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“El envoltorio de la máquina”

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Por David Casado

Cada vez nos encontramos en los medios más noticias a la posibilidad de mejora biónica de las personas, las empresas de la biotecnología y del algoritmo han abierto de par en par una puerta que hasta ahora casi solamente pertenecía al terreno de la ciencia ficción. Y la eterna pregunta vuelve a surgir ¿qué somos? La vieja respuesta moderna que nos catalogaba como especie ha roto ya sus costuras. La mejora biónica del individuo está presente en infinidad de aspectos de nuestra vida, especialmente ligado al avance de las ciencias biomédicas pero también a las modificaciones cognitivas, corporales e instrumentales que ya podíamos observar a lo largo de la historia de la humanidad (trances, consumo de drogas, lecto-escritura, amputaciones, escarificaciones, cortes de pelo, prolongaciones de pene, instrumentos de caza y guerra…). La propio historia de la humanidad es la historia de una especie biónica y mejorada por la tecnología. Las incursiones técnicas y biotecnológicas son aceptadas cuando suponen restaurar a un individuo incompleto o no pleno al nivel de un incierto humano medio, en sus capacidades cognitivas, afectivas y emocionales y fisiológicas. Nos situamos en valores amplios y que en muchos casos no están determinados, y cuando lo están es en términos de prevención médica y no de valores medios humanos. Y digo incierto porque ciertamente es difícil establecer de una forma clara e inequívoca cuál es esa campana de Gauss en la que se sitúan las capacidades ‘normales’ de los humanos: ¿qué coeficiente intelectual?, ¿cuánta empatía hacia quien sufre?, ¿qué capadicad de matar? ¿y de reproducirnos?

La reticencia a la transformación biónica está, por un lado, determinada por la posibilidad de introducir nuevos instrumentos de poder sobre el mapa actual ligados al acceso a la mejora tecnológica, pero a la vez, y considero que casi de forma más fundamental, a la imagen corporal determinada por la piel como una interfaz sobre la que se efectúa la clausura del cuerpo humano.

El problema del rechazo biónico es ante todo un problema de clausura y de poder, son dos ejes articuladores de diferente naturaleza pero que confluyen en la articulación de lo que podemos entender bajo lo humano, o relativo a la especie humana. En nuestra percepción cotidiana de la realidad seguimos partiendo de binomios como naturaleza/cultura y humano/animal, orgánico/artificial que determinan de forma muy fuerte nuestros discursos sobre nuestra posición en un medio cada vez más tecnificado. Pero que muestran cada vez más fisuras. Es precisamente esa mayor presencia de lo artificial (fabricado) que parece estar diluyendo y cuestionando las certezas sobre la idea del ser humano como agente único de conocimiento y de su propia corporeidad. Hasta el momento la percepción de las tecnologías se caracterizaba por su aceptación (entusiasta o tolerante) en cuanto a su uso, pero siempre y cuando no cuestionen la percepción de la naturaleza humana. Ya hace siglos que la tecnología ha superado muchas de las capacidades del ser humano, pero esto siempre se ha venido produciendo en una relación de amo/esclavo (los humanos sobre las máquinas) a pesar de que muchas de las tareas delegadas a las máquinas sobrepasan las capacidades humanas. Sin embargo en el actual mapa considero que hay una, cada vez mayor, aceptación de la modificación tecnológica de los humanos sujeta a dos limitaciones: primera, a la corporización de nuevos instrumentos de poder, segunda, la ruptura del envoltorio piel. Y es en esa segunda en la que se sitúa la última frontera, en esas implementaciones biónicas que alteran la interfaz piel de los humanos.

¿Qué horizonte se nos presenta? El de la extensión del concepto de humanidad más allá del sistema integumentario –bajo este la humanidad ya es biónica, y cada vez más en todas nuestras extensiones técnicas en forma de artefactos, hardwares y softwares–, o la simulación dérmica de lo hasta ahora no humano –excepcional ejemplo lo encontramos en el filme Ex-Machina de Alex Garland. La clausura entre lo humano y lo no humano radica en la extensión o simulación de nuestro órgano de clausura biológica. Así como Frankenstein nos inquietaba por su apariencia de humano cosido.

15 de julio de 2016

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