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El subyugante hechizo de pertenecer a la “clase media”

entrevistado

por Enrique Carretero

Si se realizase una macroencuesta entre los miembros que engrosan la afanosa población laboral de las sociedades occidentales en torno a cómo se encuadrarían actualmente en su ubicación en la trama de la Estructura social muy probablemente nos encontrásemos con una considerable franja de encuestados que se autodefinirían dentro de un umbral sociológico de “clase media”. Si alguien, haciendo un ejercicio de mayéutica, les objetase que, por ejemplo, se siguen viendo condicionados a vender su “fuerza de trabajo” a cambio de un salario, y que esta condición los acredita objetivamente como “proletarios, presumiblemente se encontrará con un generalizado rechazo, cuando no con un fuerte enconamiento.

Algo que, a tenor de ello, parece apuntar a la sorprendente vitalidad de la noción de “ideología” elaborada en su tiempo por Karl Marx y Friedrich Engels[1]. Decían ellos que el sistema económico capitalista, al unísono que genera la explotación, segrega, misteriosamente, la opacidad de las leyes que gobiernan la existencia social a los ojos de los individuos, fetichizando las condiciones reales de existencia bajo una autorepresentación que no se ajusta, que invierte sublimadamente, lo que las cosas realmente son. Forma parte, subrayaban Marx y Engels, de la lógica inherente al funcionamiento de El Capital.

Se constata, muy acentuadamente desde hace dos décadas, la evidencia de una necesidad de apego identitario, por parte de los trabajadores, a una autodefinición como “clase media”. La nueva “clase trabajadora” gusta de recubrirse con un barniz de “clase media”, evitando, así, sentirse como meros asalariados. Nada que ver con una identificación con el depreciado imaginario social del viejo trabajo físico; aquel que, por ejemplo, ensuciaba la vestimenta o que se llevaba a cabo sin un resguardo protector ante a las inclemencias meteorológicas. Por su parte, la nueva “clase ociosa”[2] es consciente de que juega “en otra liga” y de que el enriquecimiento económico se baraja en otros lugares ciertamente distantes al del mundo del trabajo. Ella se enfrasca en hacer simbólicamente ostensibles, que diría Pierre Bourdieu[3], unos delimitadores y fronterizos “signos de distinción” reveladores de su grado de opulencia económica y cultural. En eso consiste su juego.

Si, por retrotraernos a la jerga hegeliana, admitiésemos que “toda determinación es una negación”[4], la “determinación” del perfil sociológico de la llamada “clase media” se habría constituido en virtud de una “negación” primordial: la del perfil de una precedente condición proletaria. El capitalismo de consumo habría propiciado esta estrategia particularmente encaminada al logro de una completa integración social. En rigor, es el fetichizado imaginario social desplegado intencionadamente por un capitalismo consagrado al consumo, y no las auténticas “condiciones objetivas de existencia”, lo que habría generado esta extendida autodefinición en términos de “clase media”. Tanto es así que, inducidos por lo anterior, pudiéramos vernos instados a sospechar acerca de si la “clase media” pudiera llegar a ser algo, en última instancia, de naturaleza esencialmente fantasiosa fruto de un delirante hechizo colectivo, como pudiera serlo, entre otros aconteceres, las apariciones en Fátima o la creencia en la cartomancia.

El caso es que la erupción en el cuerpo social desatada a raíz de la crisis económica ha puesto a muchos en su sitio. Ha tenido un efecto desencantador, pero, por ende, inintencionadamente desideologizador, revelándonos que la aparentemente firmeza en la autopercepción como “clase media” tenía mucho de ensoñador espejismo, o insinuándonos que si alguna vez se había fraguado una “clase media” como tal lo había sido por gracia o como favor de otros interesados en que así fuese. Una vez desmontado el imaginario social señalado parece quedar asimismo noqueado el consenso para el cual subrepticiamente trabajaba. Consenso que, como ya explicara en su tiempo Herbert Marcuse[5], contribuía decisivamente en el mantenimiento de los conflictos de clase en un estado de “atenuación”. En este turbulento horizonte, las expectativas sociológicas que se abren son, hoy más que nunca, impredecibles, teniendo en cuenta que, además, como previene el dicho popular, “a río revuelto ganancia de pescadores”. Si bien es de esperar que, desarticulado el imaginario social de la “clase media”, los que ocupan una posición de subordinación (y precarización) en el mundo del trabajo sean ahora más conscientes de lo que han sido, son y serán. Otra cosa, indudablemente más compleja, es que puedan obrar en consecuencia.

 

Angel Enrique Carretero Pasin

07/10/2016

Notas

[1] Marx, K. y Engels, F., La ideología alemana, Barcelona, Universitat de Valencia/Grijalbo, 1991, p. 40.

[2] Veblen, Th., Teoría de la clase ociosa, Madrid, Alianza, 2004, pp.29-47.

[3] Bourdieu, P., La distinción. Criterio y bases sociales del gusto, Madrid, Taurus, 1988, pp. 257-319.

[4] Hegel, G. W. F., Ciencia de la lógica, Buenos Aires, Solar, 1968, pp. 146-147.

[5] Marcuse, H. El hombre unidimensional, Barcelona, Ariel, 1968, p. 23.

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