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Sobre fronteras y puentes

Anahí

Por Anahí Patricia González

En la última semana al menos 700 migrantes murieron al intentar cruzar el Mar Mediterráneo en precarias embarcaciones desde el norte de África a Italia, informó el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur). La organización internacional Médicos Sin Fronteras (MSF) registró en su cuenta de la red social Twitter que “alrededor de 900 personas podrían haber muerto en el Mediterráneo Central en la última semana”.

Como esta noticia, publicada el día 30 de mayo del corriente año en el Diario Página12 de Argentina, podrían citarse muchísimas más, que se reproducen en la prensa escrita y audiovisual cotidianamente en todo el mundo.  Cada semana nos enteramos de un nuevo naufragio, de una nueva muerte, de una nueva tragedia.

En estas líneas quisiera reflexionar acerca de esta problemática y de la cuestión de las movilidades a partir de la idea de frontera.  Por un lado, existen las fronteras físicas. Tanto las geopolíticas como las que al interior de cada espacio físico se despliegan, determinando espacios, comportamientos y personas “adecuadas” o no, “permitidas”  o no, “esperadas” o no. Un ejemplo descarnado de este tipo de fronteras se evidencia en la denominada, por los medios de comunicación,  “crisis de los refugiados” en Europa.  Noticias acerca de naufragios, de países “repartiéndose” a seres humanos como si fueran naipes de una baraja bajo el manto de una retórica del humanitarismo, discursos que alertan acerca de la “invasión” de potenciales “terroristas” y generadores de problemas sociales tales como el desempleo y la inseguridad urbana, desazón y pobreza que atraviesa los cuerpos, mentes y almas de sujetos que- escapando de la miseria, la guerra y la violencia- se lanzan al mar, atravesando fronteras en la búsqueda de la posibilidad de existir. No cabe duda, que como sostiene Chomsky “el actual fenómeno de los refugiados es, en gran medida, consecuencia de las acciones de los países ricos y poderosos” quienes, no obstante, se muestran distantes y tibios para aportar soluciones.

Como trasfondo, se percibe la idea- de gobiernos y de gran cantidad de miembros de las sociedades receptoras-, de los migrantes como un “problema” que no quisiera tenerse. En este sentido es que existen, yuxtaponiéndose a las delimitaciones físicas, las llamadas fronteras simbólicas. Se trata de las fronteras que refieren a los imaginarios y a las representaciones sociales que cada grupo social construye acerca de sí mismos y de los “otros”. Esos “otros” pueden ser aquellos que constituimos como pertenecientes a otra clase social, a otra nacionalidad o simplemente, dentro de nuestra comunidad nacional, a otra parte del territorio, entre otras múltiples posibilidades. Así, tal como lo manifiesta Balibar (2005: 80) en su libro “Violencias, identidades y civilidades”,  “…las fronteras dejan de ser realidades puramente exteriores, se tornan también, y acaso ante todo, aquello que Fitche […] espléndidamente había llamado “fronteras internas” […] invisibles situadas <<en todas partes y en ninguna>>”.

Frente a este escenario, resulta acuciante la necesidad de pensar nuevas maneras de establecer lazos sociales que permitan colocar en el centro de la discusión la edificación de vínculos entre los seres humanos a partir de ideas tales como la igualdad- real y no formal-, la universalidad y el reconocimiento de las otredades y de las mismidades. En suma, se trata de derribar fronteras y de construir puentes- a pesar y como superación- de las murallas materiales y simbólicas que se re-producen cotidianamente a nivel mundial.

19 de junio de 2016

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