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Andando el tiempo

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Por David Casado

Mi facultad se encuentra pegada al centro de la ciudad, creo que es un rasgo que cada vez se da menos en los nuevos campus: el conocimiento se abre a la sociedad y la universidad se retira a sus torres de cristal. No sé si esto es una ventaja o más bien una paradoja. No sé si es el privilegio del eremita que dispone del tiempo y el espacio para poder “salirse” del mundo o si responde al obsceno exhibicionismo de los escaparates de las tiendas de lujo, que están ahí para ver lo que no puedes comprar. El cristal está blindado.

Salgo y me mezclo con gentes de diferentes condiciones (y calañas) que de dirigen más o menos diligentemente a diferentes destinos: la pescadería, el banco, el colegio, una obra… eso que nos es tan familiar en los países mediterráneos y latinos y que se erige como el modelo de la nueva ágora moderna: los shopping malls y los centros rehabilitados de las metrópolis. La piazza italiana que es símbolo a la vez del Leviatán (quien lo construye) y de la sociedad civil (quien la ocupa). Esa conjunción de espacio y uso que tanto ha encandilado a arquitectos y urbanistas, que se ocupan de recrearla con más o menos fortuna. Veo a toda esa gente y en un alarde de soberbia me pregunto: ¿A dónde irán, la gente no tiene que hacer? Y me muerdo la lengua, yo los sorteo y también soy sorteado, yo me dirijo a, al igual que otros muchos, y de camino a mis obligaciones me tomo un café, y aunque sea brevemente me convierto también en flâneur. Por una asociación inmediata me imagino una arteria urbana colapsada por el tráfico. La gente que está sentada es sus vehículos están perdiendo el tiempo, van a llegar tarde a, hay que mejorar el transporte… Sí, el andar sigue teniendo una connotación negativa, es aceptada como cosa de pobres y esnobs, y cómo una actividad ligada al ocio, o si lo racionalizamos como una forma funcional de traslado en espacios densamente urbanizados, solo entonces justificamos el andar. El coche, a su vez, está muy presente como origen de los males de la contaminación en las urbes, solo porque hay demasiados –todos los demás que no son el mío y no me permiten circular con fluidez- pero quien maneja o conduce no es una persona desocupada y menos aún un flâneur. Quien va en coche se dirige de A a B de una forma legítima, quien lo hace a pie pasea el estigma de quien malgasta su tiempo, puede tener tiempo (lo que lo hace aún más sospechoso) o no se puede motorizar. Y vivimos en esa contradicción: entre el placer de ser parte de ese escenario vivo, o por lo menos de estar analógicamente próximos a la vida, y el sueño industrial de la mecanización del movimiento, de la ilusión de la productividad, del uso óptimo del tiempo. Aún con la visión futura de los coches eléctricos y autónomos que nos liberarán de la pérdida de tiempo de la conducción para… La verdad es que no se me ocurre ninguna razón que no sea o demagógica (tiempo para cosas útiles), anticapitalista (consumo) o autorrecurrente (el progreso), a sí ¡una mayor seguridad! Nuestro sueño se sigue alejando de las piernas, quizá aún más. Esas piernas que seguirán transportando a los subalternos, esnobs y privilegiados. Salgo a la calle y me sorprendo de ver las calles llenas de quien se suma a recuperar el espacio peatonal sin ni siquiera ser consciente de ello, como si la gente no tuviese cosas que hacer.

24/01/2017

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