Red Iberoamericana de Investigación en Imaginarios y Representaciones (RIIR)

El Fracaso educativo

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por Enrique Carretero

El fracaso es la inevitable contrapartida dialéctica del éxito. El éxito se entiende como la definitiva realización de un propósito en una potencial expectativa de cumplimiento. Cuando se habla de fracaso educativo se tiene presente su opuesto: el éxito educativo. Es más, sin el éxito educativo la noción de fracaso es una categoría vacía. Ahora bien, lo que tendríamos que preguntarnos es una triple cuestión: a)¿Qué entendemos realmente por éxito en educación?. b) ¿Qué instancia define lo que haya de ser este éxito?. ¿A qué propósito teleológico se encamina este éxito?. La primera interrogante encuentra una respuesta aparentemente sencilla: la superación de los obstáculos académicos que el Estado dispone para acceder a una titulación, cualquiera que esta fuese. La respuesta a la segunda interrogante no parece ofrecer dudas: remite a la conocida imbricación Poder/Saber establecida entre el Estado y ciertos saberes expertos a su servicio encargados de explicar el por qué del cumplimiento o del incumplimiento de los objetivos educativos diseñados por aquél. La tercera interrogante no tiene una respuesta tan sencilla como las dos anteriores. Sobre ella pivotarán las respuestas a las dos interrogantes precedentes. Y esta tentativa de respuesta nos hará precisamente ostensible el papel desempeñado por el imaginario social en la configuración de lo que es asumido socialmente bajo la fórmula de fracaso educativo.

Y aquí aparece la exigencia de, a su vez, preguntarnos de si el propósito al cual se encamina ese éxito se corresponde con el éxito concebido desde el Estado o con el éxito concebido desde la gente (que tendrá indudablemente que ver con el éxito del Estado o con el éxito de la gente); o, prolongando el encadenamiento de nuestras preguntas, acerca de si realmente se da, debiera o pudiera darse una coincidencia entre estas dos concepciones del éxito. Pues bien, sabido es que la gente no ha podido disponer ni dispone de recursos institucionales para articular una hegemonía, y por tanto de definir, utilizando imaginarios sociales, en qué y bajo qué códigos consistiría ese éxito. Es obvio, pues, que es el Estado el que produce, auxiliado por una hipotética legitimación del saber pedagógico, lo que será considerado como éxito o fracaso educativo. Lógicamente, esta versión triunfante, dadas las funciones al Estado encomendadas, circulará por el conjunto del entramado social.

Y el propósito final al que se encamina el éxito concebido desde el Estado es, desde la irrupción de la modernidad, indisociable del logro de una integración funcional de todos sus miembros bajo tareas muy específicamente encomendadas y que resulten de utilidad para el cuerpo social; vale decir, tareas eficaces, productivas y rentables. Desde esta matriz de significación, y sólo desde ella, se configurará el binomio: éxito/fracaso educativo. De este modo, se nos delata el solapamiento de la concepción del éxito construida desde del Estado sobre la, por in-definición inconcebible, concepción de la gente. Y si, de acuerdo a la dialéctica éxito/fracaso anteriormente indicada, el Estado fabrica el éxito, paralelamente fabrica el fracaso. Otra cosa es que luego se responsabilice o haga suyo este fracaso, en la medida en que le resultará menos costoso desplazar la atribución de sus causas originarias a una pereza o una inaptitud de naturaleza estrictamente individual, engordando, de paso, el pesado lastre de la conciencia moral que cada individuo se ve obligado a sobrellevar.

En suma, el imaginario social del fracaso educativo construido desde el Estado produce a priori, ya en la línea de salida, fracasados. El axioma según el cual la realización del éxito educativo, concebido desde el Estado, como necesariamente identificable con el éxito social, o si se me apura con el vital, ha dado sobradas muestras de fracaso, cuando no una ristra de fracasados derivada tanto de la interiorización de esta identificación como del descubrimiento de la irrealidad de las expectativas por ella generadas. Así visto, el imaginario social del fracaso educativo puede tornarse letal, en especial para los que más expectativas a priori depositaron en la autenticidad de dicha identificación, que no pueden ser otros que los que se sitúan en una posición social de partida menos ventajosa. Dado que, debido precisamente a esta posición, necesitan alimentar un grado de confianza mayor en las expectativas preconizadas desde el axioma antes mencionado en su implantación y operatividad en el imaginario social.

A fin de cuentas, el aserto ideológico que hace del éxito educativo un sinónimo de éxito vital sigue manteniendo todavía una notable impregnación en la conciencia colectiva, omitiéndose ideológicamente, no obstante, que el juego social, el real, no se baraja en el interior del sistema educativo. Así visto, resulta hasta ridículo mantener a éste en una asfixiante actitud fiscalizadora de sospecha por incompetencia o someterlo a un sinfín de evaluaciones y de reformas (en la cuales el fracaso educativo se torna finalmente en no más que un pretexto para su despliegue). El señuelo, con una fuerte caja de resonancia mediática, consistente en un empecinamiento en que la institución educativa se ponga permanentemente a prueba ha surtido los efectos esperados por aquellos que lo han lanzado. Mientras tanto se  silencia lo auténticamente decisivo. El hecho de que los códigos del juego real del binomio éxito/fracaso se deciden en escenarios ciertamente alejados de la cada vez más amplia burbuja educativa, a saber: en el blindado capital económico de ciertos grupos y en su consiguiente influjo sobre las redes de poder institucionalizado que atraviesan, casi siempre subrepticiamente, nuestras sociedades.

12 de septiembre de 2016

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