Red Iberoamericana de Investigación en Imaginarios y Representaciones (RIIR)

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El fundamento imaginario de la Democracia

entrevistado

por Angel Enrique Carretero Pasin

En términos de una definición general, la Democracia se ha dicho que bien puede ser entendida como una forma de gobierno caracterizada por una explicitación de la Voluntad general a través del mandato de la Soberanía popular. Esto se concretaría de acuerdo a un sufragio por medio del cual son elegidos una serie de candidatos pertenecientes a un sistema de partidos que, bajo la vitola de una acreditativa representatividad, traducen los diferentes intereses sociales en pugna. Así vista, en la misma consideración de la Democracia está subyacente un componente que parece formar parte esencial de su idiosincrasia, y que no es otro que el de la “racionalidad” de la acción social, en este caso de la acción política. Se preasume, pues, que el decisionismo, la deliberación, la preferencia, la optimización, juegan un papel inherente y decisivo en la esencia práctica de la Democracia. En gran medida, ello ha obedecido a la pervivencia de la huella originaria, específicamente contractualista, que los teóricos de la Democracia moderna se encargaron de forjar como su inequívoca seña identitaria. Como no podía ser de otro modo, puesto que el “pacto social”, garantía legítima de un nuevo consenso fraguado en virtud de un tácito acuerdo entre los integrantes de la sociedad y el Estado, exigía la presuposición, para que realmente fuera un tal “pacto” y no el fruto de un posible delirio colectivo, el ejercicio de una “voluntad racional”. Aparentemente, “Democracia” y “Racionalidad” se encuentran, pues, indisociablemente unidas.

Ahora bien, si en lugar de admitir ciegamente este presupuesto de fondo originariamente contractualista le concedemos una menor sobrevaloración nuestra consideración en torno a la Democracia se tornará en algo sustancialmente distinto y tendrá unos efectos políticos, consecuentemente, también distintos. Este desplazamiento de óptica nos remite, obligadamente, al tan recurrido proceso de secularización occidental. A contracorriente de una lectura canónica, según la cual la razón impulsada por el ideario ilustrado determinaría un designio histórico caracterizado por la superación de las añejas estructuras de religiosidad ancladas en la tradición, la modernidad habría evidenciado una tozuda paradoja: la de la traslación y superposición del aura de sacralidad de ciertos elementos que cohabitaban las sociedades tradicionales a la centralidad de la sociedad moderna. La entronización de la Democracia es una excelente ilustración de ello. De manera que, en realidad, dicha aura antecederá y presupondrá a la propia Democracia, contribuyendo de suyo a minusvalorar, así, las atribuciones de su tan ensalzado como siempre hipotético ingrediente racional. En última instancia, la lógica profunda de esta fenomenología cultural responde a la sorda operatividad de una “estructura antropológica” común a todas las sociedades, consistente en un inacabado esfuerzo por salvaguardar y fortalecer el íntimo lazo de hermandad comunitaria por vía de una sacralización simbólica de aquello más representativo de su “conciencia colectiva”. De modo que, desprovista de este respaldo sacralizador y simplemente circunscrita a una prudente gestión racional de las decisiones públicas, poco futuro se le podría augurar a la Democracia. Porque, en definitiva, cualquier modelo social, en la medida en que legítimamente anhele cristalizarse como un Nosotros colectivo, necesita hacer un llamamiento a un elemento más “imaginario” que “real”, más “ideal” que “objetivo”, que sirva como “matriz de significación” sobre la que se argamasa el anudamiento de sus integrantes. Y esto, en lo que aquí incidimos, muy poco o nada tiene que ver con la “Racionalidad” y sí mucho con una dimensión “no-racional” que estaría empapando permanentemente la vida social, y a la que la Democracia no puede, por mucho que se obstine, substraerse. En suma, no es sólo, que también, que la Democracia tenga algo de mito, sino que se sostiene, inequívocamente, sobre la mitificación de un “macroimaginario social” fundante de comunidad. Por lo que su potencial tendencia hacia una deriva fetichizadora está ya previamente escrita en su guión constitutivo, más allá o más acá de que los agentes socialmente implicados puedan lograr unos acuerdos racionalmente consensuados.

06/12/2016

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