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Échame a mí la culpa de lo que pase

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Por Javier Gallego

La cuestión de la culpa tiene unas hondas raíces teológicas. Y es un gran problema que se plantea a los creyentes porque, si dios ha hecho libres a los hombres, también los ha fabricado con una notable propensión a la desobediencia y al pecado. La meritocracia que, en el imaginario liberal, justifica la desigualdad es, en gran parte, heredera del concepto de culpa religiosa. Ya sea causa una de la otra o se trate de afinidades electivas, el caso es que el cielo del éxito social se basa en cualidades personales como el talento o el esfuerzo, mientras que el infierno de la miseria se debe a la indolencia o la falta de criterio de los que no pueden salir de la pobreza. La culpa de los “perdedores” reside en ellos mismos. Se lo merecen. Esta forma de pensar, evidentemente, tranquiliza las conciencias de los que estamos fuera del riesgo de exclusión. No somos responsables si hay holgazanes en los estudios, dejados a la hora de buscar empleo o inútiles que no saben mantenerlos.

Por eso se hace una distinción muy curiosa entre los refugiados por guerra y los emigrantes económicos. Los primeros son víctimas de una situación sobrevenida. Ellos son iguales que nosotros, no han perdido sus posesiones y su trabajo por falta de esfuerzo. Es la guerra. En el razonamiento aparece muy marcada la identificación de estatus: son clase media, como nosotros. Aunque luego no tarden en aparecer los argumentos demagógicos y xenófobos, como los que identifican a los refugiados con terroristas.

La responsabilidad de las situaciones de guerra o las propias del Tercer Mundo son muy diversas. Y por diversas se nos antojan muy divididas, muy lejanas de nuestro quehacer particular. Y es que no ponemos culparnos personalmente de que haya una guerra en Siria, ni del hambre en Eritrea, ni de los tifones en el Caribe ni los tsunamis en Sri Lanka. Quizás podríamos ayudar con una ONG, o mandar alimentos como símbolo de solidaridad, pero nadie puede hacernos responsables del mal en el mundo.

El imaginario liberal no quiere plantear las cosas de manera global, su campo de juego sólo pretende utilizar individuos, ni siquiera grupos o corporaciones. Son decisiones individuales con repercusiones individuales, el resto, sólo literatura. Para el liberal ellos no tienen la culpa. No tienen que hacer nada, ni ayudar, ni implementar políticas ni esfuerzos… porque no tienen que asumir ninguna responsabilidad. Es cuestión de mala suerte, de desigualdad natural. Y, ante lo que la naturaleza hace, no se puede reclamar a los hombres.

Descartando, momentáneamente, que sobre la desigualdad económica no haya responsabilidad real de los demás, cabe otro tipo de razonamiento ante el problema. Es aquel que plantea que los niños que nacen en la pobreza no tienen culpa, que los habitantes de un país en guerra no tienen culpa, que los alumnos con necesidades educativas especiales no tienen la culpa. Es por lo tanto, responsabilidad de todos los demás igualarles las condiciones de partida, para que sufran lo menos posible lo que la naturaleza, el azar, o el colonialismo ha desbaratado.

Si hay quienes consideran que la igualdad simplemente ante la ley es justicia porque ni perjudica ni beneficia a nadie, que consideran que las cuotas son contrarias a la igualdad porque dan “privilegios” a los que están en desventaja por motivos ajenos; también hay quienes pensamos que hay que esforzarse en solventar las desigualdades, vengan de donde vengan. Hay que dar quizás un trato diferente a quienes la naturaleza, el azar o unos padres negligentes ha dejado desatendidos. Para que puedan vivir en igualdad en este mundo. Nos sentimos responsables de que haya miseria, desigualdad, sufrimiento y por eso, al menos, debemos rebelarnos ante la desfachatez de quienes pueden hacer mucho y se escudan en que ellos no tienen la culpa.

La responsabilidad colectiva se asemeja un poco a la inmunidad a través de las vacunas. La vacunación es un acto individual pero que, si se lleva a cabo en todo el mundo, puede erradicar enfermedades definitivamente. La inmunidad global se basa en gastar dinero en enfermedades que quizás nunca lleguemos a contraer, en que todos nos sometamos a sus posibles efectos adversos con el fin de que, en un par de generaciones, la cepa se haya extinguido y no tengamos que vacunarnos ni sufrir infección por el virus. Así, es posible, pensar la desigualdad como una enfermedad vírica que en la que, aunque no tengamos la culpa de que suceda, cada uno tiene una responsabilidad en su erradicación.

11 de julio de 2016

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