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El dulce escamoteo de la producción

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Por Javier Gallego

En estos tiempos inciertos en los que todo lo sólido se desvanece, una magia elimina de nuestra conciencia, no ya una carta o una señorita vestida de lentejuelas, sino la esencia de nuestra vida como humanos: nuestra faceta como homo faber. La producción ha desaparecido.

Si seguimos con atención los flujos económicos con perspectiva histórica comprobamos que en el llamado Primer Mundo se está transformando la sociedad industrializada que heredamos del siglo XIX en una sociedad volcada en los servicios, de todo tipo, financieros, turísticos, investigación… Gracias a los progresos en la globalización, las sedes de las grandes empresas que comercializan la mayor parte de los objetos que consumimos se pueden encontrar, efectivamente, en las enormes megalópolis de Nueva York, Londres, Tokio, Hong Kong o París y continúan creando sus imperios financieros basándose en operaciones bursátiles que suceden en ninguna parte, la vida virtual de los capitales de inversión. Las unidades de fabricación, en cambio, se sitúan en lugares alejados del llamado Tercer Mundo. A este proceso se le ha dado en llamar con el pintoresco nombre de deslocalización, esto es, “sin lugar”. Lo que tradicionalmente había sido la fascinación hacia un mundo perfecto, la utopía (literalmente sin lugar), designa en los teóricos actuales un proceso en el que parece que el espacio no tiene importancia. Mi maestro Luis Castro señalaba acertadamente que esta supuesta desaparición del espacio es totalmente ilusoria, antes al contrario, ahora es el momento en el que tiene una importancia decisiva. Para aprovechar cualquier mínima diferencia en el espacio, cualquier variación en céntimos de los salarios puede motivar la re-localización de una factoría. Golondrinas llaman a estas empresas porque emigran de un país al siguiente en pos de mejores condiciones financieras, menores impuestos o la eliminación de restricciones medioambientales.

El trabajo productivo ha desaparecido de los países desarrollados. Las horas se reparten entre las clases trabajadoras, que ya no importan como fabricantes de plusvalías. Hace unos años, en un manual de secundaria, me percaté de que había desaparecido la mano de obra de los factores de producción. Todo era capital, materia prima y tecnología. Ahora sólo importamos como consumidores. Estudios de mercado y analistas del big data tratan de delimitar un target a quien vender algo a medida, segmentando el mercado, planificando estratégicamente desde los condimentos a los colores de los envases. Producimos en cuanto consumimos.

El vocabulario prioriza términos como emprendedores que ponen el acento en la idea antes que en el trabajo. Lo que realmente origina ganancias es la información. Se ha desprestigiado totalmente el concepto de trabajo manual, no sólo por la progresiva sustitución de la mano de obra por la mecanización y robotización, también por la paulatina pérdida de ingresos proveniente del trabajo. Descenso de salarios, becas y contratos en prácticas, voluntariado como métodos para conseguir gratis mano de obra. Por no hablar de la demonización de la clase trabajadora como la describe acertadamente Owen Jones en Chavs. Para las grandes corporaciones es tan pequeño el gasto en mano de obra que se desprecia en el esquema productivo, lo realmente importante es el diseño, la idea.

Del desfasado know how, propio de una sociedad artesanal o fabril, se ha pasado a la información privilegiada, al desarrollo I+D+I, a la organización de la empresa como fuente de riqueza. Existen oficios y puestos de trabajo, pero se encuentran en el sector servicios. El capitalismo afectivo ni siquiera ofrece objetos, ofrece experiencias. La creatividad en el diseño, las Apps, los eventos de management olvidan que los tejidos hay que fabricarlos y las aplicaciones necesitan dispositivos físicos para funcionar. Vivimos en la ilusión de un software sin necesidad de hardware. Vivimos en una nube.

Los gurús pronostican la desaparición de la distinción entre trabajo y ocio. El propio acto de consumo se ha convertido en fuente de ingresos. Cada vez que compramos con tarjeta, rellenamos un cuestionario de satisfacción, incluso mientras vemos páginas en internet sin comprar nada, estamos trabajando invisiblemente. No nos pagan por ello, al contrario, tenemos que pagar nuestra conexión. Somos prosumidores. Seguimos produciendo siete días a la semana, 24 horas al día. Ganan a través de nuestra actividad de ocio, obviando la fabricación.

Las grandes ciudades industrializadas, como Detroit o Baltimore, del mundo desarrollado están en plena decadencia, acercándose más al paisaje de Mad Max que al de la utopía fabril de Metrópolis. No encontramos talleres o factorías, los polígonos industriales son meros almacenes de stocks provenientes de Asia. El sistema económico y su imaginario han conseguido que el homo faber no exista en Occidente. No hay que extrañarse de que se abogue por la desaparición de las tareas escolares.

08/12/2016

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