Red Iberoamericana de Investigación en Imaginarios y Representaciones (RIIR)

Cerebrocentrismo

entrevistado

por Enrique Carretero

Desde sus orígenes, allá por la segunda mitad del siglo XIX, las Ciencias Humanas y Sociales se han visto, inevitablemente, atravesadas por el debate entre “naturaleza” y “cultura”, entre “herencia” y “ambiente”, a la hora de hallar una explicación a la siempre compleja acción humana. Rápidamente, estos dos posicionamientos alcanzaron un acentuado grado de enconamiento, al verse sobrecargados de una significación ideológica. El recurso a la “naturaleza”, a la “herencia”, se asoció al “conservadurismo ideológico”, aduciéndose que, por medio de ella, se otorgaba un plus de legitimación que silenciaba la dimensión social de toda acción humana. El recurso a la “cultura”, al “ambiente”, se asoció al “progresismo ideológico”, incidiéndose en que la mencionada dimensión social jugaría un papel decisivo en la acción humana que, sin embargo, se ve intencionadamente orillado en el recurso a la “naturaleza”. Automáticamente, surgieron líneas fronterizas entre diferentes saberes ahora parcelados, con el ánimo de poner bajo protección epistemológica a cada uno de los variados discursos elaborados para descifrar el actuar humano, tarea patrimonio antaño de la Literatura y de la Filosofía. Y, desde entonces hasta la fecha actual, la dificultad en transitar por espacios de entrecruzamiento entre saberes ha ido creciendo.

      Algunos años más tarde, en la década de los sesenta, cada “verdad” científica, aupada desde un saber canónico concreto, reveló su íntimo nexo con unos, la mayoría de las veces implícitos, intereses sociales encargados de precondicionarla en una determinada dirección. El auge concedido a la Química, a comienzos del siglo pasado, no hubiera sido posible sin tener en cuenta los intereses desencadenados por los avatares de la I Guerra Mundial, como tampoco, posteriormente, el de la Física sin los de la II Guerra Mundial. En el caso de las Ciencias Humanas y Sociales, es sabido que la constitución de su “régimen de verdad” es indisociable de los cambios estructurales acaecidos en las sociedades occidentales a consecuencia del punto de inflexión histórico que supuso la instauración del industrialismo. La presupuesta condición de pureza, de desinterés y de objetividad de la “verdad” científica ha resultado, a día de hoy, bastante deteriorada, pero si cabe todavía más en un escenario, como el atribuido a las llamadas ciencias blandas, en donde la contaminación ideológica se incrusta de tal forma en el objeto de estudio que sólo un denodado esfuerzo epistemológico estaría facultado para desembarazarnos de ella.

      Todo esto ya lo sabíamos, o deberíamos saberlo, cuando menos desde la década de los ochenta del pasado siglo. Lo que nos debiera coger vacunados ante todo discurso con una firme tentativa de presentación en términos de objetividad. Por otra parte, el “imaginario social”, entre otras formulaciones teóricas, está reñido, antitéticamente, con esta objetividad y es un buen recurso para vacunarnos frente a ella. Lo que realmente ahora suscita nuestro asombro es la irrupción de unas novedosas epistemes que, mostrándose revestidas de un aura de objetividad, se entrelazan, directamente, con los dictados operativos de una modalidad de capitalismo obstinada en llevar a cabo una construcción de subjetividades acordes a ellos. El “imaginario social” del cerebrocentrismo, que ha ido ganando paulatinamente adeptos no sólo en el espacio discursivo del saber sino también en el de la opinión pública, debiera ser interpretado en el marco de estas coordenadas epistemológicas y culturales. En sus presupuestos ontológicos subyacentes se pretende extirpar tanto de la consideración como de la comprensión de la acción humana todo aquello que remita a una referencia contextual. Y ello con el anhelo de dar cuenta de dicha acción a partir de una preconcepción del individuo en tanto ser monádico, desligado de todo posible contagio por parte de lo social. Es más, hay un decidido énfasis por invisibilizar, precisamente, lo social. Una programática que, por otra parte, engarza con un intencionado propósito de gestión de la totalidad de la vida ajustándose a la lógica del mercado. En ello cobra un papel determinante, es su condición necesaria, la presentación del individuo bajo una condición de supuesta autosuficiencia. Circunstancia que, de soslayo, nos obliga a reactualizar el decimonónico debate entre “naturaleza” y “cultura” desde un nuevo prisma ahora biopolítico. En última instancia, se pretende que cristalice una evidencia en sí misma falaz, consistente en que todo lo que se haga o pudiera hacerse depende solamente de lo que uno es  y no de lo que lo social hace de uno, convirtiéndose en una fácil coartada ideológica para los desarreglos estructurales inherentes a nuestras sociedades. A fin de cuentas, estos desarreglos, se nos dice, tienen un arreglo siempre individual, bien sea recurriendo a un recurso farmacológico o a una de las innumerables técnicas psicoterapéuticas actualmente ofrecidas en el mercado. Basta que admitamos, de una vez por todas, que somos, y debemos ser, dueños de nosotros mismos. Por otra parte, si ya todo se halla en el cerebro, ¿para qué perder el tiempo preocupándonos, vanamente, por nuestra exterioridad? Preocupémonos por estar bien con nosotros mismos, por nuestra interioridad, que mejor nos irá.

08/11/2016

A %d blogueros les gusta esto: