Red Iberoamericana de Investigación en Imaginarios y Representaciones (RIIR)

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La Economía y Nosotros/as vs. Nosotros/as y la Economía

entrevistado

por Angel Enrique Carretero Pasin

Va camino de transformarse en una ya retórica vacía en el seno de los movimientos autodenominados de izquierda lamentarse de que vivamos en un modelo social completamente subordinado a lo económico. Podría tener su justificación como reacción de repliegue ante el auge de un discurso, bien conocido –y sufrido- por todos, que se engalana de que ni siquiera debiera ser legítimo pronunciarse acerca de algo en lo social al margen de una rentable objetivación económica. En Europa, el punto de mira de las lamentaciones son los dictados impuestos desde los centros neurálgicos de poder político y económico que parecen estar focalizados en Alemania, en la archiconocida Troika, y que anhelan acabar, de una vez por todas, con la holganza sureuropea históricamente resistente  a las directrices del calvinismo. Pero si nos elevamos de la inmediatez del análisis político, económico y mediático a un plano más, digámoslo así, ontológico podemos apreciar que, aunque la actualidad certifica sobradamente los motivos de dichas lamentaciones, la raíz del problema tendría un calado bastante más profundo del que, en innumerables ocasiones, se detecta. De la mano de C. Castoriadis podríamos preguntarnos, a riesgo de ser percibidos como lunáticos o de ser calificados como adalides de una deriva en una enésima fórmula de idealismo, si la Economía es algo, en realidad, “real”. Un posible interlocutor, en un alarde de ejercicio dialéctico, podrá decir: “Depende de lo que usted entienda por “real”, claro está”. Respuesta tópica de encarar esta interrogante. No obstante, si entendemos, con Castoriadis[i], que aquello socialmente asumido como “real” obedece a una institucionalizada “significación imaginaria”, nuestro intercambio de ideas podría dar un giro insospechado. Con ello se estaría delatando que, en última instancia, “lo real” y “lo imaginario” son difícilmente disociables, y que, por tanto, la Economía tiene mucho de “construcción imaginaria”. Una “construcción imaginaria” central o nuclear en aquellas sociedades que habrían adoptado el rumbo de la modernidad, que no es otro que el de una completa conversión de “lo racional” en “imaginario”, con independencia del color atesorado por el régimen político o el ideario ideológico que se siga. Esta “significación imaginaria”, construida histórico-socialmente, es la que transforma a la Economía en una fórmula de inviolable sacralidad incrustada en lo más íntimo de la modernidad –custodiada, como no podía ser de otro modo, por unos nuevos gurús-, precisamente cuando la religión ha entrado en un creciente desuso institucional. Las prerrogativas emanadas de los centros de poder político y económico europeos no son más que el último eslabón visible y consumado (por el momento) de una cadena cuyo origen se remonta, como hemos apuntado, muy de lejos.

Evidentemente, sería ridículo plantearse la posibilidad de un modelo social ingobernable desde lo económico. Otra cosa, nada ridícula, sería hacerlo con respecto a los actuales perfiles en donde se concretan las “significaciones imaginarias” de lo económico en el capitalismo de consumo. Recopilemos una ristra de ellos, ligada al ámbito de una autorrealización individual o colectiva que es presa fácil del consumo. El uso de los dispositivos tecnológicos, el empleo del ocio, la “llamada” del turismo, el trato dispensado al cuerpo o las “siempre entrañables” fiestas navideñas, entre un sinfín de ilustraciones, revelan que la “significación imaginaria” instada desde el último estadio del sistema económico capitalista cumple de lleno su cometido, que no es otro que el logro de una aceptación de todo ello como una evidencia connatural a las cosas mismas. Y, por razones obvias, el Estado está interesado en el fomento de esta “significación imaginaria”. De ahí que ninguna otra ayuda más allá de la asistencial pueda ofrecer cuando se traten de suturar las brechas abiertas provocadas en el tejido simbólico-colectivo y precisamente originadas en el broche que anuda lo económico con el tantas veces mentado “mundo de la vida”. Dichas brechas no son, en absoluto, una invención imaginaria. Psiquiatras, Psicólogos, Sociólogos, Profesores y Trabajadores Sociales podrían dar fe de ello. Se dibujan como un nuevo y borroso “malestar cultural” nunca del todo declarado, nacido del desajuste entre una “construcción imaginaria” que connaturaliza una presentación de las cosas al servicio de una Economía impulsora del consumo y la realidad de las prácticas cotidianas en la que se encuentran inmersos los individuos. Desde mediados de los años setenta del pasado siglo, el caldo de cultivo suscitado por este desajuste ha propiciado la aparición de una razón de ser para el desarrollo de movimientos sociales  fluctuantes en direcciones a veces confusas o contradictorias. En cualquier caso, si ya de por sí es harto difícil erradicar el arraigo propio de cualquier tipo de religión, más todavía si cabe lo será de aquella que cuenta con la alianza de sus potenciales víctimas.

  1. Castoriadis, C. (1983). La institución imaginaria de la sociedad. Barcelona: Tusquets, vol.1, pp. 271-282.

14/01/2017

 

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