Red Iberoamericana de Investigación en Imaginarios y Representaciones (RIIR)

Vidas paralelas

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Por Fátima Gutiérrez

El Kerameikos era la colina en la que vivía y trabajaba el gremio de los alfareros, en la antigua Atenas; a sus pies, se arrojaban las cerámicas defectuosas y la forma, generalmente cóncava, de sus pedazos se parecía al caparazón de un crustáceo, por lo que a cada uno de ellos se le llamó óstrakon, que significa “cáscara de huevo” o “caparazón” en general. En el corazón del invierno ateniense, pasado ya el tiempo de las cosechas, los ciudadanos, después de reunirse en asamblea, votaban sobre la necesidad de un “ostrakismós”, un destierro por ostracismo. Si el número de votos contado por los arcontes era suficiente (debían llegar a 6.000), se dirigían al Kerameikos y escribían en un óstrakon el nombre del político que deseaban, por el bien de su polis, que se mantuviera alejado de ella durante diez años. El que obtenía un mayor número de votos debía abandonar Atenas en un plazo máximo de 10 días. El ostracismo había nacido como un singular modo de luchar contra la tiranía.

Pero el ciudadano ateniense también era un ser humano y, como tal, estaba sujeto a la envidia, a eso que José Ingenieros llamó “la pasión de los mediocres”; por lo tanto, no siempre fue el amor a la polis, el desear su buen funcionamiento o un anhelo de justicia lo que se grabó en el cachito de cerámica rota del ateniense con derecho a voto (no más de un 10 %), sino ese “suave consuelo de la envidia” del que nos habló Plutarco a través de la vida del ejemplar Arístides: cuando un ciudadano analfabeto, sin saber quién era, le pidió al estadista que escribiera su propio nombre en el óstrakon, éste le preguntó si el político le había agraviado en algo, a lo que el hombre respondió que no, que ni siquiera le conocía, pero que le molestaba que todo el mundo le llamara Arístides el Justo. Entonces, en silencio y sin desvelar su identidad, Arístides escribió su propio nombre en el óstrakon antes de devolvérselo al campesino. Fue desterrado y seguro que el miserable analfabeto sintió eso que la lengua alemana define con una sola y rotunda palabra: Schadenfreude, alegría por el mal ajeno.  Sin embargo, la auténtica razón de esta incruenta pero humillante sanción (el desterrado sólo debía vivir fuera de la polis pero, en ningún momento, perdía sus demás derechos) parece, siempre según Plutarco, que se debió, en este caso, al disgusto por el bien ajeno de Temístocles que, rabioso por la popularidad del Justo, hizo correr el infundio de que deseaba hacerse con el poder absoluto y “llamó miedo a la tiranía a lo que era envidia de su gloria”. Tres años después, ante la aterradora amenaza de Jerjes, a él y a otros exiliados forzosos, se les levantó el castigo. Y es que parece, aunque siempre haya quien se empeñe en lo contrario, que la unión hace la fuerza; pero no nos damos cuenta más que cuando tenemos que hacer frente a una gran amenaza exterior. Desgraciadamente, el curso de la Historia señala que sólo los muy sabios son capaces de aprender de sus pasados errores y todos los demás, que en esto sí que tenemos la mayoría absoluta, tropezamos y volvemos a tropezar en las mismas piedras, caemos y volvemos a caer en las mismas trampas.

También nos cuenta Plutarco (nada partidario de esta práctica), en la vida de Arístides el Justo, que el último de los castigados por el ostracismo fue Hipérbolo, un demagogo a quien, como a todo demagogo, se le iba la fuerza por la boca, lo que contribuyó, en buena medida, a que Atenas perdiera la guerra contra Esparta. En su momento, Alcíbiades (un personaje nada recomendable que lo mismo servía a su Atenas natal que a Esparta, su mortal enemiga, dependiendo de sus propios intereses) y Nicias (responsable, por su carácter gris, dubitativo y supersticioso, y por su desastrosa estrategia, de la derrota final de Atenas en la guerra del Peloponeso), si bien eran encarnizados rivales políticos, al sospechar que caería sobre la cabeza de uno de ellos el castigo del ostracismo (porque Hipérbolo intrigaba para ello), instaron a sus respectivos partidos a que se confabularan contra el infeliz demagogo quien, finalmente, fue el desterrado. Y no es que no hubiera hecho méritos para ello, todo lo contrario, pero quizá la suerte de Atenas hubiera sido diferente si el buen ciudadano hubiera pensado mejor el nombre que debía aparecer en su óstrakon, si no se hubiera dejado manipular por políticos sin escrúpulos, poco dotados o mucho más interesados en sus mezquinas y personales ambiciones que en la res publica. En definitiva, más pendientes de “servirse de” que de “servir a”. Occidente se llena la boca hablando de la democracia ateniense; sin embargo, parece no haber aprendido nada de los errores de los ciudadanos, y de los políticos que estos eligieron, que acabaron con ella al arrojarla, primero, a los pies de Esparta y, finalmente, a los de Macedonia.

Por cierto, el domingo, en España, votamos.

21 de junio de 2016

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