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La mujer que pusiste a mi lado me dio el fruto y yo comí de él.

David Casado Neira

Lo tengo que reconocer: no soy un gran lector de la Biblia. Aunque una y otra vez vuelvo sobre ella a la búsqueda de claves que me ayuden a entender el mundo, para desentrañar claves culturales y nunca me dejo de sorprender ante la vigencia de ese poso judeocristiano. Inconsistencia epistemológica primera: ¿descubro estas claves porque busco pistas en los textos del Nuevo y Viejo Testamento (sí en ese orden: el humanismo sobre la barbarie) o ilumino los fenómenos a la luz de esa tradición judeocristiana que me devuelve una determinada imagen? Inconsistencia epistemológica segunda: ¿Cómo se puede verificar la vigencia de ese marco cultural en nuestras acciones más allá de la plausibilidad de nuestro análisis? Plausibilidad devenida de la capacidad del lector de entender ya que ese marco también le es familiar, como si respondiese: “No sé si lo que dices es cierto o no pero por lo menos sé lo que dices”. Lo que me remite a una tercera: en qué medida las explicaciones de lo social nos permiten entender el mundo o ajustan el mundo a nuestra posibilidad limitada y condicionada de generar una realidad. En qué medida el conocimiento es apertura a lo desconocido e implica una transformación radical del propio sujeto (el conocimiento como viaje iniciático) o es reducir lo desconocido a mi posibilidad de comprensión del mundo (el conocimiento como el acto de subirnos a nuestros propios hombros). Me atrevería a decir que el único conocimiento posible es el imperfecto e inacabado, el que no nos deja con plena certeza.

Me acuerdo del Génesis, de Eva y de Adán, de cómo con los actos de comer, y antes de ofrecer el fruto prohibido, se produjo una histéresis en el sistema Edén que los trasladó al mundo terrenal, con una promesa de retorno incierta.

“La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que el Señor Dios había hecho, y dijo a la mujer:

« ¿Así que Dios les ordenó que no comieran de ningún árbol del jardín?». La mujer le respondió: «Podemos comer los frutos de todos los árboles del jardín. Pero respecto del árbol que está en medio del jardín, Dios nos ha dicho: «No coman de él ni lo toquen, porque de lo contrario quedarán sujetos a la muerte».

La serpiente dijo a la mujer: «No, no morirán. Dios sabe muy bien que cuando ustedes coman de ese árbol, se les abrirán los ojos y serán como dioses, conocedores del bien y del mal». Cuando la mujer vio que el árbol era apetitoso para comer, agradable a la vista y deseable para adquirir discernimiento, tomó de su fruto y comió; luego se lo dio a su marido, que estaba con ella, y él también comió” (Génesis 3, 1-6).

Y así tal vez funcione la construcción de las masculinidades entre un intento de autoconocimiento o de reafirmación ególatra; de agradecimiento a Eva por habernos ofrecido la manzana (que nosotros hemos aceptado) o de maldición y de revancha porque lo que descubrimos no nos es complaciente y lo negamos; de abrirnos al mundo creando un sistema dinámico o de situarnos en su centro en un intento de gobernar la vida reduciendo sus posibilidades a un sistema heliocéntrico; de asumir un camino incierto plagado de incongruencias y callejones sin salida o de esperar ciegamente no haber conocido, o en el peor de los casos de solo conocernos a través de nuestra propia imagen reflejada en el espejo; de querer comer más fruta –todas las prohibidas, las placenteras y las amargas– o de cortar el árbol para hacer brasas. Espejito, espejito mágico, ¿quién es el más mono en todo el reino?

15.03.2017

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