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Todas las guerras son santas o democráticas

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Por Javier Diz Casal

Acostumbrado a las guerras, pretendan ser blancas o negras. Ya no me conmueven cuando las veo en el televisor, en los diarios o en las páginas de internet. Mis sentimientos no van más allá de la conmiseración por esas pobres personas cuando los medios arañan esa realidad para construir las suyas propias. La realidad bélica guionizada por los mass media se vuelve aberrante y por medio de la pantalla somos conscientes de la indefensión que caracteriza nuestra capacidad para actuar contra tales conflictos. Todas esas personas desplazadas que lo han perdido todo así: ¡Chas! Con la misma lógica que un chasquido de dedos hace desaparecer la luz. Los sirianos y sirianas se han visto arrastradas por un conflicto global que viene ya del colonialismo. Atrás quedan Afganistán, Irak, Argelia, Birmania, Chad, Etiopía, Filipinas, Palestina, Nigeria, Somalia, Sudan… Todavía quedan muchas por llegar, otras que ya están apenas se conocen o no tienen repercusión mediática lo que significa que prácticamente no existen.

Acostumbrado a esas caras de terror, los rostros ensangrentados, de enjuta ancianidad o infantiles, partidos por la incapacidad para aprehender un porqué. He comenzado a ver a todas esas personas líderes: líderes europeos, líderes mundiales, los líderes de los bancos, de los gobiernos… como a fantasmas. Son los fantasmas del poder establecido decidiendo en despachos el sino quijotesco de una humanidad polarizada, engañada por la pantomima de la lucha de civilizaciones.

Siguiendo a Carretero en su última Columna de opinión[i], las guerras han de ser, por la fuerza, uno de los pilares de ese sostén simbólico: Las guerras, antaño en nombre de Dios, hoy se libran por la Democracia. Lucha de intereses, lucha de poder, lucha de ideales puede ser pero no una lucha que nos arrastre a todos, no algo cuya enseña bélica se forme por medio de nuestra identidad y de la idiosincrasia humana más radical. Estoy agotado, a veces cuando pienso demasiado en estas cosas no consigo conciliar el sueño, imagino que es por eso que se piensa más en fútbol, fiesta y tradiciones. Cuesta comprender cómo es posible seguir adelante cuando se entiende toda la brutalidad, maldad y sadismo como entretejidas con las raíces de la condición humana deformada, eso sí, por toda la deriva estertórea del mundo global actual que quizá ha sido siempre así.

La vida del mundo actual responde a lo imaginario como cualquiera de las culturas del pasado.[ii]Si algo sostiene a las guerras eso es la potencia imaginaria de su proyección. No ha habido país, reino o imperio que no haya delegado las responsabilidades de sus actos bélicos en sus númenes. Los Dioses siempre están del lado de los beligerantes, las guerras antes Santas ahora son blancas, la capacidad eufemística del discurso humano es vasta. La divinidad ya no abandera todas las guerras pero su fundamento sigue siendo el mismo, su numinosidad se hecha por encima pieles de cordero de democracia en un intento por creerse bajo la sombra del dragón de la racionalidad. Del “Deus”; de la deidad del poder; se ha pasado al “dḗmos- krátos”; al poder desde el pueblo pero con un mismo andamiaje simbólico.

1 Carretero, E. (2016). El fundamento imaginario de la Democracia. En Columnas de Opinión RIIR, 06-12-2016.

2 Castoriadis, C. (1983). La institución imaginaria de la sociedad: Marxismo y teoría revolucionaria. Barcelona: Tusquets Editores.

30/12/2016

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