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Normalidad imaginada, normalidad instituida: La realidad de las personas en situación de discapacidad.

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Por Diego Alfredo Solsona Cisternas

Minusválidos, especiales, enfermitos, impedidos, angelitos, mongolitos, etc. Todos estos son rótulos utilizados comúnmente para denominar a las personas en situación de discapacidad. El carácter peyorativo de dichas denominaciones no es casual ni ingenuo. Utilizando un lenguaje enclave de Castoriadis, el magma de significaciones que ejerce toda su fuerza en la polisemia propia de los conceptos y que encuentra una forma de comprenderse por medio de la Indexicalidad (la terminación de un significado para el concepto adscrita a su contexto) acaba anclándose en nuestra sociedad y circulando como formas “naturales” de nombrar. No es el objetivo de esta columna proponer algunas aproximaciones semánticas de los conceptos mencionados, pero todos ellos tienen una fuerte carga peyorativa; minusválidos (de menos valor) enfermitos (diminutivos que eficazmente funcionan como eufemismos invisibilizadores de relaciones de desigualdades objetivas.) impedidos (que no pueden hacer, vivir un mundo de expectativas negadas), etc.

Estas formas de nombrar conducen a formas de observar, de vigilar y de intervenir a las personas en situación de discapacidad. Entendemos que las PsD son cuerpos vigilados por un modelo médico rehabilitador hegemónico, intervenidos por las políticas públicas (asistencialistas) del Estado y cuya comprensión social de su condición es mediada por imaginarios que se alimentan de estas formas de vigilar y de intervenir.

Llevo algún tiempo trabajando en proyectos de investigación y de intervención con personas en situación de discapacidad, y a medida que el tema me ha despertado interés intelectual, y por ende, he podido comprender parcialmente el lenguaje inclusivo ideal con que deberíamos referirnos a las PsD, me molesto cuando alguien utiliza alguna palabra despectiva, pero por otro lado, pienso que no es culpa de las personas denominar de una forma que se ha legitimado y naturalizado desde el poder.

La ideología de la normalidad juega un rol central en la configuración de estos rótulos. Entendemos la normalidad como sinónimo de la “buena referencia”, el ideal de lo que debe ser. Y su opuesto, lo anormal, como aquello que debo evitar ser, la condición de discapacidad puede ser entendida bajo la ideología de la normalidad como la metáfora utilizada por Freud; de mirarse en un espejo roto. Los cuerpos de las PsD son juzgados también bajo significaciones morales y estéticas (cuerpos malos y feos) a esto le agregamos la dimensión social de la discapacidad, entendiendo que sus cuerpos son “disposiciones permanentes” de expectativas subjetivas negadas (no puede estudiar, no puede tener sexo, no puede trabajar, etc.). La ideología de la normalidad influye en la realización de políticas públicas que se caracterizan por promover una especie de “inclusión excluyente” debido a que crean instituciones y ejecutan políticas diferenciadoras que beneficien a las PsD pero desde una perspectiva asistencialista (tarjeta de discapacidad, bonos, subsidios, etc.). Las diferencias se extrapolan a las infraestructuras (baños para PsD y baños para los demás.) los discursos de inclusión son quimeras que se esfuman en la niebla del asistencialismo y de lo caritativo, destacando que en Chile existen campañas de recolección de fondos para PsD, vienen de  iniciativas privadas de empresas que establecen un show mediático que promueve la lastima y la caridad como formas de paliar las desventajas sociales de las PsD, en ningún momento de estas cruzadas televisivas  hay una sección de educación inclusiva o algo parecido.

Volviendo a la ideología de la normalidad pensemos en ciertos conceptos médicos; rehabilitar y normalizar, pero ¿rehabilitar y normalizar en función de qué? No podemos desentendernos del contexto neoliberal, hoy día los individuos son valorados por su producción económica, por trabajar. Quien no trabaja, no produce y no gana un salario, por lo tanto no puede consumir; es más, desde una óptica hedonista no puede gozar de los placeres propios del frenesí consumista de las sociedades postindustriales. Por lo tanto su rehabilitación está pensada en que el sujeto vuelva a “funcionar”, a “producir” y a ser útil. No trabajar, no producir y no ganar un salario, serian otras expresiones de “anormalidad”.

Podríamos ejemplificar de muchas maneras las situaciones de exclusion vividas cotidianamente por las PsD, sin embargo, lo que ha pretendido esta avanzar hacia el establecimiento de los imaginarios sociales de la discapacidad, partiendo por establecer ciertas formas de nombrar e intervenir la discapacidad  desde la ideología o el imaginario de la normalidad.

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