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Los desmanes de la ultraviolencia juvenil.

Ángel Enrique Carretero Pasín

Recientemente, los medios de comunicación conmovieron la opinión pública con la noticia de una agresión protagonizada en la ciudad de Murcia por un grupúsculo de jóvenes sobre otra joven.  Luego, se constató la filiación de la víctima a un colectivo de extrema derecha, del que se pudo comprobar una repetida realización de actos violentos dirigidos contra grupos sociales muy concretos. La noticia tuvo el efecto de desatar una importante alarma social, puesto que hizo resucitar el todavía sobreviviente fantasma de un movimiento ideológico-político que había violado hasta el extremo los derechos humanos en el pasado siglo. A la luz de la información recibida, las motivaciones desencadenantes de los hechos se presentaban directamente coaligadas a un estallido de conflictividad con una idiosincrasia esencialmente ideológica. Como es habitual en estos casos, convendría corroborar fidedignamente la rigurosidad de la información transmitida. En cualquier caso, la llama de la preocupación se encendió, debido a que los sucesos provocaron en la caja de resonancia social la sensación de un resquebrajamiento del “consenso”, de “la paz” y del “civismo”; todo ello, como es sabido, signos inequívocos del triunfo del tantas veces laureado Pacto social.

Empero, lo que estos sucesos exigirían es una interrogación acerca de si, a día de hoy, el auténtico móvil de la acción colectiva juvenil responde a una revitalización de soflamas ideológicas, de impronta neonazi u otra cualquiera. Es fácil de ratificar el dictum según el cual todo es “político”. Pero de que lo político gestione, o pretenda gestionar, la totalidad de lo social no se desprende necesariamente que todo movimiento colectivo surja inspirado y catalizado por una ambición marcada por lo político. Para el caso, una lectura orientada por una perspectiva aferrada a viejos clichés ideológicos, ¿oscurece o elucida la interpretación de los sucesos? Pareciera que la apelación a estos clichés es una solución muy a mano y a la carta, simplificadora del calibre del problema. Y, lo que es peor, fácilmente asumible y metabolizable por los discursos de las élites políticas, contribuyendo a añadir, intencionadamente o no, un granito de arena más en el fortalecimiento del Pacto social.

Dado que es un fenómeno fundamentalmente juvenil, a sabiendas del acentuado efecto socializador actual de las redes sociales en la juventud, cabe preguntarse: ¿Es realmente posible creerse que estos jóvenes batallen por consigna ideológica alguna? Radiografiemos muy someramente el caldo de cultivo en donde se fragua esta juventud. Jóvenes nacidos y formados en la confortable así como altamente previsible burbuja de la sociedad del bienestar, sin referencias morales nítidas, alérgicos a todo lo que suene a autoridad, hijos de una desafección en torno a la política pese a la nostálgica obstinación de algunos de sus progenitores, sin “padres simbólicos” o con figuras mediáticas de baja calidad para tal cometido socializador, hipercontrolados educativamente y familiarmente, prolongando su incorporación en el mundo laboral hasta edades contra natura, víctimas del individualismo que campea sobre una sociedad transformada en una nada metafórica jungla hobbesiana. La lista de factores sociológicos se haría prácticamente interminable. De su compendio brota un perfil de subjetividad social premonitoriamente familiarizado por A. Burgess en su célebre novela La naranja mecánica. Pero sobre todo, pese a los denodados esfuerzos desarrollados por sus progenitores desde la más tierna infancia en dirección contraria y a la poca atención prestada a esta casuística por parte de los responsables políticos, unos jóvenes metafísicamente aburridos. Y toda esta altísima complejidad, ¿puede ser simplificada bajo una lectura ideológico-política? Paradójicamente, no estaremos, como en otro tiempo se decía, “siguiendo el juego del sistema” al adoptar esta lectura. En el decorado social sucintamente descrito, la violencia brota, sin duda, como un recurso. Eso sí, nada “racional”, nada “comunicativo”, nada “dialogante”, nada “cívico”. Es más, en donde se hace trizas todo ello. Una violencia, por ponerle un nombre, más “nihilista” que otra cosa. Básicamente porque desconoce los motivos de su utilización, la finalidad que persigue y el objeto en donde concentra sus demandas. O todo ello, como resultado de este desconocimiento, lo disfraza bajo un barniz de retórica gestualidad.

Y el “imaginario social” brinda el soporte inmaterial para una comunión grupal gestada al calor de otros. Si se lee esta fenomenología en clave ideológica, como es frecuente en las élites políticas y mediáticas tanto de la derecha como de la izquierda, fácilmente pueden derivarse descalificadoras adjetivaciones para ella. Si se hace en clave socio-antropológica, sin nunca abandonarse a una condescendencia con ella, se propicia una actitud más fiel a su naturaleza. Así vista, la ideología neonazi u otra de índole cualquiera, a día de hoy, más que un ideario doctrinal propulsor de un movimiento colectivo es simplemente un “imaginario social” al que se recurre como continente de acogida, entre otros ofertados para su uso, para una juventud sumamente náufraga en la modernidad avanzada. Su adhesión a los elementos por medio de los que se conforma y materializa este “imaginario social” -una simbología, un ritualismo impreso -en donde se incluyen los temidos actos vandálicos- y la persecución de unos definidos “chivos expiatorios”, delata una anómica demanda de apego pseudocomunitario reveladora, a su vez, de un radical desapego de partida ante lo social. Este “imaginario social” les hace sentirse así partícipes de un “algo común” junto a otros, ensamblándose conjuntamente precisamente mediante ese “algo”. Esto no es nuevo. Tampoco es “bueno”. Pero, aunque es lógico que no sea del agrado de la moralina sólo aparentemente apta para pánfilos o demagogos, “es lo que hay”.

15.03.2017

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