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Educar en valores. ¿Para qué?

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Por Enrique Carretero

Se ha evidenciado en España, al menos desde hace una década, un renovado esfuerzo discursivo por rearmar con dosis de moralina la vida social. Su muestra más explícita es, que duda cabe, la relativamente reciente introducción de contenidos de índole cívica en el diseño de los nuevos planes educativos gestionados por el Estado. Pero resultará sumamente sencillo hallar otras manifestaciones en cualquier escenario cotidiano. Desde las escuelas para padres amparadas en una transmisión de valores a sus hijos hasta la lucha moral en favor de la defensa de los derechos de los animales, pasando por las fórmulas ético-pedagógicas que se nos proponen para atajar los signos (sólo los signos) reveladores de la violencia estructural segregada en el interior de nuestras sociedades. Todo ello parece haber hallado su definitivo antídoto en la moral. Sin duda, asistimos a un sospechoso renacer de “lo ético”. Fácil lenitivo del cual las sociedades, a lo largo de la historia, han echado mano en momentos coyunturales en los que se han visto azotadas por una crisis de calado estructural. Y España en esto, como no podía ser de otro modo, no puede ir por libre. Este rearme en valores es una consigna, no lo olvidemos, que, como otras muchas, proviene de Europa.

A lo largo de la sinuosidad histórica, todo modelo social ha procurado forjar un consenso normativo garantizador de un cemento colectivo que le procurase asegurar una cohesión interna. El Imaginario social ha desempeñado esta labor, favoreciendo la cristalización de un incuestionable sistema de creencias y valores sobre los que había pivotado el orden de una sociedad. En este sentido, ha servido como recurso homogeneizador de lo social, por medio del fomento de una generalizada y articuladora adhesión a sus principios. En Occidente, el sistema de representación religioso ha sido el instrumento por antonomasia de actuación del Imaginario social en las sociedades tradicionales. Con la modernidad, al verse sojuzgada la religión por la racionalidad científica y las ideologías políticas inspiradas por el laicismo, el vacío provocado por el desalojo de este sistema de representación de su neurálgica ubicación intentará ser reemplazado por un proyecto de tono político, y por una pedagogía política correspondiente, responsabilidad del surgido Estado Nación. El enfrentamiento entre Iglesia y Estado, que marcará el rumbo determinante de la época moderna en Europa, revela una pugna por adueñarse del “centro simbólico” de lo social por parte de los dos nucleares Imaginarios sociales en competencia. Porque en la modernidad, en una dirección religiosa o política, todavía se podía concebir la sociedad de acuerdo a una unitaria y fundante “matriz de sentido” irradiadora de un sentido global a todo el entramado social.

Pero en nuestras sociedades, por mucho que Durkheim se hubiera obstinado en augurar el advenimiento de un “equivalente funcional” sustitutivo de la religión cristiana, el panorama ha cambiado notablemente. Fundamentalmente, debido a que el engranaje funcional de lo social no requiere de la adhesión a consenso normativo alguno. Lo social no halla realmente ya su legitimación en  principios éticos, cualesquiera que estos fuesen, bien sean de naturaleza extrahistórica o intrahistórica. Se ha producido una irreversible fragmentación del sentido que ha dado lugar a la eclosión de un plural mosaico de sentidos enmarcados en un variado repertorio opcional. Lo que evidencia la artificiosidad de seguir pensando lo social en virtud de una directriz troncal única. Pero, es más, desde la óptica de una sesgada persecución de logros instrumentales, una sociedad resultará indudablemente más eficiente si se ve desposeída de códigos normativos.

Si esto es así, ¿Por qué, entonces, este perseverante reclamo de lo moral?. Pues no más que para preservar la integridad de un cuerpo colectivo sumamente dañado por los indeseados efectos resultantes de una ciega entronización de sus logros instrumentales. Por eso, de aquellos discursos que invocan a la moral sólo caben dos visiones interpretativas: la basada en la ignorancia (por desconocimiento de la independencia operativa de lo social con respecto a lo normativo), o la basada en la mala fe, en términos jurídicos que no sartreanos (sirviendo de engañoso señuelo paliativo a las contradicciones propiciadas por un modelo social consagrado enteramente a una unilateral eficiencia instrumental orientada hacia la rentabilidad). Aceptémoslo, ningún Imaginario social central está ya en condiciones de respaldar un orden y una vertebración colectiva. La conclusión es obvia: el recelo ante un potencial fraude se cierne sobre toda referencia a una ética cívica como solución reparadora ante los desarreglos internos de una colectividad.

10 de julio de 2016

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