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El “precarizado”: ¿Acaso, sin saberlo, no hemos sido siempre “proletarios”?

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por Enrique Carretero

Ya se habla de un nuevo prototipo de trabajador en la “modernidad avanzada”. Es el “precarizado”, que viene a sustituir a la figura tantas veces mencionada del “proletariado”. El “precarizado” no es que venga a reemplazar históricamente al “proletariado”, sino que es el “proletariado” sumándole la gravedad de que las condiciones de su trabajo se ven devaluadas por debajo de los márgenes atribuidos clásicamente a la proletarización. Sin que parezca atisbarse en el horizonte un nuevo fantasma recorriendo el mundo que pudiera ponerle freno.

Lejos queda el tiempo en donde la vieja burguesía ensalzara el valor del trabajo a través de la apelación a un “ascetismo intramundano”. Los trabajadores han huido históricamente del trabajo como si de la peste se tratara. Poca o ninguna ética burguesa logró permear su modo de vida. Si se ajustaron al trabajo lo hicieron subyugados por los imperativos de la necesidad, no por otros motivos. Foucault nos hizo ver el disciplinante envés de la entronizada moral del trabajo burguesa. Benjamin describió poéticamente los intersticios de resistencia ante la masiva proletarización.

Es sabido que las sociedades grecolatinas han despreciado el trabajo. Se ha ilustrado repetidamente por medio de la argumentación empleada por Aristóteles en su lecho de muerte para la liberación de sus esclavos. El mundo medieval reitera este desprecio. El denominador común a ambos es que la “vida activa”, léase productiva, acaba con la vida contemplativa”, léase espiritual. Los hombres libres en Grecia o en Roma no trabajaban, como tampoco lo haría posteriormente la aristocracia o la bohemia.

La modificación radical de este panorama ocurre con la modernidad europea. El Imaginario social moderno, surgido al calor del industrialismo, se constituirá de acuerdo a una metáfora de la sociedad entendida como una perfecta colmena. La vida social, en general, y el ser humano, en particular, serán vistos sólo por la actividad socialmente útil y productiva que realicen. Actividad que estará sujeta a una escrupulosa medida en términos estrictamente cuantitativos. En suma, la tantas veces repudiada “cosificación”. Por mucho que la deriva del socialismo desde los inicios del pasado siglo se empecinara en insistir machaconamente que la solución al problema pasaría por una equitativa redistribución de los beneficios generados a causa de esta generalizada actividad productiva.

En realidad, el “precarizado” es la víctima más reciente de este Imaginario social moderno. La sacralización neoliberal de la economía no es otra cosa que un desencantado epígono del Imaginario social moderno. La gran matriz de sentido moderna no ha sido noqueada. Y con la existencia del “precarizado” ha hallado una cruel fórmula de naturalizada legitimación. Sin embargo, ya pocos creen firmemente en ella. Por lo de pronto, los nuevos burgueses son los más descreídos. Por eso echan mano ahora de discursos en donde se acentúa la “innovación”, la “creatividad”, y toda una retórica de sospechoso colorido. Los “precarizados” en absoluto. Pero la debilidad de su posición les impide cuestionarse el Imaginario social moderno.

Este Imaginario, recordémoslo, ha significado el triunfo del reino de la “cantidad” sobre el de la “cualidad”. Y tanto es así que dicha “cualidad” ha desaparecido completamente del horizonte de vida actual. No obstante, una lucha por la conquista de la “cualidad” del trabajo -y no sólo por una ventaja vista en términos binomiales de contabilidad salarial y retributiva de éste/capacidad de adquisición de bienes de consumo- resulta ser la única aspiración realmente valiosa. La inmunización ante el poder del “valor signo” (Baudrillard) fomentado por el consumo revierte directamente en una negativa a una hipoteca de la “cualidad” de la vida en función de los dictados de un trabajo sin “cualidad”.

Pero esto la nuevas generaciones deben conocerlo. Solamente traspasando el umbral de los códigos delineadores de lo que el sistema ofrece (la “cantidad”), puede hallarse precisamente lo que no ofrece (la “cualidad”). Hay indicios generacionales de una tendencia, si bien aún borrosos, en esta dirección. En este sentido, podría seguir teniendo una renovada vigencia el viejo lema, tan inconcreto como estimulante, que alentaba a pedir “lo imposible”. En el pasado, era el lema que hacían suyo aquellos y aquellas que, se nos decía, sólo tenían que “perder sus cadenas”. Es probable que ahora el costo de la pérdida sea más alto. Especialmente para los que desasirse de un gobierno de la vida regido por un “fetichismo de la mercancía” resulta dificultoso. Una camuflada variante más, ahora con una añadidura perversa, de lo “cuantitativo”. En cualquier caso, el “precarizado” se verá obligado a optar.

10 de junio de 2016

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