Red Iberoamericana de Investigación en Imaginarios y Representaciones (RIIR)

Las mil Colombias

Felipe Aliaga

Por Felipe Aliaga Sáez

Siguiendo la idea de Boaventura de Sousa, la diversidad de Colombia parece infinita; nunca olvidaré cuando Manuel A. Baeza, quien fuera mi profesor en Chile, visitó por primer vez este país y me comentaba en reiteradas ocasiones sobre lo diverso que le parecía, y con sólo unas vueltas por la capital.  Mi colega Gregorio Clavijo me repetía “en Colombia hay mucha creatividad”.  Efectivamente cuando camino por Bogotá, especialmente por una calle que transito casi a diario (la 53), observo toda esta diversidad y creatividad reunidas y en efervescencia constante;  cuando miro en las calles cientos de formas de trabajo, las personas de distintas procedencias, a veces me traslada imaginariamente a otros lugares en los que he vivido y a otros que no he visitado jamás.  A veces pienso en sitios distantes que escucho nombrar y quedo lleno de preguntas, parecen  “varios países dentro de otro”, es tan amplio el territorio que mi mente no logra dimensionar tanta diversidad.

Cada día se puede descubrir algo nuevo, entre comidas, músicas, hitos históricos, lugares, arte, objetos de todo tipo, descubro los orígenes de cosas que quizá he visto en alguna revista, vitrina o en alguna casa en la que he estado, son tantas las formas de hacer que quizás habrá que asesorarse con un libro de historia o con una guía de “Lonely planet”.

La diversidad cultural es un horizonte lleno de colores, entre el arte de Botero, el vallenato de Diomedes Díaz, o la salsa de Joe Arroyo, no dejan de aparecer sorpresas hermosas en todo el transitar por la tierra de las esmeraldas y la sorprendente joyería en oro de los indígenas.  Personas que me muestran, muchas veces sin preguntar, detalles de la vida cultural de distintos sitios del país que lo único que logran es abrir mi apetito y la intriga de querer observar aquellos secretos que guarda esta tierra que parece sin fronteras.

Una mañana cualquiera, se siente el aroma del pan de bono, de las almojábanas recién horneadas, personas desayunando un chocolate, hablando tranquilamente en una pequeña cafetería y disfrutando de un “tintico” o comiendo una arepa en un puesto de comida ambulante, se despierta un deseo de hacer lo mismo, por el sencillo hecho de que así se está muy bien. Abordar los encantos culinarios de este país supondría una columna en especial.

Son sólo algunas cosas que empiezan a armar un rompecabezas de un país amable y con mucho para explorar, aprender y disfrutar.

Sin embargo, también están las malas historias,  sin duda un país con una geopolítica que se ha construido en históricas disputas de poder, entre aquellos que han usado la desigual herencia colonial, otros que han acumulado dinero de mala manera y aquellos que tomando las armas pasaron a someter a amplios sectores del país.  Con lugares olvidados, en donde  ocurren las peores desgracias humanas.

Hay una historia de esclavitud, de exterminio indígena, de mala distribución de la riqueza,  corrupción y abuso de poder que forma parte del pasado-presente de la cara sucia del país, aquellos lastres que deben ser soltados pero que se resisten en las mentalidades y en las acciones de muchas personas, ya que como diría Anibal Quijano, son los efectos de la colonialidad en cuanto relaciones intersubjetivas de dominación y de control de la cultura y el conocimiento. Es un país que así como en muchos lugares de América Latina, se quiere cambiar pero no se sabe bien cómo.

Entender en detalle el conflicto armado, así como los acuerdos de paz es un gran logro para cualquier espectador, tanto lenguaje, tanta lucha, tanta injusticia, tanto sufrimiento, tanta ignorancia… Hay demasiado por aprender y por hacer.  Todos los países son de contrastes, pero acá uno puede quedar envuelto en una nube de incertidumbre o ser alumbrado por el conocimiento más vivo.

Desde afuera, quienes no ha pisado nunca este país pueden construir imaginarios basados en discursos perniciosos, o con la información basura de los medios; o pueden más bien visitar, hablar con la gente, comer, bailar, aprender y soñar.  Mejor no quedarse con la información de los noticieros que mantienen a las personas replegadas en una sociedad del miedo, o con algunas películas y telenovelas que explotan lo más podrido del entramado social.

Todos los países cuentan con muchas fachadas, en términos de Goffman, que es necesario traspasar pisando el terreno, pero como dicen acá “sin dar papaya”, es decir tomando las precauciones que todo visitante debe tener, para de esta forma descubrir a gusto las mil Colombias.

07 de junio de 2016

A %d blogueros les gusta esto: