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Terrorismo como aditamento a la alienación de masas

DIZ

Por Javier Diz Casal

En la actualidad asistimos a un proceso de anticlímax en la comprensión de las libertades y derechos individuales y colectivos. Sin más aquiescencia que la que mana de reaccionarios planteamientos, innovadores pero de esencia retrógrada. Parece ser que algunas cuestiones, algunos sucesos indeseables no son más que pábulo para el poder establecido. El poder establecido nos abraza y subrepticiamente pretende convencer de las bondades de sus formas y hacernos entender que todo es por nuestro bien. Nada más lejos de la realidad, el poder establecido tiende a perpetuarse y salvaguardarse. Los objetivos apuntan hacia los vaticinios de los oráculos distópicos como los que reflejan novelas como “A brave new world”, “1984”, “Fahrenheit 451”, “Rebelión en la granja” o “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” entre muchas otras y es que Huxley, Bradbury, Orwell o Philip K. Dick auguraban un futuro, que ya es presente, en el que el control, en base a la seguridad y el bienestar de las personas, se convierte en lo más importante en detrimento de las libertades y derechos. En nuestras sociedades desacralizadas se está dando paso, estentóreamente, a nuevas deidades venidas ex machina como medio escatológico (Entendido en sus dos vertientes significantes) para fungir como el numen deshabitado y olvidado.

El terrorismo es definido, habitualmente, como una “forma violenta de lucha política mediante la cual se persigue la destrucción del orden establecido o la creación de un clima de temor e inseguridad.” Desde esta concepción se aprecia un posicionamiento pro poder establecido ya que apunta hacia una sola dirección. Es decir, el terror que el poder establecido causa no implica terrorismo. Este tipo de ideaciones en relación al terrorismo se erigen como el “‘Doublespeak’” orwelliano por antonomasia. Sátrapas, interesados, tiranos, déspotas marrulleros y doxóforos expertos orientan la acción y luchan fieramente contra los heresiarcas que osan oponerse al poder establecido, a una encorsetada y única comprensión de la realidad y como no, a los intereses que giran en torno a grandes misterios que las personas comunes desconocemos. Secretos de estado, grandes operaciones bursátiles, intereses geopolíticos, seguridad nacional, defensa del legado cultural y religioso…

La ola del terrorismo ya llegó, los profanados hijos de Ares se sienten obligados. Phobos y Deimos pertenecen ya a un plan superior. Maquiavelo ha auspiciado el “Terrorismo de estado” como medio de perpetuación del poder establecido. Es habitual hablar de terrorismo para referirse a todas aquellas personas o grupos de personas que causan terror con sus acciones, pero ¿y el terrorismo de estado?

El terrorismo de estado es subrepticio ya que ha sido desde donde se ha acuñado el término de terrorismo, nazis, dictadores, déspotas… han utilizado este término para referirse a todas las personas opositoras. Lo que nos sugiere que el término de terrorismo se ha venido utilizando única y exclusivamente para desacreditar a los enemigos, contrarios y opositores, es decir, una suerte de método propagandístico que es en sí una desgracia pero un potente remedio heterónomo contra las formaciones, realidades, movimientos y posicionamientos antitéticos al poder establecido.

Los mass media, que más que hablar o comunicar cosas sobre diferentes elementos, esferas o sucesos, construyen realidades que poco o nada tienen que ver con los códigos de donde manan, han supuesto la propagación de este doble lenguaje al común denominador de las personas. Todo este movimiento y la evolución en la utilización del término terrorismo ha gestado la conocida “Guerra contra el terror”. Pero esta guerra, teniendo en cuenta todo lo que ya hemos expresado en las líneas anteriores, es unidireccional y va desde el poder establecido, hacia los grupos de resistencia, colectivos pro cambio o países que por sus políticas se encuentran en las antípodas del poder establecido global.

Esta imponderable realidad  nos acerca exageradamente al “Big Brother” orwelliano, a la “Thought Police” o al “Thinkpol” que se recoge en la neolengua y que se refiere a formaciones policiales y militares existentes ya, desde hace mucho tiempo, en nuestras sociedades. Telebasura, periodismo amarillista, noticias sensacionalistas y miedo y terror como programación diaria, están logrando que aquello que Orwell había apuntado ya en su novela “1984” se cumpla: Lograr una ilusoria sensación de libertad intelectual entre sus “proles”, ópere citato, desprovistos de intelecto en suaves dosis de cotidianeidad y de hastío hacia el mutatis mutandis, como trasuntos del prontuario de esta manera de hacer ser, de planificar las sociedades y acallar lo utópico.

21 de junio de 2016

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