor fanatismo. Escuchar sólo a los tuyos refuerza la sensación de que las cosas son así y no hay vuelta de hoja. Pocas influencias no dan mayor libertad, sino menor, se repite como sentido común lo que es tradición de unos pocos, los tuyos.

Puede que la verdad esté desnuda, pero puede ofrecer varias caras y hay que conocerlas todas. No podemos lavarnos las manos y desentendernos. Quizás debamos desterrar la idea de que exista una multiplicidad de verdades y quizás exista sólo una única certeza, pero es más sensata la suspicacia inicial en el camino conjunto hacia la Verdad. Como recomendaba Juan de Mariena: “¿Tú verdad? No, la verdad; y ven conmigo a buscarla. La tuya guárdatela.”

12 de agosto de 2016

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