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De nómadas y animistas

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Por David Casado

Creo que estoy releyendo un libro: Dersú Uzalá de Vladímir Arséniev (1923). Digo que creo  que lo estoy releyendo porque no sé si en realidad las imágenes y recuerdos que tengo en la cabeza responden a la película de Akira Kurosawa, y que jamás antes había leído el libro (estoy casi seguro que es así, pero no lo admitiré en público). Dersú, ese guía y cazador que acompaña al teniente Arséniev y a su equipo en su viaje de exploración en la costa rusa oriental a lo largo de la cuenca del río Ussuri, nos atrapa con su vitalidad y sabiduría, con el pragmatismo de alguien que ha de sobrevivir en un medio inhóspito. Ya en el momento que se escribe ese cuaderno de viaje novelado el cazador es presentado como un vestigio de otro tiempo y otro lugar. De un tiempo en el que aún hay una naturaleza salvaje en la que las personas son un rastro insignificante en la taiga. Y de un espacio que aún era posible explorar —poner nombre en ruso a los accidentes del paisaje e identificar riquezas— antes de pasar a explotarlo. Arséniev es el explorador  al servicio del Zar que prepara el terreno. Aún consciente en su papel al servicio de la conquista de lo indómito queda fascinado por las habilidades y la personalidad de Dersú. El afán civilizatorio encuentra en el guía un momento para la reflexión sobre la humanidad de este hombre “arcaico”, literalmente en el sentido de pertenencia a un pasado perdido.

Arséniev es a la vez testigo e instrumento de la caída de esa forma de vida. Inevitable e implacable se nos ofrece una fotografía de un mundo que, en el momento de ser descrito en sus rutas, cartografías e inventariado de recursos, ya ha dejado de existir. Se nombra bajo la lógica del progreso, de la colonización intraterritorial. No nos encontramos ante un relato romántico, sí nostálgico de una forma de vida que está en vías de extinción. Pero no nos dejemos engañar no se tata de la contraposición entre la civilización y el buen salvaje, la cultura y la naturaleza. Aquí no se promete un retorno a la madre tierra, ni a un paraíso perdido. Es la crónica de un ocaso, de los bosques esquilmados y de los animales aniquilados. Pero es, sobre todo, el declive de una forma de estar, comprensiva y generosa, una forma de humanidad ligada a su medio, en la que la naturaleza ni se expulsa de ni se subsume a la visión del mundo. Su animismo panteísta reconoce un espíritu en todas las cosas, animales, plantas, fenómenos meteorológicos… porque todo es humano: el tigre de la taiga que acecha a nuestros personajes, las cornejas que roban la comida, los ciervos que caen bajo sus escopetas, los cometas que cruzan el cielo. Se nos muestra el pragmatismo de quien se sabe vulnerable, de quien reconoce la fragilidad de la vida, de su vida, de toda vida. Siempre bajo la amenaza del hambre y del frío. El mundo que se nos presenta está poblado de seres que aparecen como elementos más de ese paisaje, que pueden ser fácilmente, también, arrastrados por una ventisca. Nuestro personaje parece que se encuentra fuera de cualquier obligación que marcan las instituciones sociales más allá de lo que impone el comercio y el pago de deudas, y es el más humano de todos los personajes.

Así rememoro el libro no como una parábola ecologista, sino como una introducción a un humanismo primigenio. En el que la naturaleza no existe, porque todo es sociedad, en la que todo es gente, vecinos con los que irreparablemente nos encontraremos una y otra vez. Y Dersú como un antiguo maestro, toma un camino intermedio entre la naturaleza y la cultura, lo salvaje y lo humano, el contrato social y el Leviatán, la emancipación de la persona y el fatalismo. Ni deifica lo natural, ni construye mitos redentores, ni apocalípticos de lo humano. No nos muestra ningún espejo en el que poder leer la verdad, ni descubrir una fuente de sentido existencial. No lucha contra, ni anhela la naturaleza porque no existe. Nos confronta con nosotros mismos. Nos interpela para entender el mundo vaciando el imaginario romántico de lo natural, devolviéndonos al mundo del aquí y el ahora, del oler y del oír nuestras pisadas, de sentir el viento, del estar con esa otra gente. Se nos presenta un relato del mundo, que interpreto sistémico, en el que el estar es más fundamental que el ser. Mesurado en la búsqueda de intencionalidades y sentidos.

Y así, cuando una estrella fugaz atraviesa el cielo todos se lanzar a explicar el significado de ese peregrino celeste: “Resolvieron que la tierra había sufrido recientes inundaciones debido a su influjo y Yan Bao dijo que, allá donde se dirigiera el cometa, habría guerra. Al ver que Dersú no decía nada, le pregunté qué pensaba de aquel fenómeno. —Él mismo camina así por el cielo, nunca molesta nada a la gente— respondió el gold con indiferencia”.

17/10/2016

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