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De perfectione militaris triumphi

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Por Javier Diz Casal

Hace unos días, mi compañera me contó que yendo por el pueblo, un lugar chiquito acá en Galicia, pudo ver a dos guardias civiles caminando por la calle con dos metralletas colgadas del hombro y a la vista de todo el mundo. Llama mucho la atención porque el pueblo es un lugar no demasiado conflictivo y, en todo caso, no posee un grado de conflictividad que justifique que la guardia civil, que para más inri forma parte del ejército, se pasee por sus calles con tamañas armas a la vista de todos, también de niños y niñas o menores como los llaman ahora acá creyendo que así ya estarán protegidos. No pasa de lo anecdótico porque nos hemos acostumbrado a las armas y a las personas armadas. Hemos adquirido la idea de seguridad asociada al armamento, a lo militar, a lo policial. Esperemos no seguir el camino yanqui y comenzar a tener miedo del rey Jorge para justificar el uso de armas de forma legal. Un claro ejemplo de esto es el día de las fuerzas armadas aquí en España, imagino que, en esencia, en gran parte de países existe un día análogo a éste. La gente acude al desfile militar y todos festejan la victoria de la fuerza sobre la razón, la imaginación, la justicia, la vida, la igualdad…

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Pocas cosas habrá que se formen de tal ambivalente simbolismo como la fuerza militar. A lo largo de la historia ha tumbado y erigido esquemas socialmente instituidos de muy diversa índole. Ha favorecido la libertad y la esclavitud, la democracia y la dictadura, el nepotismo y la equidad además de otros muchos más “ismos” positivos y negativos dependiendo de qué elementos hayan fungido hasta ese momento como realidad y de cuáles lo vayan a hacer a partir de entonces. La idea que subyace a nuestra aceptación, elogio y alabanza de las fuerzas militares es la creencia de que su función es buena. Habéis leído bien, B-U-E-N-A sí, con todas sus letras. Si entendiésemos cuál es la función de la fuerza militar no justificaríamos ésta, aludiendo a que también realizan misiones humanitarias o de paz. La fuerza militar es y siempre lo ha sido, el músculo del poder establecido o del que pretende establecerse, pero siempre músculo, impacto, presión, imposición. Quizá por eso, su simbolismo sea tan ambivalente, tal vez por ese motivo gente de izquierdas y de derechas, fascistas y demócratas o monárquicos y republicanos se han engalanado con sus símbolos. Una cosa es segura, a la fuerza militar siempre le hace falta una postura civil contundente o, en su ausencia, un poder ejecutivo, legislativo y judicial superior. No siendo así, la fuerza militar corre riesgo de descontrolarse al haber perdido su función, que es la de apoyar a un poder establecido. Pero otras veces, como en el caso de Egipto, del ejército y de los hermanos musulmanes que fueron depuestos por esa fuerza militar, el ejército recela de ciertos poderes que pugnan por establecerse y rara vez permite la continuidad de aquellos que ponen en peligro la suya propia. Las fuerzas militares protegen al poder establecido y, colateralmente, protegen a la ciudadanía, pero en ese orden y bajo esas condiciones. Lo que, reflexionando, puede llevar a entender que el poder establecido, decadente, emergente y las fuerzas armadas, reposan sobre un sustrato más radical que la idea de jurisprudencia, control o seguridad que es la imaginación de la gente y lo que la gente se imagina. Es decir, la fuerza militar protege a la ciudadanía, haciéndolo colateralmente, ya que su función es la de proteger el poder establecido que, necesariamente, se encuentra entre y sobre la ciudadanía, en todo caso, la ciudadanía lo arropa y éste necesita de ella para ser. En el momento en el que la ciudadanía, por las razones que sean, deja de ver determinados elementos como tales cosas, estos dejarán de serlas. Por este motivo puede tomarse a la fuerza militar como símbolo de protección, pero es, solamente, algo ilusorio. Dentro de esa función de protección hacia el poder establecido, se encuentra implícita la del control a la ciudadanía. Si seguimos la propuesta que hemos hecho hasta ahora, se puede entender cómo el poder establecido, en determinadas circunstancias, necesita la fuerza militar y policial para conseguir un progreso legislativo deseado pero que resulta tremendamente impopular entre la ciudadanía. En esos momentos, la fuerza militar, bajo las directrices del poder establecido, puede ejercer algunos trucos de la vieja escuela y conseguir sofocar, mediante el miedo, la presión e incluso el terror, en definitiva el shock, el peligro que tiene para ese poder establecido lo que la ciudadanía se imagina, recuérdense los casos de Pinochet, Tacher o Mao tse tung, expertos en la doctrina del shock.

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Otro elemento que apoya esta idea son los grandes esfuerzos que se han hecho y se hacen por influir en esa imaginación de la ciudadanía. Mediante el desprestigio y una mentira más o menos cierta, el poder establecido manipula la opinión pública porque entiende su papel en la historia. El caso de España todavía está en carne viva ya que venimos de un proceso electoral largo, el más largo de nuestra corta historia en democracia. Muchos supieron utilizar esto en beneficio propio y se liaron la manta a la cabeza y como mesiánicos exaltados invocaron las maldades de los contrarios. El miedo cala en la gente más rápido que la felicidad y no hay otra cosa que dé más miedo en estas sociedades nuestras tan actuales y occidentalizadas que la imposibilidad de ser felices. Sea verdad o mentira, a las partes más primitivas de nuestro cerebro les da igual. Cuando se bombardea a la ciudadanía con una idea cargada de simbolismo, ésta termina por hacer mella, es entonces cuando da igual que la función de un soldado sea matar a otro, da igual que la fuerza armada persiga armas de destrucción masiva inexistentes porque así se lo indica el poder establecido, o que para sentirnos seguros otros tengan que morir. Conozco a personas que han estado en los Balcanes como militares, han matado a otras personas porque esa era su función, proteger un poder establecido, uno emergente o uno decadente, da igual, para hacerlo mataron a personas, pero ¿Quién puede negar que existiera una justificación? La había y la sigue habiendo, por eso loamos, vitoreamos y laudamos a los soldados, porque justificamos su función y existencia.

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Pawel-Kuczynski

31/01/2017

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