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“La Cola” como Fenómeno: Hacia la Reconfiguración Simbólica de la Red Comercial en Venezuela 3ª parte

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Por Ada Rodríguez Álvarez

Las experiencias cotidianas, manifiestas en acciones y en el uso de la lengua, revelan la red significativa de cualquier fenómeno que rodee a los seres humanos; el accionar social se supedita al contexto social puesto que el individuo es producto de esa sociedad en la que convive con sus iguales; sólo así existe realmente.

Las significaciones imaginarias sociales (Castoriadis, 1997)1 permiten recrear un mundo propio y forman en sí ese mundo; pero ellas no son individuales en los seres sociales, más bien recrean la psique de tales individuos. Desde esta dinámica, los individuos crean una “representación” que permite dibujar a la sociedad y explicar su lugar en el mundo; esa construcción representativa parte también del impulso que nace en el seno de la vida social. Consecuentemente, para comprender los fenómenos sociales, es necesario reflexionar sobre el accionar del hombre social y sobre la manera de representar dicho mundo, sólo así es posible comprender una determinada colectividad; si un individuo transgrede los esquemas simbólicos de una sociedad, inevitablemente, el orden social terminará por excluirlo o sancionarlo pues lo percibe como un “ente” extraño.

Al abordar, desde la experiencia cotidiana de quien escribe, el imaginario social instituyente de “La Cola” en Venezuela (especialmente en la ciudad de Barquisimeto, Capital del Estado Lara, en el occidente del país) se puede apreciar que la realidad económica de la nación –manifiesta en la realidad local- constituye el impulso social que llevó al ciudadano a “replantearse” una nueva forma de vida. “La Cola” constituye toda una red simbólica, con una dinámica cultural particular y códigos de comunicación propios, alrededor de los cuales gira toda la vida del hombre social en la actualidad.

“La Cola” como fenómeno permite observar una red de relaciones instituyentes en el plano socio-cultural que mantiene vínculos con el aparato económico-político venezolano instituido. Dicho fenómeno no sólo define el hacer diario sino que divide a los ciudadanos según su poder adquisitivo y los usos de los instrumentos de pago. En consecuencia, se han generado nuevos sistemas populares de compra-venta que obligan al ciudadano a “reprogramar” la cultura de compra de los productos de primera necesidad, desde unas categorías simbólicas antes inexistentes (de las cuales es casi imposible huir) y que ahora se imponen casi a la fuerza.

Este tejido simbólico –el magma de significaciones planteado por Castoriadis)- ha causado impacto en toda la vida comercial del país; de ahí que se aprecie en la red de consumo venezolana una “reconfiguración” hacia tres modalidades: la primera corresponde al sistema tradicional de compra-venta (sin colas) que se ha replegado exclusivamente hacia el suministro de productos varios entre los cuales no se encuentran aquellos considerados “de primera necesidad”; las formas de pago son las tradicionales (efectivo, cheque, tarjeta de débito o de crédito). La segunda modalidad corresponde a la compra-venta en “La Cola” en la cual se vende exclusivamente uno o dos productos de primera necesidad, a precios regulados por el Gobierno; en esta modalidad la forma de pago se limita únicamente al uso de efectivo. La tercera modalidad corresponde a la compra-venta a través del “Bachaqueo” que es el sistema paralelo a “La Cola” en el cual se adquieren únicamente los productos de primera necesidad, pero a precios exorbitantes, que deben ser pagados en efectivo. De esa forma el imaginario instituyente devino en imaginario instituido.

Los imaginarios sociales nacen de las representaciones que el individuo elabora de su mundo, a partir de los impulsos de su sociedad; luego, el investigador de los fenómenos sociales y culturales debe observar el mundo que lo rodea a partir de la comprensión de las realidades y su dinámica, pues es en ese contexto cotidiano donde se percibe el comportamiento social del hombre. El ser humano está forzado a, inevitablemente, accionar en función de valores instituidos por el aparato socio-político, económico y cultural; entonces, indiscutiblemente, para entender al hombre social es forzoso observar su contexto y los factores que lo modifican y transforman.

 

  1. Castoriadis, C. (1997). El Imaginario Social Instituyente. Zona Erógena. Nº 3

05/12/2016

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