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Marcos y lindes: De las imágenes del territorio como prolongación de lo propio a la otredad material. 3ª Parte

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Por Javier Diz Casal

Una práctica muy extendida en los territorios rurales de Galicia era la ayuda mutua. El minifundio ha implicado la necesidad de ayudarse entre los vecinos de un pueblo. Los recursos reducidos, la falta de maquinaria agrícola o la imposibilidad de utilizarla, eran elementos que hacían que unas familias colaborasen con otras, además de que, en muchos pueblos, la práctica totalidad de las familias tenían alguna vinculación familiar unas con otras.

De esta manera, no era raro que, durante la época de la recogida de la patata por ejemplo, se dejasen las diferencias a un lado, y los vecinos ayudasen a recolectar las patatas de otro vecino. Al día siguiente, todos irían a trabajar en la finca de otro para ayudarle a cosechar las patatas y así hasta que todos tuviesen su producción recogida y almacenada. En este sentido, se puede hablar de una propiedad privada minifundista pero trabajada conforme a la comunidad del pueblo. Es, cuanto menos, un sistema curioso. Un trabajo comunal[i] y voluntario de tierras privadas, no pertenecientes al colectivo del pueblo.

Existía también terreno de monte que se trabajaba de esta manera. Un terreno compartido y explotado por los vecinos. Con ello se mantenían los montes limpios, se reducía la incidencia de los incendios estivales y se preparaba el terreno para nuevos pastos para las reses. Estas prácticas, perdidas en la actualidad por la falta de ese tipo de necesidades, han dado paso a un cuidado del monte para la explotación, en muchos casos, del cultivo de ciertos árboles, privilegiando, durante mucho tiempo y aun a día de hoy, a la familia de las mirtáceas, concretamente a diferentes clases de Eucalyptus. No obstante, en ciertos lugares como Baiona, un municipio del suroeste de Pontevedra, los vecinos se han puesto de acuerdo para retomar una explotación del monte que mima a las especies autóctonas por respetar el ecosistema local. De hecho, especies invasivas como el eucaliptus impiden que del sustrato en el que crecen nazcan otras especies, eliminando toda competencia y a su vez limitando el ecosistema. Él del eucaliptus es un cultivo poco ecológico con los montes gallegos porque favorece los incendios ya que deseca más el terreno que otras especies. Además, sus despojos de corteza, ramaje y hojarasca se convierten, en los meses del verano, en un combustible perfecto.

Hemos querido realizar este recorrido por las imágenes de la propiedad del terreno en Galicia, desde lo propio hacia una concepción que no abandona la propiedad privada pero que sí que se estructura en torno al trabajo comunal, a la responsabilidad compartida y al espacio vecinal como prolongación de lo propio de cada quien. Este posicionamiento mancomunitario sobre la posesión de los montes ha venido confiriendo al territorio rural de Galicia una identidad especial.

Esta idiosincrasia del monte gallego, esta suerte de identización, no escapa tampoco a la emergencia de determinados imaginarios sociales. De hecho, el poder establecido poseyó los montes durante decenios. De todos los polvos guerracivilistas vinieron luego los lodos de los robos y apropiaciones de terrenos, la proliferación de la figura del “cacique” gallego y de terratenientes malcriados por el franquismo. Todo eso se derruyó, se vino abajo carente de legitimidad y dejó de fungir como una realidad general, solamente algunas personas nostálgicas se aferraban a los títulos y demás parafernalia de la condición humana. Esas imágenes de la posesión del monte cambiaron, en buena medida gracias a los vecinos que decidieron desvanecerlas, como si de un Dios que muere cuando la gente deja de creer en él se tratase, al grito de: “O monte é noso” algo radical suscitó la propiedad de la tierra, ésta era de los vecinos ya no de una familia o de un puñado de tahúres acomodados bajo la sombra de un gran dragón.

El fatum se deja marcar por la historia, la de Galicia ha sido represión y culturicidio, como se puede leer en un artículo del diario Público contemplar la historia reciente de Galicia es observar la “radiografía de un exterminio”:

“En los primeros meses de la Guerra Civil fueron asesinados en Galicia los cuatro gobernadores civiles, los alcaldes de cinco de las siete ciudades gallegas y los 26 de las poblaciones más importantes. … También las máximas autoridades militares gallegas que se opusieron al golpe, los civiles más activos en la defensa de la legalidad y aquellos con cierta relevancia social en determinadas comunidades como maestros, médicos, farmacéuticos y abogados. En total, 4.699 ciudadanos asesinados.”

En un principio eran  paseos[ii] muy selectivos pero estos dieron paso a las acusaciones vecinales cuyo origen era, la mayor parte de las veces, la querencia por parte del denunciante o delator de unas tierras del delatado. Pero no solamente las disputas sobre la posesión de la tierra instigaban estos asesinatos, la malquerencia, los antiguos problemas y el revanchismo, vieron un marco perfecto para proliferar. Sencillamente, la posesión de las tierras sería para los vencedores, para los vencidos quedaban largos decenios de represión, injusticias, vejaciones, vergüenza y escarnio público desde el ámbito vecinal, político y religioso. También aquí la lengua jugó un gran papel, la imposición del castellano para todos los ámbitos oficiales, la prohibición de la enseñanza del gallego y la importación de un funcionariado foráneo fue relegando a la identidad gallega al ámbito puramente privado y familiar. Ello también favoreció a las personas castellanohablantes y nacionales en detrimento de las gallegoparlantes y republicanas, anarquistas, sindicalistas, librepensadoras, comunistas, maestros, médicos, farmacéuticos, alcaldes. La identidad de Galicia es, en cierto sentido, la búsqueda de una autonomía perdida, la reparación de la memoria colectiva, el luto y el tributo de aquellos elementos que nos hicieron tomar como vergonzantes. Desde una contemplación psicogenealógica o “sociogenealógica”, el pueblo gallego tiene mucho que sanar, necesita abrir las ventanas e airear los tabúes de quienes fueron represaliados, necesitan, desde el ámbito personal y privado y el social y público una cura de su genealogía que fue herida, maltratada, secuestrada, violada y asesinada durante el oscuro franquismo.

De alguna manera, esta identidad gallega fue abaluartada y conservada gracias a muchos intelectuales gallegos que vieron en el exilo la única opción (Luis Seoane, Blanco Amor, Dieste, Castelao…). Allí salvaguardaron la identidad cultural de Galicia. Posteriormente la Editorial Galaxia, fundada en Santiago de Compostela en 1950 se convirtió en el centro vertebrador del resurgir de la lengua gallega.

La identidad de un pueblo está ligada a los imaginarios sociales de la propiedad, a cómo se entiende la posesión de lo material y de lo cultural y, desde luego, se ve impactada por la posesión de la propiedad en sí. La propiedad es identidad.

Concluimos este recorrido por la identidad y la propiedad con lo que podría ser un apotegma de gran tino:

“La ciudad cree que fuera de ella no hay más que paisaje, patatas y leche; ignoran que también existe una cultura noble, antiquísima e insobornable.”

Castelao

[i] Decimos “comunal” y no “cooperativo” porque entendemos que el trabajo se realiza, atendiendo a su calidad o esfuerzo, independientemente de la tierra trabajada. Es decir, cada labor se realizaba como si de una terea propia se tratase. Así pues, las “matanzas del cerdo” se estructuraban de una manera similar y todos los vecinos participaban de las “matanzas del cerdo” de sus vecinos.

[ii] Así se le denominaba a la práctica del asesinato por parte de las tropas y policía franquista en Galicia. Alguien te podía denunciar por “rojo”, ateo, republicano, anarquista… la policía se presentaba en tu casa, generalmente de noche y simplemente te llevaban preso ante la indefensión de tus familiares. Te llevaban a dar un paseo y de camino te fusilaban en alguna cuneta o en los montes, las playas…

03/12/2016

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