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Acerca de un corriente amor a los perros

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Por Enrique Carretero

Desde hace un tiempo la mirada sociológica del transeúnte urbano ha podido hallar un nuevo objeto en el trajín de sus calles. Se trata de las mascotas caninas. Si solamente fuese esta fauna el objeto, entonces sería una mirada propiamente zoológica. Es sociológica porque se atiene al vínculo relacional entablado por los seres humanos con dicha fauna. Esta mirada se acrecienta al ser contrastada con el eco de la memoria de la relación tenida en otra hora con este animal. En estilos de vida acordes a pautas culturales ahora en desuso el perro cumplía una funcionalidad familiar, ligada a la protección de los bienes materiales. Actualmente, en una sociedad post-materialista, se le reasigna una funcionalidad psicológica, a título individual o en el seno del ecosistema familiar, cubriendo las lagunas que, por los motivos que fuesen, las distintas técnicas terapéuticas no alcanzan a resolver.

No parece justo extender esta tendencia social incluyendo en ella al conjunto del reino animal. Otras especies, al menos las proclives a ser domesticadas, como es el caso del gato, no gozan de tan favorable trato. Por otra parte, las estadísticas revelan que, en innumerables ocasiones, el bienestar de estas mascotas sobrepasa al del precarizado trabajador de hoy en día. Peluquerías, centros de estética, dentistas, e incluso psicólogos y pedagogos (aunque la fiabilidad de esta información esté pendiente de corroboración empírica) ocupan el caricaturizado listado de servicios al que recurren sus propietarios.

Es indudable que ha habido una profunda transformación en nuestro trato con el universo canino. Se ha humanizado al perro. Por el contrario, ciertos indicios de alarma muestran que un proceso inverso podría estar dándose en el ser humano. ¿Un brumoso ecologismo en ciernes?. Lo dudamos, a tenor del trato paralelo ofrecido al medio ambiente. ¿Una arquetípica expresión simbólica del ancestral esfuerzo de la Cultura por doblegar a la Naturaleza?. Lo dudamos, observando la sobrecargada esteticidad de la tendencia. ¿Una modalidad patológica a incluir por la Asociación de Psiquiatría Norteamericana en un próximo DMV-VI?. Lo dudamos, difícilmente pueden acumularse más patologías al grueso de las incorporadas por esta Asociación en los últimos años.

Quizá la hipótesis más sugerente sea la que correlaciona esta tendencia con otra acentuada en un sentido inversamente contrario: la de la pérdida del buen trato interpersonal con “el otro” y el notorio desmantelamiento de la urdimbre comunitaria. El galopante individualismo ha logrado que, sin hechizarse por paradisíacas idealizaciones, todo aquello que suene a comunitario sea percibido como algo generacionalmente pasado, o, lo que es peor, pasado de moda. Dado que “el otro” no cuenta más que como un indefinido enemigo, o como un potencial competidor en un mercado laboral que confiesa su incapacidad para absorber a todos, y como además ha ido ganando terreno una tácita prohibición por exhibir públicamente observaciones personales –arriesgándose uno a transparentar ingenuamente sus apreciaciones y, de paso, a trasgredir inintencionadamente alguna velada normativa-, sólo nos queda la relación con el perro, amparada en su todavía insobornable docilidad. Como de momento el animal no dispone de la palabra –dejando a un lado la ironía cervantina de sus Novelas ejemplares-, la relación con ellos, por lo menos hasta ahora, es más que cordial. Al decir de algunos brindan más afecto que un humano. Al decir de otros entrañan menos costes de dedicación, y a cambio reportan más beneficios, que un descendiente. Dejemos insinuada una hipótesis de tono futurista: ¿Qué sería de todos nosotros si un buen día desapareciesen estas mascotas?, ¿habrá que autojustificarse recalcando que uno no tiene nada personal en contra de ellas?. Aún apostillando que, eso sí, siempre dará más valor en sí mismo a una persona que a cualquier otra especie del reino animal.

No obstante, sí podría resultar interesante calibrar esta tendencia como síntoma sociológico: el que apunta a una evaporización de las “significaciones imaginarias” abastecedoras de un sentimiento comunitario. Montaigne nos recuerda que Plutarco decía a propósito de quienes “se encariñan con monitos y perrillos”, que en ellos la parte amorosa que hay en todos nosotros, “a falta de asidero legítimo, se forja uno falso y frívolo antes que permanecer inútil” (Michel de Montaigne, Los ensayos, Barcelona: Acantilado, pag. 30). Comienza a ser comúnmente aceptado que el “culto al cuerpo” resulta de un languidecimiento de cualquier destello de espiritualidad en la condición humana. De ahí el esfuerzo en mejorar lo único que, a ciencia cierta, hemos asumido que poseemos. Por algo semejante, el “culto al perro” resulta, asimismo, de un horror vacui fruto del desangelado reconocimiento de la actual artificiosidad de “lo comunitario”. El mimo a ellos prestado testimonia que es lo único que, también a ciencia cierta, mucha gente posee.

11 de agosto de 2016

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