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¿Qué nos enseñan los refugiados?

Felipe Aliaga

Por Felipe Aliaga Sáez

Al revisar en Google la palabra “refugiados” y observar las imágenes que aparecen, sólo por adelantar una limitada descripción de lo que se puede ver allí, son mujeres, hombres, jóvenes y niños maltratados, empobrecidos, desolados, y otras muchas calificaciones que le podamos otorgar a quien ha tenido que migrar de manera forzada, es decir, alguien que obligaron a exiliarse, salir escapando del que era su hogar, ya sea por amenazas o estar en riesgo de muerte.

Sin embargo, ¿nos podemos quedar con esa visión limitada? ¿Qué imaginarios se construyen en relación con estas personas? Cuando en el mundo hay cientos de miles de refugiados, la pregunta de fondo es ¿Qué debemos aprender? Por un lado darnos cuenta de  que vivimos en un mundo demasiado injusto y cargado de sufrimiento, por otro, que los refugiados dejan un mensaje a la humanidad, más que el de sobrevivencia, nos muestra la fuerza que el amor por la vida lleva a que las personas se repongan y se impulsen a seguir adelante por algo, y ese algo es mantener la existencia, una lucha por la vida; a pesar de haber sido despojados de sus propiedades, perdido parte de la familia, denigrados y vulnerados sus derechos. Los refugiados nos muestran el valor de continuar, y para los que no hemos tenido que escapar a la fuerza, y estamos “protegidos”, nos hablan de lo frágil que es la existencia, pero a pesar de ello, lo importante de conservar las ganas de vivir y poder partir nuevamente.

Esa fragilidad, ese estado de vulnerabilidad de los refugiados, en el cual todos podemos caer en distinto grado, ya sea por una enfermedad, una tragedia familiar o una crisis económica, hace que aflore nuestra naturaleza inocente, como niños que requieren cuidado, nos recuerda que más allá de cualquier cuestión material lo que siempre queda son las ganas de estar aquí, de seguir mirando a nuestro alrededor y creer que todo puede ser mejor, que algún día el mundo será un lugar más justo, que ya no será necesario que la gente tenga que ser víctima, de conflictos, que muchas veces resultan ajenos y que afectan de manera colateral.

Los refugiados nos recuerdan que nosotros mismos no hemos sido capaces de protegernos, nos recuerdan que así como hemos maltratado a la naturaleza, la humanidad se sigue maltratando a sí misma, viviendo en tantas realidades disímiles que parece que es difícil que nos pongamos de acuerdo, para sacar adelante proyectos que protejan nuestra posibilidad de vivir bien.

¿Seguiremos teniendo refugiados?, esperemos que en un futuro próximo desaparezcan aquellos a los que nos referimos aquí, y esperemos que la respuesta sea que el imaginario del refugiado se transforme, sea el amigo, el familiar o el compañero de trabajo que busque refugio, lo cual quizás se pueda encontrar en el escuchar al otro, en el consejo sensato, en las palabras de aliento, en el apoyo mutuo, en la fraternidad permanente y en el diálogo amable.

Por lo pronto, que no se olvide un dato lamentable:

“Para fines de 2014, los conflictos habían forzado a casi 60 millones de personas a abandonar sus hogares. Este es el nivel más alto registrado desde la Segunda Guerra Mundial. Si estas personas fueran una nación, comprenderían el 24º país más grande del mundo. Cada día, 42.000 personas en promedio se ven forzadas a desplazarse y están obligadas a buscar protección debido a los conflictos; esto es casi cuatro veces más que la cantidad de 11.000 personas diarias del año 2010. La mitad de la población de refugiados bajo la responsabilidad del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados en 2014 estuvo compuesta por niños. En los países afectados por conflictos, la proporción de niños que no asiste a la escuela aumentó de 30% en 1999, a 36% en 2012. Los países frágiles y afectados por conflictos son típicamente los que tienen las tasas de pobreza más altas”.
[ONU, Informe 2015 sobre los “Objetivos de Desarrollo del Milenio” (Pp.9)]

31 de julio de 2016

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