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Nieve incandescente

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Por David Casado

Acabo de llegar a Alemania y de camino a mi destino veo anunciado en el autobús ofertas de viajes o mejor dicho excursiones en autobús con varios destinos con un denominador común: los mercados de navidad tan típicamente tópicos de Centroeuropa que cada vez más nos muestra a la vieja Europa como un gran parque de atracciones en el que la vida consiste en ver y ser visto como parte de un gran escenario, una mezcla entre Gran Hermano y un super Mall, eso sí, a cielo abierto. Nürnberg, Stuttgart, Düsseldorf, Berlín, Munich, Hamburgo, Colonia, Francfort, Ingolstadt, Chemnitz, Essen, Hannover, Leipzig, Viena, Prag, Estrasburgo, Basilea…

Para quien no los conozcan los mercados de navidad en Alemania gozan de mucha tradición y es en donde uno se junta con amigos a beber un Glühwein –en tradución libre vino incandescente– vino tinto caliente y especiado y a comprar todas esas cosas que ya se pueden comprar en cualquier otro sitio. La navidad huele a canela, comino, anís y fruslerías. Un olor tan especial que no solamente atrae a vecinos y amigos, sino también a visitantes y turistas que vuelan sobre continentes para participar de estos ritos de nuevo paganos. Y Japón siente especial predilección por poder participar en una navidad cristiana.

Y también los otros mercados de navidad que permanecen anónimos y lejos de los circuitos turísticos ofrecen una oferta (¡es un mercado!) y un escenario parecido. Se compone de un paisaje de kioskos de feria imitando cabañas alpinas y de nieve artificial en tejados, postales pintorescas y bolas de nieve que nos permiten reproducir en el interior de nuestras casas un invierno crudo e inhóspito.

En el periódico leo un artículo sobre el desarrollo de la glaciología en los últimos años, cosa que debemos agradecer al cambio climático. Nunca antes se han recogido tantos datos sobre procesos de deshielo (muchos) y avance de glaciales (pocos) alrededor del mundo, y nunca como antes se sabe que este conocimiento es aún restringido. El artículo no trata tanto del estado de los glaciares sino de su impacto en el turismo, especialmente en las zonas alpinas, quienes dependen más de él y pueden hacer más por buscar alternativas. Hay que desemocionalizarlos, desromantizarlos y hacerlos ver como un espacio lleno de vida en eclosión para que otros atractivos de los Alpes ganen en valor para los turistas. Los glaciares son imanes para deportistas de la montaña, pero sobre todo el fondo de una vista pintoresca para la mayor parte de visitantes y espectadores. Bolas de nieve, fotografías, calendarios… la nieve ejerce una atracción o fascinación comparable a la de una playa caribeña, con su arena impoluta y sus palmeras al sol. Pero si en la playa nos imaginamos estar, gozar de ese sol que siempre se acompaña del batir rumoroso de las olas, y evoca una vida tranquila y sin complicaciones, la nieve es hostil. Los glaciales, las montañas nevadas y la tundra nos envuelven en una blancura que sabemos irremediablemente peligrosa, en donde podemos morir congelados, acompañados del silbido de un viento gélido y en donde no es posible encontrar alimento. Una grieta en un glacial, una caída por una cornisa helada o una ventisca a –30° bajo cero no es el escenario por el que miles de personas acuden a los mercados de navidad, desde Tokio hasta Río. Nos arremolinamos en los mercados para estar con gente, adquirir esos gnomos hechos de piñas de abeto –que nos gustan muchísimo y que nos alegramos cuando por fin se rompen– y patinamos en pistas artificiales de hielo con un fondo musical que espantaría a todos esos gnomos si no fuese porque están KO por el Glühwein. La nieve es compañía, bienestar y calor, es un fuerte evocador de esa sala de estar burguesa calentada por una chimenea con una cocina con tazas humeantes. Porque lo que evocamos es el hogar, la familia y una despensa llena. La navidad es un paisaje nevado de fondo, a lo lejos, fuera. En definitiva invocamos el invierno más crudo para reconfortarnos de no estar en él.

Ante los retos de la desaparición de los glaciales un especialista responde que el problema es estético y de miedo, a un mundo en transformación radical contra el que no hay marcha atrás, y que nos muestra lo que hay en sus entrañas. La nieve que todo lo ralentiza y amortigua deja paso a las torrenteras, las morrenas y la tierra aún inerte mientras observamos la bola en la que los copos de nieve revolotean alrededor de un abeto con un ponche caliente en la mano. Frohe Weihnachten!

13/12/2016

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